lunes, 21 de enero de 2019

The Last Kingdom, de Bernard Cornwell: saga recomendada



¡Hola, colegas lectores! Hace mucho que no ando por acá, es que he estado bastante ocupada, y no he estado escribiendo mucho ni tampoco leyendo, lamentablemente.
No obstante, recientemente comencé a leer esta saga de El Último Reino, de Cornwell, y debo decir que me encantó tanto que creo que puede llegar a convertirse en mi nueva favorita. Así que vengo a recomendarla.



¿Alguna vez vieron una serie antes de leer el libro (gran error que solemos cometer), y luego se preguntaron si deberían leer el libro de todos modos, o como ya vieron la serie no vale la pena?
En mi experiencia, hay dos tipos de buenos escritores. El primer tipo, es aquel que te atrapa con la historia que relata. Por lo general se tratan de historias en las que hay muchos personajes u ocurren muchas cosas. Uno está tan metido en la historia que no es tan relevante la forma de escribir, es decir, las palabras con las que dicha historia es relatada. El segundo tipo, es aquel que nos encanta con sus palabras, tanto que quizás no es tan necesaria una gran historia; son las palabras las que nos provocan sensaciones y nos transmiten y provocan reacciones.
Con mucha suerte, un escritor puede llegar a ser ambos al mismo tiempo, y entusiasmarnos tanto con la historia como con las palabras.
Dicho esto, cuando nos encontramos con una saga cuya serie televisiva ya hemos visto, las obras provenientes del primer tipo de escritor son las que suelen decepcionarnos un poco. Es decir, si lo que nos atrapa es la historia en sí, y la historia ya la sabemos porque vimos la serie, es probable que al leer el libro no nos encontremos con el entusiasmo que esperábamos sentir. (Por eso siempre es recomendable leer el libro antes, por supuesto). Por lo general las series no son completamente fieles a los libros, pero sí a grandes rasgos, por lo tanto puede ocurrir que no nos atrape tanto el libro, ya sabiendo todo lo que ocurre.
Pero cuando se tratan de sagas escritas por el segundo tipo de escritor (considero a Cornwell como uno de ellos, aunque bien podría tratarse de aquellos escritores que pertenecen a ambos tipos), incluso cuando ya conocemos la historia y todo lo que ocurre, leer el libro vale la pena porque las palabras que utiliza el autor, la forma en la que nos relata los hechos, es lo que más nos va a atrapar. Y hacía bastante que no me entusiasmaba tanto con el tipo de escritura de un autor. Cornwell nos presenta una lectura rápida, entretenida, divertida y atrapante, incluso si ya vimos la serie.
Por eso vengo a recomendarles esta saga, sobre todo si se están preguntando si deberían leerla porque ya vieron la serie: sí, léanla, que vale la pena totalmente.

Para aquellos que no han leído los libros ni visto la serie –que por cierto está muy bien hecha y en este momento está rankeada como una de las mejores-, la saga de El último Reino nos lleva a la época del rey Alfredo el Grande, en el territorio que actualmente sería Reino Unido. Allí conocemos al personaje principal,  Uhtred, nacido sajón, pero tomado como prisionero por los daneses al ser todavía un niño. Con estos colonos que están cerca de conquistar todo el territorio convive durante largos años, y se convierte en parte de su familia. Allí aprende a luchar, entre otras tantas cosas.
Cuando su nueva familia se ve arrasada por la desgracia y queda a la deriva con su amiga Brida, deberá elegir qué camino tomar: si el de los sajones, o el de los daneses; si el de Alfredo el religioso, o Ragnar, aquel hermano de otra sangre al que aprecia como a nadie. Deberá luchar, crecer, y aprender, en medio de un territorio en guerra y un conflicto personal en el que, a pesar de tomar sus decisiones, cree que todo está dicho, porque el destino lo es todo.

Lean el libro y vean la serie, muchachos. Que no tiene desperdicio.
Saludos y buen 2019 para todos!

martes, 2 de octubre de 2018

Libros leídos en julio, agosto y septiembre



—Fernando Aramburu: Patria  
Dos familias vascas, antaño muy cercanas, se ven distanciadas por diferencias más que nada políticas, y finalmente separadas luego de la muerte de un padre y esposo en un atentado. A lo largo del libro iremos viendo a cada uno de los integrantes de ambas familias y cómo han ido lidiando con todo lo ocurrido, en búsqueda de redención. Una de las familias debe lidiar con la muerte del padre en aquel atentado, y la otra con tener un hijo preso, por ser parte de la lucha armada. ¿Será aquel muchacho el culpable del atentado que se llevó al viejo amigo de la familia? Es la pregunta que nos hacemos mientras leemos el libro. En lo personal, tiene una forma curiosa de narración, si lo leen se van a dar cuenta de lo que les digo. Ha recibido muy buenas críticas, pero creo que me reservo mi opinión, a no ser este el género que más consumo.

—PD James: Hijos De Los Hombres
Hace veinticinco años que no nace un niño. La raza humana está condenada a la extinción, y ahora todos se dedican a intentar estirar la vida lo máximo posible, al mismo tiempo que nada realmente importa, si total, nada va a quedar. En medio de la resignación, iremos conociendo un poco de esta sociedad y las diferentes posturas de los últimos humanos que quedan, mientras seguiremos de cerca al personaje principal, que es primo del líder de la nación. Este hombre se encuentra con una mujer que le pide ayuda para mejorar las condiciones de vida de los presos y los extranjeros, sólo para encontrarse con que ella está embarazada, la primera embarazada en todos aquellos años. Si el niño nace sano, significará esperanza para la humanidad. Pero ella no quiere que el líder se entere. Así que iremos siguiendo a estos personajes y las decisiones que toman.

—Emily Brontë: Cumbres Borrascosas
Una historia de amores, desamores, encuentros, desencuentros y sufrimiento que se traslada de padres a hijos. Un mundo muy reducido en el que sólo encontramos primos y hermanos pero hay drama suficiente entre todos ellos como para llenar el libro, jaja.
Al leerlo tuve una sensación extraña, en el sentido de que no pude dejar de pensar que los personajes sólo conocen aquel espacio reducido, de sus casas, y sus vecinos, y nada más. Pasan toda su vida en esos lugares y no conocen nada más del mundo, ni mucha más gente. No pude dejar de pensar qué extraño sería vivir así, rodeado de poca gente toda tu vida, en un único espacio, sin conocer nada más. Por otra parte, en mi opinión hay demasiados enredos entre personajes que son todos familiares entre ellos o cercanos. Mucho drama, resentimiento, situaciones tristes, pero al final tenemos un poco de aire fresco.

—Agatha Christie: Muerte En El Nilo
Siempre había querido leer algo de Agatha. Este es el primer libro que leo de ella, y espero leer muchos más porque me gustó. Vamos conociendo en principio todos los personajes y los motivos que pueden llegar a tener para quitarle la vida a una muchacha. Finalmente, esta muere en un barco, y el detective Poirot, que se encuentra a bordo, irá investigando a todos los sospechosos hasta dar con el culpable, o los culpables. En este aspecto, enseguida me di cuenta de quiénes eran los culpables así que no me llevé ninguna sorpresa, pero de todas formas es rápido de leer y entretenido.


—Bram Stoker: Drácula
La narración está hecha de retazos de diarios de los protagonistas, cartas que se envían entre ellos y artículos periodísticos. Primero nos encontramos con un muchacho que se va a Rumania para hablar con Drácula, a quien no conoce, pero que quiere comprar unas propiedades en Inglaterra. De a poco va descubriendo que es un ser extraño. Por supuesto, es un vampiro. Después nos vamos a Inglaterra, donde está la prometida de él, quien se encuentra preocupada porque este no regresa, y vive un tiempo con su mejor amiga que tiene actitudes extrañas, como por ejemplo, es sonámbula. Después van ocurriendo algunas situaciones que dan a entender que Drácula está en Inglaterra, y el muchacho que va a su casa regresa sano y salvo –aunque cree que está loco-, y la amiga de su prometida se termina convirtiendo en vampiro, a pesar de los intentos del doctor Van Helsing y otro doctor para salvarla.
Reúnen un equipo para terminar con la amenaza de este ser, lo que los terminará llevando a todos hasta el mismo hogar del Conde.
(Probablemente haga una reseña más extensa sobre este libro, o algún video quizás).

—Tolkien: El Señor De Los Anillos III: El Retorno Del Rey
Finalmente terminé la trilogía. No tengo mucho para decir. Se libran las batallas más relevantes, y Frodo y Sam llegan a la montaña en donde tienen que destruir el anillo. La gran diferencia con la película es que una vez que regresan a la Comarca, se vuelven a encontrar con Saruman que está controlando a los hobbits. Pero el resto es bastante similar. Al final del libro me encontré con un apéndice larguísimo con historias varias, lenguajes, y otras cosas interesantes que le suman muchísimo al libro. Tolkien creó un mundo extenso y no dejó detalles al azar.


—Tolkien: El Hobbit
¿Puedo decir que me gustó más que la trilogía de ESDLA? Me refiero al modo en el que la historia está narrada. Es más divertida, menos detallada, y todo sucede mucho más rápido. Por supuesto, es la historia de las aventuras de Bilbo en su viaje con los enanos, tiempo antes de ESDLA. Hay personajes que me hubiera gustado ver un poco más, pero de todas formas creo que es un buen libro, y se lee rápido y es muy entretenido.





He estado bastante ocupada y esto es todo lo que he podido leer, pero espero poder leer más en lo que queda del año. Saludos!

martes, 25 de septiembre de 2018

Primer volumen de trilogía fantástica: capítulos V y VI

 ¡Hola, gente! Vengo a dejarles dos capítulos más del primer volumen de la trilogía fantástica. Quizás en algún futuro deje algo de las novelas que tengo en las que he trabajado más -por ahora no he subido nada de las mejores que tengo-. Pero por ahora voy a dejar de esta que ya vengo dejando algunas cosas.
Saludos!


VIENTO

     —No quiero decir que tu padrastro tenía razón, Roslyn… Pero tu padrastro tenía razón —expresó Jol, con pleno conocimiento de cuánto le irritaría aquella afirmación a su compañera—. Lo último que nos gritó fue que a esta gente no les gustaban los nuestros, y no hay que ser demasiado perspicaz para darse cuenta de que no les agradamos —finalizó, sintiéndose nervioso al transitar por aquel camino lleno de miradas de desprecio. La muchacha lo fulminó con sus grandes ojos verdes y echó un suspiro de enfado.
     —¿Por qué crees que no les agradamos? —le preguntó ella, sin dejar de caminar.
     —Sólo presta atención a cómo nos miran. Es como si odiaran tan sólo tener que vernos.
     —¿Y por qué nos van a odiar, Jol? ¿Por algún estúpido conflicto ocurrido siglos atrás? ¿Conflictos en los cuales no teníamos ningún pariente cercano vivo? —expuso la muchacha de cabello rubio, largo y alisado, hipnotizando a su compañero que caminaba detrás de ella con el movimiento que su caminar y una pequeña brisa veraniega le otorgaba al mismo.
     —No hace falta que haya ocurrido algo ni que hayamos hecho algo. Ya nos odian igual —aseguró el chico alto, delgado y de cabellos castaños, sin dejar de mover sus ojos azules por doquier, en búsqueda de más miradas desaprobatorias. No era la primera vez que se alejaba de sus tierras, pero en todos aquellos destinos que había visitado jamás se había sentido tan poco bienvenido.
     —No creo que nos odien, Jol. Pero si lo hacen, dejarán de hacerlo cuando oigan nuestras canciones— aventuró Roslyn, girándose para verlo y entregarle una sonrisa pícara—. Los haremos reír, y emocionarse, y al final del día nos amarán y nos llenarán de aplausos —acarició la funda en la que llevaba su laúd, su más preciado tesoro, y continuó caminando con una sonrisa en su rostro y dando pasos largos y elegantes.
     —No sé si eres demasiado optimista, Ros, o si es que eres ingenua… —dijo el joven, revolviéndose los cabellos de la cabeza ante la mirada fulminante que ella le había dado, todavía sin dar su cuerpo vuelta del todo—. Pero es justo lo que necesito oír —finalizó, y la chica le sonrió de aquella forma que Jol bien sabía que significaba que la conversación había terminado y que deseaba espacio para poder darle rienda suelta a sus pensamientos, o su imaginación.
     Realizar la caminata de entrada en los sitios a los que la pequeña caravana de la que eran parte visitaba era una de las partes favoritas de la rubia originaria de la Isla Barrow, el mismo sitio del cual eran originarios todos los miembros de la banda y sus acompañantes. También le agradaba el momento de realizar la función en sí, y la celebración luego de haber actuado, pero la entrada era igual de importante, aunque a Jol le parecía más que aterradora en aquel momento. Incluso había creído ver a un hombre escupiendo al suelo al verlos llegar. Pero había intentado esforzarse para convencerse a sí mismo de que todo estaba en su cabeza. Que Roslyn tenía razón y aquella gente no los odiaba. Pero era difícil creerlo ante la frialdad de aquellas miradas.
     Sólo le quedó convencerse de que sus canciones realmente los emocionarían y conseguirían salir de allí sin sufrir ningún tipo de altercado.
     Habían pasado ocho meses actuando en las tierras áridas de la Gran Arabia, y ahora habían decidido visitar la nación fronteriza, las tierras rocosas de Petra, habitadas por elfos oscuros de ojos ovalados completamente rojos o negros. En Gran Arabia los humanos también tenían ojos similares, pero no tenían aquel color de piel grisáceo, sino más bien como bronceado por el sol, de un marrón dorado, y además se trataban de humanos, y no elfos, aunque bien podrían decir algunos que las diferencias entre las diferentes razas eran menores.
     La blanca piel de los isleños y sus cabellos dorados y ojos grandes y claros resaltaban enormemente ante aquella raza, aunque se habían cruzado con arabianos y viajeros de otras regiones, sin embargo ninguno tan rubio y blanco como ellos.
     A Roslyn no le importaba aquello. Creía que todas las razas del planeta eran iguales, y que las diferencias físicas no importaban en absoluto. No obstante, no todos pensaban como ella, y no todos creían que lo ocurrido siglos atrás era absurdo de continuar recordando, y, sobre todo, resintiendo. Pero los elfos oscuros tenían mucha memoria. Sus relatos hablaban de épocas de esplendor y gloria antes de las guerras de los Gladiadores, y aunque su nación no había recibido daños críticos como la extinta nación de Mjal’akar —y sus habitantes—, seguían resintiendo a aquellos humanos que con sus dones de viento y agua los habían llevado a las situaciones más críticas, casi a la extinción, de no haber sido la guerra interrumpida.
     Los elfos oscuros eran los que menos se alejaban de sus tierras. Uno podía ver elfos del bosque por el Sur, o arabianos por la Isla Barrow, o enanos en Norcasia, pero casi nadie que no hubiera viajado a las tierras de Petra podría haber visto antes en su vida a un elfo oscuro. Vivían entre las rocas, con implacables construcciones que no dejaban de remarcar que antaño habían sido más maravillosas todavía, y hasta los campesinos que trabajaban en tierras áridas cubiertas por cenizas volcánicas cosechando los frutos más extravagantes vivían en construcciones rocosas y dormían en camas de piedra.
     «Quizás nos enamoremos con un elfo oscuro e iniciemos una historia digna de canciones», fantaseó Roslyn, que consideraba a los jóvenes de aquella raza —al menos, los que había alcanzado a ver en su entrada a aquella ciudad—, considerablemente atractivos. No era que fuera de aquellas personas que amaban con facilidad y rapidez, pero sí era una artista a la que le gustaba experimentar sentimientos para luego volcarlos a su arte. Y para eso, nunca venía mal un poco de emoción.
     Le había costado convencer a sus compañeros de realizar aquella función, la única que tenían planeada realizar. Por lo general se aseguraban varias funciones y luego si les iban surgiendo nuevas posibilidades, las iban tomando. Pero en estas tierras poco amables sólo habían conseguido aquella función gracias a Roslyn, aunque nadie sabía cómo, y la muchacha no cesaba de decir que una vez que los oyeran tocar, los invitarían a tocar en otros sitios.
     El Tío era un hombre de unos cuarenta y cinco años que se encargaba de cuidarlos. Se aseguraba de que tuvieran dónde dormir, y qué comer, y qué vestir, y dónde tocar, y dinero para gastar. Les conseguía las actuaciones, y los elementos para viajar, y la seguridad por si algún bandido osaba atacarlos en los caminos, y todo lo que necesitasen. Era como el tío de cada uno de los jóvenes, y por eso le decían así, y Roslyn había tenido que desplegar todo su poder de persuasión para conseguir convencerlo de viajar hasta aquellas tierras. El Tío no le veía el sentido, y Jol tampoco se lo veía, ni tampoco el resto de los muchachos que formaban parte de la banda, ni los de seguridad, ni las dos chicas que los acompañaban siempre porque una estaba en una relación con el Tío y la otra con Keith, que hacía de percusionista.
     «Es un reto», había dicho Roslyn. «Y por eso es emocionante.» Pero probablemente era la única que lo veía así. El Tío lo veía como una pérdida de tiempo, y de gastos, y de tranquilidad, ya que la gente de Petra no le traía ninguna seguridad. Jol deseaba volver a la Isla a visitar a su familia, después de casi un año sin ver su hogar, aunque se esforzaba en no demostrarle a Roslyn sus sentimientos, pues esta le recalcaba todo el tiempo que parecía un niño, sobre todo teniendo en cuenta que se trataba del miembro más joven de la banda. Keith se había limitado a encogerse de hombros, porque nunca le importaba nada, y aquella había sido la reacción más positiva que había tenido.
     Pero se las había ingeniado y los había convencido de continuar la gira un poco más, y alejarse a tierras que ninguno había conocido con anterioridad. Al principio se sintieron asombrados ante las magníficas construcciones de piedra, pero hasta Roslyn tuvo que reconocer que había algo de tétrico en el ambiente. No sabía si era la actitud de la gente, o la brisa sucia que impregnaba el ambiente, o la sensación de estar de pie en un sitio tan antiguo como el tiempo, erosionado por los vientos y la lluvia y la guerra. Transitar por aquellas tierras era como ingresar a un sitio que le consumía energías y motivación a uno, y la muchacha se había replanteado sobre si había tomado la decisión correcta o sería la culpable de que todos sus conocidos sufrieran un terrible destino.
     Lo cierto es que no se encontraba tan ansiosa de actuar en Petra como se había esforzado en demostrarle a sus compañeros. Claro que era emocionante, y claro que a ella le agradaba desplegar sus talentos en cualquier parte del mundo, pero podría haberlo hecho de cualquier forma en cualquier otro sitio, y haberse sentido también emocionada, y un poco más segura.
     La razón que la había hecho tener que convencer a todos de acompañarla era una mujer, una elfa oscura que había conocido medio año atrás en la nación fronteriza. Esta la había estado observando en silencio, en medio de la noche, y cuando se le había acercado, Roslyn había ahogado un grito. No porque se había asustado de la mujer. No porque era la primera elfa oscura que veía y le había asombrado. Sino porque esta había descubierto su mayor secreto, y todo el mundo sabe que para guardar un secreto con éxito sólo debe saberlo uno mismo.
     Se había tornado descuidada con el tiempo. Al principio habían sido pequeñas cosas. Brisas, vientos, elementos que podía hacer llegar hasta ella sin moverse de su sitio. Muchas veces se había sentido tentada de compartir sus poderes con Jol, pero como no comprendía de qué se trataba, ni cuáles eran los límites de lo que era capaz de hacer, ni por qué podía hacerlo, había decidido ser cuidadosa a la hora de utilizarlos y no compartirlo con nadie.
     El asunto había empeorado cuando había comprendido que era capaz de volar como un pájaro en el cielo. Una vez que había podido hacerlo, no había podido evitarlo, y solía disfrutar de algún paseo nocturno en noches en las que no se veía nada y se encontraban alejados de la multitud.
     Ver el mundo desde allí arriba era irreal, y eso que no había podido hacerlo jamás durante la luz del día. Se sentía grande, y libre, y capaz de cualquier cosa, y se felicitaba a sí misma por ser capaz de guardar el secreto.
     Pero Mirwen la había descubierto incluso antes de verla volar. Se trataba de una erudita creyente de los antiguos Gladiadores, y convencida de que los hijos de la décima generación se encontraban en aquel momento con vida, y viajaba entre las sombras en su búsqueda. Como todo elfo oscuro se quedaba en sus tierras, se aseguraba de que nadie la viera demasiado, o se disfrazaba para pasar más desapercibida. Había visto actuar a Roslyn desde la distancia y había percibido su energía, no sabía la muchacha cómo. Desde entonces la había observado atentamente, y la había seguido aquella noche entre las callejuelas hasta dar con el campo abierto, y la había visto remontar vuelo y había esperado a que esta regresase al suelo.
     Cuando Roslyn la vio, deseó que la tierra la tragase. No supo qué decir, ni cómo actuar, sólo sentía deseos de salir volando de allí lo más lejos posible, hasta su isla, quizás. No fue capaz de esbozar palabra o sonido alguno, ni de realizar ningún movimiento. Simplemente se quedó allí, de pie, pasmada frente a quien la había descubierto, quieta como un árbol.
     —Eso ha sido sorprendente —le aseguró la mujer, acercándose hasta Roslyn hasta dejar su rostro al descubierto, quitándose la capucha de la cabeza.
     Roslyn notó unos ojos amables, y una mirada llena de sabiduría, y se sintió segura, pero de todas formas intranquila. No importa que se hubiera encontrado delante de su propia madre, de todas formas se habría sentido intranquila al dejar en descubierto su secreto.
     Pero Mirwen se aseguró de que comprendiera que no tenía intención alguna de rebelarlo.
     Le informó que hacía tiempo se encontraba buscando otros como ella, y sin embargo era la primera a la que encontraba. Le habló sobre los Gladiadores, y los dones, y los hijos de la décima generación, y de los últimos sucesos de la historia. Le preguntó sobre sus padres, y Roslyn le comentó que no los había conocido, pues había sido criada por una familia de campesinos que decían haberla encontrado en una canasta a las afueras del templo del pueblo —aunque sólo se había enterado de ello luego de oír una conversación a escondidas y animarse a enfrentar a sus padres para que le contaran la verdad—. Había crecido rodeada de amor y felicidad, incluso luego de enterarse de la verdad, pues comprendía que habían callado por amor a ella. Sin embargo, una vez que había conocido el hecho de que no provenía de aquellos dos seres, no había dejado de preguntarse quiénes la habrían creado en realidad. Ahora lo sabía, en parte. Era descendiente de aquellos que habían luchado, y levantado imperios, y arruinado ciudades, y asesinado razas enteras. Ella tenía sus dones, y ahora ya no le parecían tan fantásticos.
     Mirwen se esforzó en hacerle comprender que lo que podía hacer no era una maldición, sino un don, y tenía que aprovecharlo; utilizarlo para el bien común. Por eso le aconsejó visitar sus tierras, porque tenía la pista de dónde podría encontrarse el heredero de sus tierras, y porque además allí había otros eruditos que podían ayudarla a desarrollar sus dones y aprender un poco más acerca de dónde venía y quién era.
     Así que si bien cantar y tocar en aquellas tierras era emocionante, mucho más lo era averiguar más sobre lo que podía hacer, porque quién sabe. Quizás algún día podía ser capaz de volar y ver al mundo bajo la luz del día.
     Algún día, quizás.
     —¡Ouch! —oyó un grito proveniente de una muchacha, y se giró para ver de quién se trataba. Era la amante de El Tío, y se tomaba el hombro como si alguien se lo hubiera lastimado, mientras El Tío se apresuraba para protegerla, quién sabe de quién. Miró a Roslyn directo a los ojos, con el ceño fruncido, y a caminar con más rapidez, mientras les susurraba por lo bajo que comenzaran a correr.
     Roslyn no comprendió nada en el momento. Pero luego se detuvo por un segundo a mirar el panorama que la rodeaba. La multitud se encontraba inquieta. Algunos les gritaban comentarios poco amables, y otros parecían estar acercándose a ellos para lastimarlos. «¿Por qué querrían lastimarlos? ¿Qué les hemos hecho?», pensó la muchacha, con lágrimas en los ojos, incapaz de convencerse de que existía gente así, capaz de odiar sólo porque sí, con deseos de lastimar sólo porque sí.
     Una roca voló por el aire y le dio a Jol en el torso, y ella comprendió que aquello le había ocurrido a la mujer del Tío con anterioridad, y que era momento de salir de allí cuanto antes.
     Comenzaron a protegerse las cabezas y a caminar con más rapidez. La gente gritaba cada vez más fuerte, y todavía les faltaba un buen tramo para llegar al sitio donde pensaban alojarse.
     —No vamos a llegar, ¡no vamos a llegar! —exclamó Jol, con desesperación.
     «Podría utilizar mis dones», pensó Roslyn, que luego de sentir tristeza, sentía irritación, casi rozando la ira. «Podría asegurarme de que ninguna piedra lastimase a la caravana, y que nadie nos tocara, y podría demostrarles a todos lo fuerte que soy y lo que puedo hacer y que soy mejor que ellos, que soy super…»
     «Oh, no…», se lamentó. Aunque lo había pensado por tan sólo un segundo, le asqueaba haber llegado a verse a sí misma como superior. De pronto se sintió sin fuerzas, incapaz de moverse, o de oír, o de pensar. Hasta que alguien la arrancó de su parálisis.
     —¡Vamos! Vengan conmigo —expresó una voz masculina, y Roslyn miró de dónde provenía para encontrarse con un hombre de unos treinta y cinco años, grande de cuerpo, de ojos rojos y cabello negro rapado. La chica se encontraba demasiado aturdida como para pensar en si debían de seguirle, o quedarse allí, o correr más rápido. Así que se limitó a realizar una seña a sus compañeros de banda y seguirle el paso al que bien podría tratarse de su salvador como estar guiándolos directamente hacia el centro del linchamiento.
     «De ser mi última opción, lo haré», pensó la rubia. «Aunque no haya vuelta atrás, aunque me descubra y eso sea peligroso como Mirwen me dijo, de ser mi última opción, les enseñaré lo que puedo hacer.»
    


NIEVE


     —Qué grande que está Malyn —opinó el viejo Riber, cuando se quedaron solos en la taberna, ya pasadas muchas horas desde que había caído la noche. No había sido una noche atareada, pero de todas formas los clientes habituales se habían tomado su buen tiempo para marcharse. Oliver temía quedarse a solas con el recién llegado porque temía lo que este le pudiera llegar a decir. Le había llegado una carta de su hermano unos días atrás y tenía la sospecha de que aquel hombre se encontraba allí no sólo para visitarlos a él y a Malyn, como había hecho todos aquellos años. Sino que esta vez era la definitiva.
     —Sí. Creo que va a ser más alta que yo —expresó el dueño de la taberna, con pesadumbre. Malyn se había marchado a dormir hacía unos instantes, refunfuñando porque deseaba quedarse conversando con el recién llegado pero él le había ordenado que se marchase en el momento que Filip, el cocinero, los despidió porque ya no quedaban clientes.
     Se sentó en la mesa en la cual Riber se encontraba sentado, y le llenó de cerveza el vaso que este sostenía entre sus manos. El viejo se encontraba agotado de la travesía, pero irradiaba una especie de luz que nunca le había visto antes. A Oliver le parecía ver esperanza en los ojos del viajero. O quizás alivio. Se sentó frente a él y se aferró a su vaso, pensando si aquella sería la noche en la que todo cambiaría, o si todavía le quedaba un poco más de tiempo.
     —¿Has oído las noticias de Nirimel? ¿Lo del niño Sindary? —inquirió Riber. Oliver asintió con su cabeza de forma lenta, todavía con la vista clavada en la cerveza. Su hermano le había escrito al respecto, pues se encontraba en el reino de los elfos del bosque desde hacía unos cuantos meses. Hacía muchos años ya que su hermano mayor le había dejado la taberna para cumplir su sueño de recorrer los reinos, y muchos años que no se veían, pero siempre recibía alguna carta de él. Oliver esperaba con ansias que regresase al paraje y le contara todas las aventuras que había vivido, pero parecía ser que su hermano no deseaba regresar. Después de haber pasado toda su vida en el paraje, intentando hacerse cargo de la taberna, no lo culpaba por no encontrarse apurado por volver luego de haber tenido el valor para marcharse. Pero aquello no lo hacía extrañarlo menos.
     —Sí. Adam me escribió. Se encuentra allí.
     El viejo Riber levantó sus cejas, en gesto de encontrarse sorprendido de que su hermano se encontrase allí, pero no acotó palabra alguna. La última vez que los había visitado, el mayor de los hermanos se había encontrado en Norcasia. Oliver bebió un largo sorbo de cerveza y luego echó un largo suspiro.
     —¿Crees que sea verdad? ¿Crees que los niños estén a salvo ahora? —indagó, con el ceño fruncido—. Bueno, ya no son niños.
     —Eso es lo que parece. El niño Sindary… Bueno, ya tiene más de veinte años, porque era uno de los más grandes en el momento que lo separaron de sus padres. El príncipe parece que estuvo todo este tiempo, tirado en una celda… ¿Puedes creerlo? Todo este tiempo sin saber nada de nada, solo, abandonado.
     —Al menos todavía está vivo, no como aquellos otros niños —acotó Oliver, recordando aquellos días en que se trataba de un jovencito y toda aquella locura de remover a los príncipes y las princesas de todos los reinos, de hecho, a cualquiera que pudiera tener los genes, había ocurrido.
     —Sí, lo sé. Sólo esperemos que el joven pueda recuperarse de todo el trauma sufrido.
     —¿Y cómo es que…? ¿Crees que nunca sintió sus… poderes?
     —No lo creo, Oliver. Sus facultades son innatas, pero necesitan práctica para crecer. Este niño fue criado en soledad absoluta, y él nunca supo ni de su familia, ni de sus facultades, ni de nada. Fue aislado de todo tipo de estímulo, y por eso nunca lo supo. Los poderes se manifiestan al alcanzar cierto grado de madurez, y el joven Sindary, al ser aislado de todo, no lo alcanzó, a pesar de ser uno de los más grandes. Pero estoy seguro de que algunos ya deben haber entendido que tienen facultades extraordinarias, y los que no, es sólo cuestión de tiempo, por eso es que…
     —Que tenemos que decirle la verdad —terminó Oliver la frase del viejo Riber, con pesadumbre.
     —Tú la has mantenido a salvo todo este tiempo, Oliver. Ella es tu hija y siempre lo va a ser. Es lo que es gracias a ti. No tengas ninguna duda de eso.
     —Sí, pero, ¿qué tal si me odia? ¿Qué tal si luego de saber la verdad me odia, Riber? Todo este tiempo se lo he ocultado, los dos se lo hemos ocultado. Ha vivido en una mentira.
     —Una mentira que le salvó la vida —aseguró el viejo. Oliver sabía que aquello era verdad, o al menos era lo que se decía todas las noches luego de haber mirado a los ojos a Malyn sabiendo que no se trataba de su verdadera hija.
     La historia que le había contado era que había conocido a su madre cuando se trataba de un estudiante en el gran colegio, donde también conoció a Riber, ya que este se había tratado de uno de sus maestros. Le contó que la había amado pero que ella había muerto al darla a luz. Fue lo mejor que le pudo decir, y lo mejor que le pudo decir a todos sus conocidos, ya que se trataba de un joven que se había marchado a estudiar y había regresado con un bebé en sus brazos y sin madre alguna. Como nadie allí la había conocido, podía justificar cualquier falta de parecido físico que Malyn y él tuvieran, alegando que se parecía más a su madre. En efecto, él se trataba de un hombre no demasiado alto, de cabello y barba castaños claros y ojos azules. Era delgado, aunque tenía una barriga inminente por la falta de ejercicio y algo de exceso de comida. Malyn era una muchacha que se encontraba cerca de sobrepasarlo en altura; de cabello azabache y ojos negros. No había que ser un gran observador para notar que no tenían absolutamente ningún parecido físico. Pero tenía que reconocer que eran muy parecidos de personalidad, y quizás aquello había terminado por convencer a todos de que se trataba de su hija. Había adquirido el aspecto físico de aquella madre misteriosa y la personalidad de su padre.
     Pero no se trataba de su padre, por más que lo deseara.
     —¿Tenemos que decirle? ¿Es realmente necesario? Es decir, aquí está a salvo. Podemos mentirles… Podemos decirles que murió. ¿Qué forma tendrían de encontrarla? —expresó, sintiendo a la desesperación crecer en él como hambre.
     —¿Y qué hacemos cuando sus poderes se manifiesten? —preguntó Riber, acercándose a la mesa para mirarlo fijamente a los ojos.
     —El chico Sindary es más grande que ella y todavía no ha manifestado nada. Quizás nunca lo hagan, no podemos saberlo.
     —Sí que lo sabemos, Oliver. Por eso el chico estuvo aislado todos estos años, y por eso Malyn está aquí contigo. Los poderes se manifiestan, tarde o temprano, y Malyn tuvo más estímulos que el chico Sindary, así que es probable que mañana mismo se manifiesten.
     —Quizás no sea la verdadera heredera. Quizás haya otra allí afuera que en estos momentos esté fabricando muñecos de nieve con sus poderes —expresó Oliver, afligido, sabiendo que muchos niños habían sido asesinados y había más probabilidades de que Malyn fuera la heredera a que no lo fuera.
     —¿Recuerdas la vez que traje a un compañero del colegio conmigo? ¿A ese elfo del bosque que tanto maravilló a tu hija?
     —Sí, lo recuerdo. Fue hace… ¿Cuatro o cinco años atrás?
     —Cinco —aseguró el anciano—. Oliver… No lo traje aquí para que conociera los hermosos parajes del sur. Lo traje porque es un erudito, uno de los mejores que he conocido, estudioso de los antiguos Gladiadores y los orígenes de los dones, y toda su vida fue entrenado para poder detectar los dones.
     —Ahora me vas a decir que con sólo verla pudo notar que los tenía. Vamos, Riber… Me tomas por tonto —negó Oliver con su cabeza.
     —No, no es tan fácil. Además, ninguno de nosotros hemos visto antes a uno de los niños de la décima generación. Pero sí es capaz de sentir una especie de energía superior, y mi compañero la sintió con tu hija, así como la sintió con el niño Sindary, antes de que se lo llevaran al exilio.
      Oliver negaba con su cabeza, negado a aceptar que aquello pudiera ser real. No podía creer que alguien pudiera percatarse de los dones antes de que se hubieran manifestado. Veía a los eruditos como fanáticos religiosos que adoraban a los Gladiadores y a sus herederos, y que estaban ansiosos por convencerse de que algún día su época de apogeo regresaría.
     Pero aunque tuviera Malyn los dones o no los tuviera, sabía que tenía que decirle la verdad. Y aquello le había aterrado siempre de la misma forma.
     —Mi niña —gimió el padre, con los ojos llenos de lágrimas—. Mi niña, me va a odiar…
     —Tenemos que decírselo, Oliver —expresó Riber, acercándose al hombre que tenía frente a él para buscar sus ojos con su mirada y convencerlo—. Esto va más allá de nuestros deseos. Ella lo tiene que saber. Lo tiene que saber para que no ocurra de improvisto y pueda ser protegida. Lo tiene que saber para poder decidir qué hacer.
     —¿Qué es lo que tengo que saber? —interrumpió Malyn, asomándose por la puerta que separaba la taberna del pasillo que llevaba a sus habitaciones, y Oliver sintió que un hilo de sudor fría le recorría toda la espalda. Riber le sonrió a la niña, como si nada ocurriera, y la invitó a unírseles a la mesa.
     Malyn no era su hija. No había vivido toda su vida con él. No lo odiaría luego de saber la verdad. Por eso se encontraba tan tranquilo. Había estado esperando aquel día desde que la niña había nacido, y ahora finalmente había llegado. Oliver por su parte había esperado que jamás llegase, y ahora no había vuelta atrás.
     Incluso los mejores secretos consiguen ver la luz sol alguna vez.

lunes, 3 de septiembre de 2018

Sueño 31 de agosto

¡Hola, gente! Vengo a dejar un post porque tengo el blog bastante abandonado. En parte, porque -por suerte- he encontrado trabajo, y eso me mantiene ocupada. En parte también porque estamos viviendo una realidad muy triste en nuestro país, y no sólo no encuentro editoriales a las que enviar manuscritos, sino que es un mal momento para publicar y para prácticamente cualquier cosa, y más que frustrada estoy triste.
No quiero publicar las mejores cosas que tengo, libros en los que he trabajado por años, acá. Mi primera meta es conseguir la publicación. Pero voy a seguir publicando algún que otro capítulo, algunas reseñas, de vez en cuando.
Ahora les dejo algo que soñé hace unos días. Hay veces que sueño cosas que tienen tantos detalles y tanto argumento que consigo hacer una historia de ellos. Así que si se quedan a leerlo, sepan que nada de esto lo inventé yo, es decir, yo estando consciente, sino que más bien fue algo que inventó mi subconsciente, aunque obviamente el detalle de la narración es mío. También cabe decir que, como en esas cosas raras de los sueños, yo no era realmente yo, -o quizás Ellos me habían nublado la mente también en eso, ja-.

¡Saludos!


31 de Agosto.

     Recuerdo cuánto solía disfrutar de viajar en tren. Siempre y cuando obtuviera un buen asiento al lado de la ventana, era capaz de pasar horas admirando el paisaje, escuchando música y pensando en un sinfín de cosas sin aburrirme. Podía darle rienda suelta a mi imaginación tanto como admirar lo que ocurría en verdad, allí afuera, en aquellas casas, aquellos negocios, aquellas vidas. Recuerdo que hubo una época en la que solía viajar bastante seguido, y aquel viaje era mi parte favorita del día. La parte donde podía sentarme, quedarme quieta por unas horas, tomarme mi tiempo para darme cuenta de que estaba viva. Que era una persona, viviendo una vida, consciente de ella, saboreando aquel momento.
     Recuerdo cómo me sentía, recuerdo aquella vida que solía tener, y aquella época en la que solía vivir, pero algunas veces todo aquello parece tan lejano que es como si hubiera sido un sueño. Como si todo aquel pasado que creí vivir en realidad lo hubiera soñado, y me hubiera despertado para finalmente vivir la realidad en la que ahora vivo. Es difícil hoy pensar en lo que fui, en lo que todo este mundo fue, en aquellos otros tiempos. Es difícil recordarlo sin sufrir aquella sensación de duda. ¿Realmente ocurrió? ¿Realmente éramos personas realizando nuestras rutinas diarias en aquel mundo de siglo XXI, mundo que algunas veces nos parecía demasiado moderno y otras veces demasiado retrógrada?
     Porque mientras viajamos en este vagón de tren, todos amontonados, hombro con hombro, rodillas con rodillas, en casi completa oscuridad, no puedo sentir que realmente viví aquella vida en algún momento. Me refiero a sentirlo en mis huesos, a tenerlo como una realidad, como un hecho indiscutible. No tengo nada que me asegure que no lo soñé, y que siempre vivimos así: encerrados, asustados, rumbo a un destino incierto, conducidos quién sabe por quién hacia dónde ni por qué ni para qué, demasiado aturdidos como para hablar entre nosotros.
     Sé que somos todos jóvenes. Menores a treinta años, y mayores de quince. Supongo que los demás irán en otros vagones, o a otras regiones, imposible de saberlo. Sé que somos jóvenes porque vi sus rostros antes de subir a este oscuro vagón. Compartimos algunas miradas llenas de pánico, con lágrimas en los ojos, antes de sumergirnos en la incertidumbre.
     Es difícil de explicar lo que hemos estado sintiendo en estos últimos tiempos. Primero fue una especie de hábito que se rompió; de mundo que se terminó. Todo lo que conocimos en nuestras cortas vidas, todo para lo que nos educaron, todo se rompió en un segundo. Pronto, el mundo tal y como lo conocimos dejó de existir, y ya no teníamos nada que hacer. Todos nuestros planes habían llegado a su fin. No más rendir exámenes. No más ir a trabajar. No más reunirnos con nuestros amigos. No más almuerzos familiares. No más mirar hacia ambos lados antes de cruzar la calle y saludar al vecino por las mañanas. No más de nada.
     Lo que vino después fue la duda, duda acerca de todo lo que podemos llegar a pensar. ¿Qué está ocurriendo? ¿Qué va a ser de nosotros? ¿Qué nos van a hacer? ¿Vamos a regresar a nuestras vidas, o este es el fin? Dudas y más dudas que nadie puede contestarnos. Supongo que al principio nos miramos, reconocimos a alguien detrás de aquellos ojos asustados, nos intercambiamos las típicas preguntas, pero después eso dejó de tener sentido. Todos teníamos la misma información. O sea, ninguna. Todo se había terminado, y no sabíamos por qué. El mundo estaba en una especie de guerra que estábamos perdiendo. Pero ni siquiera sabíamos quiénes eran nuestros enemigos ni lo que querían.
     Podíamos ver sus rostros. Pues ellos se aseguraban de que obedeciéramos. Pero mirarlos era confuso. Era como ver a través de la niebla. Como si nuestra capacidad de ver y razonar se nublara cada vez que intentábamos saber algo de ellos. Cuando los veíamos, veíamos personas como nosotros, pero había algo que nos hacía sentir que no lo eran. Eran aterradores, y no tenían nada bueno planeado para nosotros, y estoy segura de que todos sentíamos lo mismo. Teníamos la mente nublada, como si estuviéramos drogados, pero no podían llegar a nuestras sensaciones. Sentíamos que todo estaba acabado, que lo poco que quedaba estaba en peligro, y que teníamos que actuar, pero nuestros cuerpos no tenían fuerzas para responder a nuestros deseos.
     Se oían llantos dispersos provenientes de diferentes direcciones. Ninguno era un llanto de esos llenos de aflicción. Eran más bien lágrimas silenciosas, seguidas de algún tipo de gemido o cambio en la respiración. Nadie hablaba. Nadie se movía demasiado. Íbamos sentados en el suelo moviéndonos al compás del vagón. No sé lo que pensarían los otros, pero yo sólo pensaba en que aquello se asemejaba a aquellos trenes que habían transportado a tantos directo hacia su muerte en la segunda guerra mundial. Éramos como ganado humano, y creo que era muy difícil seguir creyendo que éramos personas en aquellos momentos. Creo que en gran parte ya estábamos resignados. Ya lo habíamos perdido todo. Nuestras vidas. Nuestras casas. Nuestros sueños. La gente que queríamos. Perder nuestras vidas era sólo un tecnicismo. Bien podría decirse que ya estábamos muertos.
     Al menos, allí, en aquel oscuro vagón.
     Mis ojos se acostumbraron a la oscuridad y comencé a divisar algunos rostros. Reconocí a uno de los pasajeros, aunque no podía recordar su nombre. Éramos todos jóvenes pero de diferentes locaciones, colocados probablemente al azar, o quizás habían seguido algún patrón que yo no podía deducir. Era un chico unos cinco años menor que yo que había visto alguna vez por ahí. Nací y me crié en un pueblo donde todos nos conocíamos entre todos. De vista, al menos. A mí lado estaba un chico con el que había compartido miradas antes de subir al vagón. En otra vida quizás me habría parecido un chico atractivo, alguien a quien me gustaría preguntarle qué música oía, qué series miraba, para ver si teníamos algo en común, para ver si teníamos química como para compartir risas y buenos momentos. Pero en aquella vida no tendríamos buenos momentos. Quizás aquellos eran nuestros últimos momentos. Así que no podíamos pensar en nada como aquello. A mi izquierda tenía a una chica que sollozaba en silencio. No la había visto antes de subir al vagón porque había estado todo el tiempo detrás de mí, pero ahora podía percatarme de que tenía cabello largo, recogido en una coleta, y era delgada y probablemente más alta que yo.
     ¿Y si tuviéramos que correr? ¿Y si tuviéramos que huir, y escondernos, y pelear por nuestras vidas?
     No sé los demás, pero yo no tenía fuerzas.
     No quería morir sin saber por qué, pero no iba a pelear por ello.
     ¿Para qué?
     El vagón se tornó ruidoso de repente. Como si despertáramos del ensimismamiento, y volviéramos a ser capaces de actuar como estábamos acostumbrados. Primero sentimos un pequeño golpe, como si el tren se hubiera encontrado con algún obstáculo en las vías, y nosotros hubiéramos sentido la consecuencia del choque. Algunos comenzaron a levantarse del suelo, otros comenzaron a hablar, creo que alguno incluso llegó a gritar. El vagón se fue llenando de ruido y de vida, ruidos desesperados, pero de personas vivas, al fin de cuentas. Y creo que todos entramos un poco en pánico, aunque algunos siguiéramos todavía demasiado aturdidos como para actuar.
     —¿Qué está ocurriendo? —llegó a preguntar una voz masculina, proveniente de quién sabe dónde.
     Antes de que alguien pudiera responderle, nos vimos arrancados de nuestros lugares y comenzamos a chocar unos contra otros, entre gritos y respiraciones entrecortadas, mientras el vagón se descarriaba de las vías y daba vueltas, cayendo, girando, y cayendo.
     Sentí que me ahogaba por el peso de otros cuerpos sobre el mío, y me dolía absolutamente todo. Pero una vez que volví a estar consciente, creí estar segura de que no tenía ninguna herida de gravedad. Luché para hacerme lugar hasta llegar a la superficie, y me quité de encima algunas piernas y una muchacha que despertó en el momento en el que intenté moverla. Pronto me encontré bajo la luz de la luna. La luna. Me pareció que era la primera vez en mi vida que la veía, que la veía de verdad. Me pareció lo más hermoso que pudiera llegar a ver.
     Era libre.
     Cuando mi sensación de libertad terminó, me percaté de gemidos de dolor provenientes de todas partes. El tren había seguido viaje, pero los vagones detrás del nuestro también habían sufrido el mismo destino. Uno estaba cerca, en las mismas condiciones que el nuestro. Creí ver a otro en la distancia, pero no le hice mucho caso. Lo que tenía más próximo era ya demasiado para ver. Decenas de jóvenes estaban esparcidos por el suelo. Algunos todavía estaban dentro del vagón. Algunos estaban más heridos que otros. Creo que dos o tres estaban incluso muertos. Comencé a ver sangre decorar las ropas de mis compañeros de viaje, y otros no se quedaron a admirar el paisaje, sino que se pusieron de pie y echaron a correr lo más rápido que pudieran, aunque ninguno sabía dónde estábamos. Una chica lloraba de dolor mientras se tomaba la pierna rota, y yo era incapaz de moverme. No sabía si echar a correr como los más egoístas, o si quedarme a ayudar a los que no tenían remedio, o si dedicarme a aquellos que tenían heridas menores y todavía podían ser salvados. Era obvio que tenía que marcharme de allí. Los vagones habían descarriado, y lo primero que buscarían serían los vagones en cuestión. Si me quedaba allí, me encontrarían rápidamente. Pero si me echaba a correr, ¿adónde iría? ¿Cuánto tiempo estaría corriendo y escapando, ilusionándome con volver a ser libre, hasta volver a ser atrapada?
     Lo más estúpido que podía hacer en ese momento era quedarme quieta, y era justamente lo que estaba haciendo.
     —¡Vamos! —me gritó una voz, mientras una mano me tomaba del brazo.
     Miré para ver quién me gritaba, y reconocí al muchacho que había tenido al lado mío durante todo el viaje. Junto a él había otras cuatro o cinco personas, y yo no me quedé a pensar qué debía hacer. Le hice caso como un niño. No sé quién era, ni qué tenía en mente, pero me limité a asentir con mi cabeza e intentar seguirle el paso al grupo, con mi pésimo estado físico y mi principio de asma.
     Creo que en ese momento estaba tan aturdida que ni me di cuenta de mis problemas respiratorios.
     Corrimos entre los árboles hasta llegar a una especie de arroyo, donde nos detuvimos para tomar agua. Estábamos todos sudados y demasiado agotados como para hablar, así que nos limitamos a saciar la sed y lavarnos un poco. No llevábamos ningún tipo de objeto encima, nada además de la ropa que llevábamos puesta, ropa que todos teníamos en común, como una especie de uniforme que nos habían asignado para hacer nuestras identidades todavía más irrelevantes. Eran conjuntos deportivos de un color azul oscuro. Aunque creo haber visto otro color subirse a algún otro vagón, allí cuando mis sentidos estaban nublados.
     ¿Qué importaba?
      —¿Adónde vamos? —preguntó una voz femenina, y reconocí a la muchacha delgada que había tenido a mi izquierda durante el viaje. Parecía ser que los que habíamos estado cerca en el vagón habíamos terminado formando parte de aquel pequeño grupo, quién sabe por qué. Ahora que la veía mejor, se trataba de una muchacha de tez clara, cabello castaño, quizás rojizo, imposible de darme cuenta en aquella oscuridad. Lo que sí podía notar es que tenía una belleza particular, incluso en aquel momento de desesperación, y sin dudas era alta, era la más alta del grupo.
     Luego estaban el muchacho que me había hecho parte del grupo de fugitivos, un chico moreno de cabello negro azabache largo hasta el hombro, delgado pero de espalda ancha, y de rostro serio e imperturbable.
     Culminaban el grupo el que quizás era el más viejo, un chico de probablemente unos treinta años, bajito y regordete, de calvicie incipiente y rostro agradable, rostro de una persona con sentido del humor y probablemente el centro de atención de su grupo de amigos; otra chica que era la más joven, pequeña, delgada, de cabello marrón recogido en una trenza, y de ojos grandes y nariz aguileña; otro muchacho alto y delgado, de cabello corto y rubio y rostro enojado; y yo. No sabíamos nuestros nombres, pero aquello poco importaba. Primero teníamos que intentar salir de allí con vida. Rumbo hacia dónde, quién sabe. Pero aquellas fuerzas que habíamos tenido dormidas pronto se habían despertado y ahora estábamos dispuestos a cualquier cosa para seguir disfrutando de nuestra libertad.
     —A la ciudad —respondió el muchacho de cabello largo. Supongo que ahora se trataba del líder del grupo. Pocas ganas teníamos de disputarnos aquel lugar. Nadie sabía qué hacer, así que prácticamente cualquier decisión era bienvenida.
     Nos señaló nuestro destino en cuestión con su dedo índice, y todos volvimos nuestros rostros al unísono para verlo. Si continuábamos hacia adelante, eventualmente llegaríamos al mar. Estábamos sobre una colina, y podíamos divisar el agua a lo lejos, más que nada, el reflejo de la luna en el horizonte. Para llegar a la ciudad teníamos que atravesar aquel bosque y volver a acercarnos a las vías. Desde allí podíamos ver el puente que el tren cruzaba, y pudimos tener una idea de dónde nos encontrábamos. No de nombre, a decir verdad, sino algo similar a poder trazar un mapa en nuestras mentes. Estábamos en tierra firme, con el mar frente a nosotros, y un puente que cruzaba hacia otro pedazo de tierra a una larga distancia a nuestra derecha. Probablemente hacia allí nos estaba conduciendo el tren. Para llegar a la ciudad, teníamos que acercarnos a las vías.
     —¿Qué hay en la ciudad? —preguntó una de las chicas, la alta.
     —Futuro —respondió el líder provisorio, no sé si con aires de filósofo o de ser lo más directo posible.
     Era evidente que nadie tenía deseos de hablar.
     Le seguimos el paso sin cuestionarlo.

     No éramos los únicos en la ciudad. Había otros fugitivos como nosotros, y comenzamos a conformar una especie de resistencia en la que nos dividimos en diferentes grupos y nos comenzamos a mover de edificio a edificio, durante las noches, de forma sigilosa. Buscábamos provisiones en los departamentos, nos dividíamos lo que encontrábamos, entrenábamos para el combate en habitaciones con sonido aislado, teníamos armas y señales para comunicarnos, y vigilancia constante en cada punto que pudiéramos encontrar. También teníamos una vista constante a la tierra de Ellos, y estábamos alerta a cualquier tipo de movimiento que alcanzáramos a divisar. Cualquier barco, cualquier tren que cruzara el puente, cualquier luz y sonido extraño. Pensábamos que era cuestión de tiempo para que fueran a buscarnos, porque estábamos seguros de que sabían que estábamos allí, así que supongo que nos limitábamos a mantenernos ocupados para pasar el tiempo, alargando nuestro destino inevitable todo lo que pudiéramos.
     Vivimos en una relativa “paz” durante más de dos semanas, tiempo que jamás creí que sería posible. A pesar de haber encontrado otras personas allí, y de habernos armado dispuestos a dar pelea, mentiría si dijera que tenía esperanza. Nunca pensé que nos salvaríamos. Pensé que sería una situación de esas en las que uno consigue algo más de tiempo, pero nada más, hasta terminar como tendríamos que haber terminado. Incluso cuando mis nuevos conocidos bromeaban entre ellos y se oían sus risas como si fueran música, yo no conseguía contagiarme.
     En mi otra vida, recuerdo que había sido una persona extrovertida. Siempre el payaso del grupo, siempre el centro de atención, siempre bromeando y riendo, a pesar de encontrarme miserable. Además de bromista, era una de esas personas que son demasiado apasionadas a la hora de dar su opinión y de discutir. Ahora me había convertido en un ser taciturno, silencioso, que no expresaba nada ni tampoco se quejaba de nada.
     El primer día que pasamos en la ciudad —cuando dormimos—, no nos dijimos nada. Llegamos cuando todavía era de noche, y nos escabullimos entre los edificios hasta dar con uno que nos agradaba. Al divisar a otras personas, nos quedamos un poco más tranquilos y nos dedicamos a dormir. Dormimos todos juntos en una habitación sin todavía saber cómo nos llamábamos ni quiénes habíamos sido.
     Cuando llegó la noche tuvimos la primera oportunidad de dialogar. Algunos se encontraban algo más animados. Al menos ya nadie lloraba. Algunos sonreían tímidamente, y otros hasta bromeaban. Pero yo sólo me limité a decir mi nombre. Lejos había quedado aquella persona llena de vida y desesperada por alegrar a los demás que había sido. Ahora era sólo una sombra de una persona. Ya no era nada, pero todavía seguía ahí. Por suerte para mí, había mucho para hacer y nadie me prestó demasiada atención. Tuvimos que escabullirnos para conocer a más personas y sumarnos a sus horarios y sus actividades. Así que nuestro pequeño grupo en verdad comenzó a conocerse ya pasados varios días.
     Nos acostumbramos a dormir todos juntos, y teníamos nuestros horarios de vigilancia donde nos íbamos relevando. Antaño, había sido una persona a la que le costaba bastante dormir con alguien —bastante desafortunado a la hora de tener pareja—, pero ahora ya no me costaba nada. Cada vez que hablaban, yo me colocaba mirando hacia el exterior, lo suficientemente lejos como para que comprendieran que no deseaba formar parte de la conversación, pero no tan lejos como para dejar de ser parte del grupo. Supongo que se habían acostumbrado a mí, o que comprendían que todos habíamos vivido momentos extraños, confusos y penosos, y por eso no me juzgaban por mi actitud. Algunas veces los oía hablar y me preguntaba qué habrían pensado de mí de conocer la persona que en verdad era. Porque aquel ser desprovisto de alma no podía ser yo. No podía ser eso lo que quedaba de mí.
     Me negaba a creerlo, y sin embargo hacía muy poco para superarlo.
     No era que no deseara ser parte de aquello. No sé muy bien cómo explicarlo. Siempre estaba ahí, oyendo a mis nuevos compañeros, y a pesar de que hablaban, nunca decían nada. Y yo tampoco tenía nada que decir que pudiera llegar a servir de algo. Nadie podía recordar realmente lo ocurrido. Teníamos un breve recuerdo de que el mundo como lo conocíamos había terminado. Que ya nada sería igual, y que habíamos tenido aquel sentimiento durante días, pues no habíamos sido arrancados de nuestras vidas de un día para otro. Había sido un proceso corto, sí, quizás de unos cuantos días, y vivía en nuestras mentes como en medio de una constante neblina que éramos incapaces de atravesar. Comenzó en otros lados. Vimos algunas noticias. Y pronto los tuvimos frente a nosotros. Sabíamos que habían llegado Ellos, y que lo habían cambiado todo. Los habíamos visto, aunque sus rostros estaban como borrosos. Pero su aspecto físico no nos había producido nada porque eran como nosotros. Eran humanos, y no lo eran. Nuestras mentes no podían deducirlo, pero lo sentíamos así. Sabíamos que había algo extraño. Sabíamos que estábamos actuando fuera de nuestra voluntad, yendo a los sitios donde Ellos nos enviaban, moviéndonos a sus órdenes, dejando todas nuestras vidas sin oponer resistencia alguna, como si fuéramos presa de un encantamiento.
     Creo que no despertamos hasta que aquel vagón nos expulsó de las vías. Creo que estuvimos en una especie de trance durante todo aquel tiempo, y me aterraba volver a estarlo. Ninguno sabía quiénes eran Ellos, pero era evidente que eran poderosos. Lo suficientemente poderosos como para terminar con el mundo en unos días, y prácticamente sin esfuerzo alguno, pues nosotros se lo habíamos entregado sin oponer resistencia, marchando como soldados disciplinados hacia los vagones.
     Las chicas de mi grupo creían que Ellos tenían la capacidad de hechizarnos. No como si fueran magos o algo por el estilo, sino porque tenían alguna especie de capacidad superior a la nuestra, alguna capacidad que les hacía posible controlar nuestras mentes de aquella forma, con aquella intensidad y eficacia. Los chicos, por su parte, creían que habíamos sido drogados. Que habían colocado alguna sustancia en nuestra agua o nuestros alimentos y habíamos estado drogados todo aquel tiempo, incapaces de razonar y de reaccionar de otra forma.
      Yo me limitaba a oír sus suposiciones. ¿Qué importaba lo que yo creyera? Nadie sabía la verdad. Eran todas hipótesis, y todas podían ser tan ciertas como no. Lo único que yo sabía era que no cabía ninguna duda de que eran poderosos. Los hechos hablaban por sí solos. Lo que habían conseguido, y la forma en la que lo habían hecho, dejaba nuestra debilidad en evidencia.
     Era sólo cuestión de tiempo, entonces. ¿Qué chance podíamos llegar a tener contra semejante poder?

     Vivimos de aquella forma, sorteando edificios, moviéndonos entre las sombras, descansando de día, comunicándonos de formas ingeniosas y algunas veces confusas hasta la fatídica noche en la que Ellos finalmente nos encontraron, o mejor dicho, que finalmente decidieron atraparnos. Y cuando llegaron, lo hicieron de la forma más inesperada, probablemente la única forma que jamás se nos hubiera ocurrido ni siquiera en las especulaciones más alocadas.
     Era de noche, pero de todas formas nos encontrábamos durmiendo. Ahora que lo pienso, quizás lo habían planeado todo. Quizás eran capaces de “hechizarnos” de formas que ni siquiera nos podíamos imaginar, y enviarnos a dormir era sólo un trámite para ellos. Sólo sé que éramos cuatro los que dormíamos, y nos despertamos cuando Cory, que tenía que hacer guardia, apareció y se quedó en silencio de pie en la puerta. Creo que fui la primera en despertarse. Tuve una sensación extraña, de que me estaban observando, y cuando desperté Cory estaba allí, de pie, en completo silencio. Sólo podía divisarlo por la luz de la luna que entraba por los ventanales, por lo tanto no podía ver su expresión a la perfección. Sin embargo sentí escalofríos por todo el cuerpo. Supongo que los demás también lo sintieron, porque en unos segundos todos comenzaron a despertarse, y todos intercambiamos miradas entre nosotros y le dedicamos una mirada extraña a nuestro vigía.
     —¿Cory? —preguntó nuestro líder, que semanas después, continuaba siéndolo. Este no respondió nada en absoluto. Ahogué un grito cuando un rayo de luz le alumbró el rostro, y sentí que se me cortaba la respiración. Tenía los ojos enormes, con las pupilas completamente dilatadas, y una expresión que rozaba la locura, con una sonrisa espeluznante y las cejas levantadas.
     —No es Cory —exclamé, y creo que fue la primera frase que esbocé en todo aquel tiempo.
     Nos pusimos de pie de inmediato, sorteamos a Cory y comenzamos a correr por el pasillo.
     —No, no, ¡no! —gritó mi compañera, la más joven, probablemente porque se encontraba ya sintiendo lo mismo que yo estaba sintiendo.
     La vista se me tornaba dificultosa. El tiempo corría más despacio. No distinguía colores, o sonidos, ni tampoco aromas. Era como si estuviera en un sueño, en un estado fuera de mi cuerpo, incapaz de razonar, o de percatarme de lo que era real y lo que era mi imaginación.
     Estaba ocurriendo de nuevo. Tanto si fuera un hechizo o una droga, estaba ocurriendo de nuevo, y Cory ya no era Cory, era uno de ellos, y también lo era Mari, aquella muchacha que se había sentado a mi izquierda en el vagón y que aquella noche también estaba de vigía, pues la cruzamos en nuestra huida y simplemente se limitó a quedarse quieta y mirarnos con una sonrisa espantosa.

     Corrimos hasta llegar a una ventana que podía abrirse y saltamos hasta el edificio siguiente. Continuamos corriendo, sorteando construcciones y sin cruzarnos con nadie por bastante tiempo. ¿Habrían ya caído todos los demás o habrían sido mis colegas los primeros en ser alcanzados? ¿Continuaban siendo ellos debajo de aquel hechizo, o acaso ya se habían ido para siempre? Más que terror, sentía pánico, porque había algo que me hacía sentir que aquellos ya no eran lo que habían sido y jamás volverían a serlo. Aquello era más que un “hechizo”. No podía explicar cómo lo sabía, pero lo sabía. En aquellos tiempos sólo podíamos confiar en nuestras sensaciones más inmediatas.
     Encontramos un buen sitio para refugiarnos, y el líder dispuso a los demás a vigilar mientras me alejaba del grupo, clavando su vista en la tierra de Ellos. Llevaba unos binoculares atados con una cinta en forma de collar, y los utilizó. Yo alcanzaba a ver que había movimiento en aquellas tierras, pero no tanto como para ver detalles. El líder echó un suspiro de cansancio y me entregó los binoculares.
     No podía verlo claro porque estaba lejos y además era de noche. Pero no había ningún tipo de “hechizo” nublándome la visión. Podía ver luces blancas y rojas, y movimiento por doquier. Algunas sombras, algunos ruidos estrepitosos, sólo señales de que no estaban durmiendo y se estaban movilizando hacia algún lado. Probablemente, hacia nosotros.
     —Tenemos que bajar —opinó el jefe, todavía mirando hacia adelante. Yo asentí con mi cabeza, sin preocuparme por si me veía o no. Creo que en ese momento era lo más sensato. No podíamos quedarnos en el octavo piso de un edificio, donde ya sabíamos que ellos sabían que estábamos. Podíamos correr, podíamos encontrar algún transporte, y alejarnos de allí. No era como si creyéramos que de escaparnos nos íbamos a salvar, pero luego de haber visto a Cory y Mari de aquella forma, sentíamos una especie de terror constante que nos hacía querer continuar en movimiento e intentar todo lo posible para evitar que aquel fuera nuestro destino.
     Se puso al resto del grupo al tanto de la proposición y los cuatro concordamos con que teníamos que bajar a tierra firme y marcharnos de la ciudad. Si encontrábamos a alguien en el camino, le avisaríamos de que ya habíamos sido encontrados. Y dejaríamos en aquel piso la señal de peligro.
     Nos pusimos en marcha, todavía de noche.
     Oíamos ruidos a la distancia, pero nada que nos hiciera creer que algo marchaba mal. De todas formas, cuando habíamos sido atrapados, también habíamos estado bastante en silencio. No había habido bombas, ni disparos, ni siquiera gritos de odio esparcidos por los cielos. Así que nada nos aseguraba que no se hubieran hecho ya con cada ser humano de la ciudad. ¿Habría otros como nosotros allí afuera, en otras ciudades, campos, montañas o desiertos? ¿Habría niños, y jóvenes, y adultos y ancianos por igual? ¿Serían ahora sus prisioneros, o servidores, o esclavos, o estarían muertos? Eran las preguntas que siempre se hacían pero nadie podía responder. Suposiciones, siempre. Suposiciones y más suposiciones y nada más. Y sin embargo no pasaba día en la que no nos preguntáramos lo mismo.
     En nuestra huida nos cruzamos con algunos jóvenes que si estaban siendo “hechizados”, al menos no lo parecían. Algunos se unieron a nosotros, dos chicos de veinte y treinta años, uno de cabello largo recogido en un rodete, y otro de enormes proporciones y con la cabeza rapada. El resto se detuvo bien para recoger sus pertenencias, o para informar a otros de la amenaza, o para decidir qué camino tomar.
     Cuando llegamos a la entrada de la ciudad, ya sin edificios ni casas ni negocios, sólo campo abierto, nuevamente comenzamos a sentir que se nos nublaba la visión, e incluso uno de los muchachos que se había unido a nuestra huida había perdido el equilibrio y caído al suelo.
     —¡No! —grité, y creo que no fui la única. Uno podía ser perseguido y atrapado, pero no había nada más horrible que sentir ese momento en el que se metían en tu mente. Ya no cabía ninguna duda de que no era producto de ninguna droga. Era algo que podían hacer, y probablemente cuando lo desearan. Era horrible sentir que seguíamos siendo nosotros pero no podíamos controlar nuestras mentes. Estuve a punto de gritarles que me mataran de una buena vez cuando comencé a sentir movimiento a mi alrededor. Nuevamente aquellas figuras que nos habían guiado en nuestros viajes. Cuerpos de personas con rostros nublados se nos acercaban, y yo comenzaba a verlos grandes, y luego más chicos, y en mi cabeza bailaban todo tipo de figuras mientras iba sintiendo que iba perdiendo la cordura.
     Todo el grupo estaba detrás de mí, incluso el líder, que estaba en el suelo tomándose la cabeza con las manos. Yo me quedé de pie, mirando hacia adelante, viendo cómo una tenebrosa figura oscura se me acercaba cada vez más y más. No desvié la vista, ni exclamé sonido alguno. Simplemente me mantuve de pie, quieta, con el ceño fruncido de la ira, esperando poder divisar al menos el rostro de quién iba a quitarme la vida, o lo que fuera que me iban a hacer.
     Sin embargo, incluso cuando estuvo a sólo unos pocos metros de mí, no conseguí verle el rostro. Sé que no tenía forma humana, aunque podía divisar dos brazos que se asemejaban a los nuestros. La parte de sus pies era como una neblina gris sin forma, y tenía una cabeza, pero yo no podía ver más que una mancha gris o azulada. No obstante, a pesar de no poder verla, pude sentirlo. Sabía que era una mujer. Sabía que venía de otro planeta. Y no sé si ella puso aquellos pensamientos en mi mente, o si fue sólo una sensación, pero sabía para qué habían venido a nuestro planeta y qué querían de nosotros. En un segundo, lo entendí todo.
     Sus cuerpos estaban muriendo. Quién sabe por qué. Quién sabe cómo era su anatomía, su biología, o por lo que habían pasado en toda su historia. Quién sabe si no habían ido ya a algún otro planeta y habían hecho lo mismo que con nosotros. Sólo sé que ese era su problema. Sus cuerpos morían, y necesitaban nuevos. No sé si nosotros éramos el recipiente adecuado o si éramos el más cercano que habían encontrado. Aquello no importaba.
     Nos estaban despojando de nuestros cuerpos. Aquello era lo único que importaba.
     —Vamos —me dijo aquel horripilante ser, en la primera vez que creo haber oído la voz de uno de Ellos. Era femenina, y dulce, como una melodía—. No deben tener miedo de morir. La muerte es parte de la vida —aseguró, con esa voz calma y de un solo tono.
     —¿Miedo de morir? —expresé, con una carcajada sarcástica que sorprendió a mis compañeros, aquellos que sólo conocían aquella sombra en la que me había convertido, incluso en el estado de aturdimiento en el que se encontraban. Me atrevo a decir que también sorprendió a aquel ser que me hablaba, aunque no podía ver su expresión. Tenía a su alrededor como formas que danzaban al compás de sus brazos, como si controlara la niebla misma—. Miedo de morir tienen ustedes, que fueron a otro planeta a tomar otros cuerpos para justamente no morir —y comencé a reírme de forma estridente, como una lunática, con una carcajada sonora que rozaba la histeria.
     Aquella Cosa se me quedó mirando estupefacta. Por supuesto que yo no podía verla, pero lo sentía. A mi alrededor había Otros que ya tenían nuestros cuerpos, y todos se quedaron quietos, pasmados ante mi reacción. No sé si había conseguido superar sus “hechizos” y aquello era lo que los intrigaba. Quizás era la primera vez que alguien los desafiaba de aquella forma, con una risa de aquel tipo.
     Pero a pesar de que me reía, me sentía furiosa. No estaba asustada, ni tampoco resignada. Sino furiosa con ellos. Mi sangre hervía dentro de mis venas y me temblaba todo el cuerpo al prepararse para la agresión. Ellos habían venido desde muy lejos para tomar nuestros cuerpos y suplantarnos. Nuestros envases quedarían para siempre allí, pero lo que hemos sido, no sólo ahora, sino durante toda la historia, se extinguiría. No podía imaginar cosa que me enfureciera más. Pues es fácil imaginar una extinción absoluta, una muerte total. Pero que nuestros cuerpos continúen existiendo, o mejor dicho, que todo lo que es nuestra apariencia continúe, más nuestra humanidad, todo lo que hemos sido, todo lo que nos define como humanos y personas, deje de existir y sea suplantado por otra entidad que desconocemos, aquello era algo que iba más allá de la imaginación. No podía dejar de pensar en que alguien, algún otro ser, algún día llegaría a nuestro planeta, y conocería nuestras apariencias, pero jamás conocería lo que realmente éramos. Nos vería, pero jamás nos conocería de verdad. Aquello que vería sería todo lo que alcanzaría a ver, como si siempre los humanos hubiéramos sido ellos. Pero éramos nosotros. Ellos no eran nosotros. Yo no podía permitir que ellos fueran nosotros.
     No puedo explicar por qué aquello me indignaba tanto. Había vivido unas semanas alocadas en las que me habían arrebatado mi vida, mi mundo, y me había preparado para que la raza humana dejase de existir, casi hasta resignándome la mayor parte del tiempo. Pero esto era peor. No se me ocurría nada peor que pudiera llegar a ocurrir. Que nos usurpen. Que nos corrompan. Que usen nuestros cuerpos para ser ellos, y no nosotros. No podía pensar en nada más aberrante, nada que me llenase más de ira.
     Supongo que entonces estuve lista para pelear. Para pelear de verdad.
     Y me atrevo a decir que Ellos estuvieron listos para perder.