martes, 3 de diciembre de 2019

Novela Criminal


¡Hola, gente! En mi anteúltima entrada del año vengo a dejarles el principio de una novela que comencé a escribir hace algunos días. Como dice el título, se trata de una novela criminal, en un pueblo, con sospechosos por donde se mire.
¡Saludos!


    Fue la noche del veinticuatro de septiembre del año dos mil diecinueve, una noche demasiado fría para la época, que el primer mensaje con tono amenazador se deslizó debajo de la puerta del hogar de los Montenegro. El objeto se trataba de un pequeño papel de color blanco —suponiendo que el blanco es un color—; del tamaño de la mitad de una hoja A4 de impresora; y se encontraba prolijamente doblado por la mitad. La fuente encargada de enseñar el mensaje era la reconocida Times New Roman, con interlineado simple, doble espacio, y tamaño número doce. La frase que aquellas letras formaban era directa y contundente: “Antes de fin de año, habrá un miembro menos en su familia. ¿Quién será?”.
     Fue la noche del veinticuatro de septiembre del año dos mil diecinueve que los Montenegro conocieron la ansiedad, el insomnio, y por sobre todo, el miedo.

     Quien encontró dicho papel fue Eduardo Montenegro, el hombre de la familia. Aquella noche se encontraba mirando un partido de fútbol por la televisión —aunque, en realidad, lo miraba con los ojos cerrados y algún que otro ronquido—, y se percató de la presencia de aquel misterioso trozo de hoja de impresora cuando se despertó y decidió que había llegado ya la hora de continuar con su sueño en la cama que compartía con su esposa, Valentina. Durante unos instantes, se quedó allí, de pie, sin realizar movimiento alguno, mirando fijamente al papel, con la televisión todavía encendida. La habitación se encontraba oscura, únicamente iluminada por aquel partido de fútbol que Eduardo no tenía idea de quién iba ganando —y eso que era la repetición—. Y cuando finalmente recuperó los sentidos, su primera acción fue encender la luz, lo que le dañó la visión durante unos segundos.
     El señor Montenegro contaba con cuarenta y tres años de edad. Se trataba de un hombre alto y delgado, de tez morena y cabello abundante —aunque recientemente lo llevaba bastante corto, para más comodidad—. Tenía los ojos verdes, decorados por unas cejas rectas y pequeñas. Y llevaba el rostro desprovisto de barba o señal alguna de ella. Lo que más sobresalía era su nariz, que se cernía en forma de gancho, aunque combinaba con el resto de su rostro. Era arquitecto, aunque no temía admitir que había estudiado dicha carrera sólo para satisfacer a sus padres. Para aquella fría noche de septiembre, no se encontraba ejerciendo más que por alguna que otra consulta amistosa. Era dueño de un negocio, una especie de almacén de enormes dimensiones, que poseía una gran variedad artículos, a precios bastante accesibles. Era lo más similar que el pueblo en el que vivía tenía a un “shopping”, y trabajaba allí a diario con una gran sonrisa orgullosa. Su mujer, Valentina, de cabellos dorados, tez blanca, y amplias caderas; tenía dos años menos que él, y era dentista. A diferencia de su marido, ella había elegido dicha profesión porque realmente le agradaba, y luego de muchos años de trabajo, ahora podía darse el gusto de trabajar solamente por las mañanas. Por las tardes, solía quedarse en su casa, cuidando a sus tres niños: Joaquín, de once años de edad; Emma, de nueve; y el más travieso, Martín, de seis años de edad. A pesar de las peleas ocasionales entre hermanos, y alguna que otra discusión absurda por parte de los progenitores, podía decirse que los Montenegro se trataban de una familia feliz, orgullosa de sus logros, y llenos de proyectos de vida y de motivación. Al menos, aquello era lo que su imagen exterior demostraba.
     Una vez encendida la luz de la sala de estar, Eduardo se dirigió hasta la puerta de su hogar. Antes de recoger el misterioso papel, abrió la amplia abertura de madera de un tirón, esperando dar con quien fuera que hubiera dejado aquello allí. No obstante, parecía ser que no había sido depositado en su suelo en un pasado reciente, pues no había señal alguna de alguna persona rondando por las afueras. No vivía en una casa especialmente alejada del centro del pueblo —aunque había quien decía que no existía dicho centro—, pero sí tenía un gran espacio alrededor, el suficiente como para alcanzar a divisar a cualquier persona que se encontrase al menos a cincuenta metros de distancia a la redonda, donde los Montenegro recién se tropezaban con el vecino más cercano, un vejete de setenta años de edad cuyo único placer era regañar a los niños que correteaban por la calle. En la dirección opuesta, vivían dos hermanos de treinta y treinta y tres años de edad, de apellido Acosta, con quienes apenas tenían trato. Y un poco más lejos, la familia de los Salvatore, cuyos niños ya se trataban de adolescentes. Habían existido reuniones amistosas entre vecinos alguna que otra vez, pero ahora su trato se limitaba a saludos a la distancia, y alguna que otra conversación trivial. Aquellos eran los vecinos más cercanos, los que podían ver el hogar de los Montenegro desde el interior de sus casas.
     Además de demostrarle que se trataba de una noche fría, aquella breve inspección del frente de su casa sólo le demostró que también se trataba de una jornada tranquila y silenciosa, pues ni un solo animal podía oírse, ni siquiera el ruido del viento, ni algún auto que se paseaba por allí cerca, absolutamente nada. No había nada ni nadie allí.
     Una vez que se encontró nuevamente en el interior de su hogar, se dispuso a agacharse y tomar el mensaje que le habían arrojado. Cuando lo leyó, se quedó inmóvil durante lo que le pareció una eternidad. Quitando, claramente, aquel movimiento que realizaban sus manos al temblar, y su pecho al respirar, y sus ojos al pestañear ocasionalmente.
     Deseó con todas sus fuerzas creer que se trataba de una broma. Una broma horriblemente pesada, pero una broma al fin. Alguna travesura de algún adolescente aburrido. Quizás, de alguno de los Salvatore. Pues, habiendo crecido en aquella villa, bien sabía que la diversión escaseaba, sobre todo a aquella edad de la juventud. Sin embargo, no lo sentía así. No lo sentía así en absoluto. No podía dejar de temblar, y su respiración se le tornó por demás dificultosa. «¿Qué debo hacer ahora?», pensó. «¿Debería enseñárselo a Valentina? ¿Debería ir a la policía? ¿Debería arrojarlo a la basura y hacer como si nada?». ¿Qué hacía uno cuando se encontraba con una amenaza de muerte que incluía a toda su familia debajo de su puerta? Lo que menos deseaba era infundir temor en los suyos, pero, ¿qué tal si por intentar protegerlos, terminaba perjudicándolos? ¿Qué tal si por esconderles aquel mensaje, ellos no veían venir al atacante en el momento en que se decidiera a actuar? ¿Qué tal si en vez de ser precavidos se encontraban confiados porque él no les había dicho nada, y por eso sufrían un terrible destino? Jamás podría perdonárselo de ser así. Tenía que contárselos. Al menos, a su esposa, en un principio. Sabía que era el paso correcto a dar.
     —Valen… Valentina —la llamó, entre susurros, mientras le acariciaba suavemente el hombro. Había apagado la televisión y las luces de la sala de estar, y había subido la escalera que daba a las habitaciones. Había pasado por las puertas de las de sus hijos, y luego de encontrarlos a todos durmiendo plácidamente en sus cómodas camas, se dirigió hacia su alcoba, donde se encontraba su mujer, quien también parecía estar durmiendo con ganas, pero no tenía otra opción que despertarla.
     —¿Qué ocurre? —le preguntó ella, todavía incapaz de abrir los ojos, en especial luego de que Eduardo había decidido encender la lámpara de la mesita de luz. Unos instantes después, notó que su esposo se encontraba sentado en la cama, mirándola en silencio, e intuyó que se trataba de algo importante. No tan importante como para que se despegase de la cama de un salto, pero sí lo suficientemente importante como para que intentase despertarse para prestarle atención. Lentamente, tomó asiento en el lecho ella también, y esperó a que él le contara lo que ocurría. Allí fue cuando notó que este traía un papel entre sus manos, pues lo miraba de forma nerviosa, y lo agitaba, como si no pudiera quedarse quieto.
     —Acabo de encontrar esto… debajo de la puerta —le explicó él, y luego le tendió el objeto para que lo observase. Ella se refregó los ojos, y luego tomó el papel. Tardó apenas unos segundos en comprender el mensaje, y su primera reacción fue mirar fijamente a su marido a los ojos, con una expresión de mitad incredulidad-mitad miedo.
     —¿Qué es esto? —preguntó, aunque sabía que se trataba de una pregunta absurda, pues Eduardo tendría la misma información que ella. Este se encogió de hombros.
     —No lo sé. No había nadie afuera. No sé quién pudo haberlo dejado —respondió el hombre, rascándose la cabeza de una forma nerviosa.
     —¿Crees que vaya en serio? —inquirió Valentina, con unos repentinos deseos de hacer añicos aquel trozo de papel. Otra pregunta cuyo esposo no podría responder.
     —No tengo ni idea. ¿Qué crees que deberíamos hacer? —planteó él, con el ceño fruncido. Ella se tomó unos instantes para reflexionar.
     —Bueno, creo que sería mejor hacer algo y que luego no ocurra nada antes que ignorarlo y que luego sea demasiado tarde para hacer algo, ¿no? —opinó, y Eduardo asintió de forma pesarosa—. Creo que deberíamos enseñárselo a la policía. Quizás se trate de una broma, quizás no sea nada, pero quizás sí lo sea. Avisando, al menos tendremos alguien que nos vigile, y algo más de protección, no lo sé. Algo.
     —Sí, estoy de acuerdo —coincidió el dueño del Gran Almacén Montenegro—. Además, creo que deberíamos intentar estar siempre con alguien. Intentar ir y volver al trabajo o ir adonde tengamos que ir en compañía, y no dejar nunca a los niños solos.
     —Tienes razón, debemos ser precavidos.
     —Sí, debemos ser precavidos.
     —La pregunta es, ¿hasta cuándo? —expresó la mujer, que, como su esposo, no le tenía demasiada fe a aquel límite de tiempo que el mensaje requería. De tratarse aquello de un asunto serio, no creía que luego del arribo de la nueva década se encontrasen a salvo. ¿Y estarían, acaso, toda una vida viviendo con temor?
     —Sí, hasta cuándo es la pregunta, y también… ¿por qué nosotros? —finalizó el diálogo Eduardo, formando luego un silencio incómodo en la alcoba matrimonial.

     Fue al día siguiente, cuando la pareja amenazada se dirigió hacia la estación policial, que Franco Javier Otero los conoció. No era que no supiese de quiénes se trataban, es decir, los conocía como siempre uno conoce a los demás luego de toda una vida en un pueblo como aquel. Conoces sus caras, sus trabajos, sus familias y amigos, hasta llegas a compartir alguna que otra conversación, o saludos a la distancia. No obstante, nunca había habido alguna presentación formal, ni alguna actividad compartida, pues él tenía cerca de quince años menos que ellos, y más de quince años más que sus hijos. Por ende, no habían compartido nada, no tenían nada en común. Nada, hasta que aquel mensaje llegó a sus manos, y fue Franco quien se encargó de tomarles la declaración oficial, en el tercer año que ejercía aquella posición, luego de un frustrado intento de convertirse en antropólogo. Había abandonado la universidad, para desilusión de su madre —el único miembro cercano que tenía en su familia, al haber fallecido su padre en un accidente automovilístico cuando él tenía cinco años de edad, y no haber tenido ningún hermano—, y luego de haber trabajado en un supermercado y en una tienda de electrodomésticos, ella, Rosa, lo esperó una noche en su casa para compartir con él, durante la cena, la dichosa conversación que había tenido con el jefe de policía, el comisario del momento, “aquel simpático hombre”, lo había llamado. Aquella noche, Rosa le comentó a su hijo que la estación policial se encontraba en búsqueda de ayudantes, preferiblemente jóvenes, que se encargaran de tomar declaraciones, y buscar información, y ordenar papeles, y “esas cosas”. Y como Franco se trataba de una especie de experto en  informática —gracias a su adicción a los videojuegos cuando se había tratado de un adolescente—, creía ella que podía llegar a ser de gran ayuda. Resultó ser que, en efecto, terminó siendo de gran ayuda, y para ese entonces ya contaba con su propia oficina —pequeña, casi claustrofóbica, aunque aquello era lo de menos—, y un buen sueldo con el que podía costearse vivir en su propio departamento, con el gato más perezoso existente en La Tierra —o la galaxia—, Han Solo. No era un policía. Tampoco deseaba serlo. No salía a patrullar las calles, ni utilizaba sus uniformes, ni apresaba bandidos, ni portaba un arma o una placa. Sin embargo, estaba en su estación, todo el día con ellos. Algunos oficiales le agradaban, hasta tal punto de acceder a sus invitaciones a tomar algún trago, o degustar de alguna comida, una vez cada tanto. Otros no le agradaban tanto. Y estos, probablemente, sentían lo mismo por él. No obstante, para sorpresa de su “yo” adolescente, sí le agradaba su trabajo. Y aunque no le gustaba aladear, no podía negar que era condenadamente bueno en ello.
     Claro que nunca había tenido que tratar con casos de gravedad. Nada más algún que otro robo, cuando una viejecita se encontraba durmiendo; o en algún negocio, cuando no había nadie allí. Hacía una buena cantidad de años que no ocurría algo similar a un asesinato. El pueblo había tenido algún que otro suicidio, y también casos de violencia familiar, sobre todo, violencia de género. Pero para aquello había una cárcel de la mujer, que se encargaba de dichos casos, y no solían pedirles a los hombres de aquella estación policial demasiada ayuda. Por lo tanto, aquel mensaje fue de especial interés para él. No era que disfrutase del miedo que la familia Montenegro se encontraba sintiendo. Pero sí se sentía… ¿cómo decirlo? Importante, quizás. Relevante. Capaz de dejar su huella en el mundo. De realizar algo vital para los demás. Aquello era lo más grave que había llegado a su oficina desde que se había encontrado allí. Una amenaza de muerte, para toda una familia, con una fecha ya dictada: antes de fin de año. Y el único Otero que quedaba en el pueblo iba a dejarlo todo para llegar al fondo del asunto.
     Cuando los Montenegro se sentaron frente a él en su pequeño despacho, los notó nerviosos, mirando hacia todos lados, incapaces de mantenerle la mirada durante demasiado tiempo. Se tomaban de la mano, en muestra de apoyo, y se miraban antes de responder cualquier pregunta. Iban vestidos con bastante abrigo, él con colores oscuros, y ella con un sobretodo rojo, que resaltaba debido a la blancura de su piel. Lo primero que realizó el joven ayudante fue el procedimiento estándar: les tomó todos los datos, y luego les realizó las preguntas de rutina.
     —Cuénteme sobre el momento que encontró el mensaje, señor Montenegro —le pidió, y él le solicitó que por favor lo llamase “Eduardo”, a lo que Franco accedió de inmediato.
     —Me encontraba solo, sentado en el sillón de la sala principal de mi casa, frente al televisor —relató, mientras jugueteaba con sus manos. Había soltado la de su esposa en el momento que había comenzado su declaración—. El resto de mi familia ya se encontraba dormida, cada uno en su respectiva habitación. Estaba todo silencioso, y yo estaba entredormido, prestando poca atención a lo que acontecía en la televisión —Franco le preguntó qué era lo que estaba viendo, y el señor Montenegro comentó que se trataba de la repetición de un partido. El ayudante intentó recordar los últimos partidos de la semana, y luego ambos llegaron a la conclusión que se trataba de Juventus vs Ínter, que por casualidad se había encontrado él aquella noche haciendo zapping en su propio aparato televisivo y lo había dejado unos instantes para ver el único gol de la jornada. Con aquella información, Otero ya tenía idea del horario en que todo había acontecido, sin necesidad de preguntarle al amenazado—. Entonces en algún momento me desperté, y decidí que era hora de ir a acostarme a mi cama. Allí fue cuando lo vi, al papel que estaba debajo de la puerta. La luz de la televisión fue suficiente para poder divisarlo, aunque luego me dirigí hasta las luces y las encendí.
     »Antes de recoger el papel, abrí la puerta, para ver si encontraba a quien lo había dejado allí, pero no había nada afuera, ni la más mínima señal de movimiento, así que no sé en qué momento lo habrán dejado. Sólo sé que cuando me senté a mirar el partido, no estaba allí.
     —¿Cuánto tiempo cree que haya podido estar el papel allí, sin que se percatase de su presencia? —indagó Franco, sin dejar de escribir en su notebook los detalles que le estaban relatando. Era tan rápido para teclear que no necesitaba pedirle al relator que fuera más despacio.
     —No estoy seguro. Cuando me senté a ver el partido eran cerca de las once de la noche. Y cuando abrí la puerta, eran las doce y media. Supongo que en algún momento entre las once y media y las doce y media.
     —Entonces no oyó absolutamente nada, ¿verdad?
     —Así es, nada.
     —De acuerdo. Continúe por favor —le requirió. Montenegro asintió con su cabeza, y compartió una sonrisa lastimosa con su esposa. Durante unos instantes, Franco reflexionó sobre lo que veía. El muchacho nunca se había tratado de una persona que observase el trato entre una pareja, pues aquello no resultaba de su interés. No obstante, en aquellos momentos se encontró pensando en ello, y le pareció que la pareja amenazada se tenía un amor profundo, ese tipo de amor capaz de cruzar cualquier barrera, de tiempo, de distancia, de lo que fuera. Era sólo una sensación, que andaba vagando por su pequeña oficina, pero que produjo una fuerte impresión en él. Una impresión de amor sano, incapaz de meterse con otras personas. Aunque sí capaz de generar envidia. Lo que no podía descartarse como motivo.
     —Entonces regresé al interior de mi casa, cerré la puerta, y tomé el mensaje. Allí fue que lo leí. Me quedé paralizado por unos instantes, pensando en si se trataría de algo serio o de alguna broma absurda, y pensando si debería venir aquí, a la policía, o tirarlo sin comentárselo a nadie. No sabía qué hacer, a decir verdad. Finalmente me decidí a contarle a mi mujer, y ambos acordamos luego que sería mejor actuar y que no ocurra nada, antes que lamentar después no haber dicho nada.
     —Estoy de acuerdo —coincidió el joven de cabellos negros y barba de unos días, asintiendo con su cabeza—. Han tomado la decisión correcta al venir aquí. Estoy seguro de que podremos enviar patrulleros a vigilar su casa más seguido de lo habitual. De todos modos, les recomiendo que actúen con precaución. Puede que sea una broma, espero que lo sea, pero no se pierde nada siendo precavidos. Deberían mantener su casa cerrada en todo momento, e intentar estar en compañía siempre que puedan. En especial, en lo que respecta a sus niños. Estamos en un pueblo acostumbrados a dejarlos solos, jugando con sus amigos en la plaza, porque nunca ocurre nada. Y aunque espero que siga sin ocurrir nada, convendría que ninguno de ustedes anduviera solo por allí —les recomendó, como si se tratara de un policía experto o algo por el estilo, y no el chico de las computadoras que era.
     —Sí, eso fue lo que acordamos con Eduardo anoche, vamos a ser más cuidadosos —le informó Valentina—. Y agradeceríamos mucho las patrullas, por supuesto.
     —Bien. ¿Puedo ver ese mensaje? —les pidió finalmente, con el corazón acelerado. No podía realmente comprender por qué aquel pedazo de papel le excitaba tanto, pero desde que le habían comentado que los Montenegro iban a acudir a la estación por una amenaza recibida (por aquellas cosas de vivir en un pueblo, al parecer, Eduardo había llamado al comisario, con quien tenía buen trato, y le había comentado por arriba de qué se trataba el asunto antes de acudir a la estación, y el mismo comisario, Andrés, se lo había comentado a él), había estado esperando el momento de verlo. Eduardo asintió con su cabeza, y se quitó el papel del bolsillo de su campera, aunque estaba prolijamente doblado.
     Franco le echó un breve vistazo. Notó la hoja A4 cortada por la mitad, y a pesar de que Eduardo la había doblado en pedazos más pequeños, supo inmediatamente que el mensaje había sido doblado por la mitad al momento de ser entregado. Era un mensaje breve y directo, y sintió que se le erizaba la piel, porque aquello no parecía una broma, no parecía una broma en absoluto. Y se encontró pensando, con curiosidad, que alguien se había encargado de escribirlo. Alguien había estado tecleando las letras que formaban aquella frase, como él había estado tecleando hacía unos instantes atrás, y se había encargado de imprimirlo, y luego se había dirigido hasta la casa de los Montenegro, lo había dejado allí, y se había largado nuevamente hacia su hogar. Le resultaba extraño al joven ayudante tener en sus manos aquel objeto que el amenazador había tocado también.
     —Nos quedaremos con el mensaje como prueba, ¿de acuerdo? —les informó luego de su breve inspección, y la pareja asintió con su cabeza—. Ahora, sé que esta parte es la peor. Pero necesito que me digan si sospechan de alguien, cualquier persona que haya podido ser. ¿Alguien que tenga algún tipo de rencor hacia ustedes? Cualquier discusión o pelea que recuerden. Hasta el más mínimo conflicto puede ser importante aquí.
     Los Montenegro se miraron, y luego desviaron sus miradas hacia ningún punto en particular, perdidos entre sus pensamientos.
     —Bueno, tuve un altercado con mis empleados hace cerca de un mes atrás. Querían que les aumentara el sueldo, y me negué. Les aseguré que el año que viene les aumentaría más de lo que me pidieron, y parecieron encontrarse de acuerdo, pero no podría estar del todo seguro —especificó Eduardo. Franco le pidió que le dijera los nombres de todos sus empleados, sus horarios de trabajo, y de qué se encargaban, y él le facilitó la información sin ningún problema. Eran cinco empleados que trabajaban en atención al cliente; dos que realizaban los envíos a domicilio y se encargaban del depósito; más dos de limpieza, que no habían estado presentes en dicho altercado, pero igual el ayudante deseaba tener sus nombres. Aquel conflicto salarial podía ser un buen motivo, se dijo Franco a sí mismo.
     —Luego está Héctor, el vecino —dijo Valentina, mirando a su esposo, que le respondió con el ceño fruncido—. Sí, siempre se está quejando de que los niños son revoltosos. No creo que llegase a tal punto, pero…
     —Pero no está de más investigarlo —finalizó el joven la oración por ella, quien se encontró de acuerdo.
     —Es un anciano. Dudo mucho que tenga computadora, siquiera. O que sepa utilizar una —opinó Eduardo, lo que pareció tener sentido para su esposa, luego de pensarlo mejor.
     —Es posible que le haya pedido a alguien que lo hiciera por él —dijo el ayudante—. No obstante, no creo muy posible que le haya requerido a alguien imprimir un mensaje amenazador por él. Sería dejarlo prácticamente al descubierto.
     —Sí, es cierto —afirmó Valentina.
     —De todas formas voy a anotar su nombre —le aseguró Franco, mientras la pareja le entregaba su apellido y él lo tecleaba con la velocidad de Usain Bolt—. ¿Algún miembro de la familia que pueda encontrarse resentido por algún asunto?
     —Podría ser tu primo —le dijo Valentina a su esposo. Este lo pensó por unos instantes, y luego se dirigió hacia el muchacho.
     —Puede ser. Hace un tiempo tuvimos una discusión sobre un terreno, por el tema de la herencia. Es un terreno que todavía pertenece a mi tío, y que nos corresponde a varios miembros, pero él quería obtener su parte antes de tiempo, y venderla. Aquello ocasionó algunas discusiones familiares, y puede que se haya enfadado conmigo, ya que fui el que más oposición puso, además de mi tío. Pero no creo que haya sido capaz de hacer algo así.
     «Bueno, esto va a ser más largo de lo que esperaba», pensó el chico, y entonces procedió a realizar una especie de árbol genealógico de los Montenegro, con los parientes que tenían más contacto, sin importar si tenían buena relación o no. Intentó anotarlo todo, para no dejar nada librado al azar.
     —Entonces, creo que podemos acotar la búsqueda a alguien que se encuentre enojado con alguno de ustedes dos, ¿verdad? Es decir, no creen que pueda llegar a haber alguien que los haya amenazado por sus hijos —expresó Franco, una vez que volvió a sentarse en su incómoda silla, luego de haber acudido en búsqueda de café para los tres. No era el mejor café del pueblo, pero era mejor que tener la boca seca. Al menos, en aquel momento.
     —Sí, yo creo que sí —dijo Eduardo, después de degustar de su bebida, y Valentina se encontró de acuerdo—. Nuestros hijos no son problemáticos en la escuela, tienen muchos amigos. Nunca recibimos ninguna queja de que se hayan comportado mal, o se hayan burlado de algún compañero, es decir, realizado bullying, o algo por el estilo.
     —Sacando al vecino Héctor —señaló Franco, con una sonrisa pícara.
     —Sacando al vecino Héctor —coincidió la pareja, devolviéndole el gesto amistoso. El joven pensó en el detalle de que aquella era la primera vez que sonreían en toda aquella entrevista.
     —Pero Héctor se enoja con cualquiera que pase por su casa, hasta la gente que se encarga de limpiar la calle, o los que despejan el paso cuando hay nieve —dijo Valentina, divertida.
     —Si tuviera que enviar un mensaje a todos los que lo enojan, se quedaría sin papel —bromeó Eduardo. Y por unos instantes, todo pareció normal y tranquilo. Sólo tres personas compartiendo risas. Sin embargo, cuando los invadió el silencio, fue como si un gran peso cayera sobre todos ellos. Como si entonces aquel mensaje se les hiciera mucho más pesado que antes.
     —¿Alguien más que puedan recordar? —inquirió el ayudante, regresando a la entrevista. Ambos Montenegro negaron con la cabeza. Entonces Franco les pidió que si recordaban algo más, por favor le avisasen, y ambos le aseguraron que así lo harían.
     —¿Qué harán a continuación? —quiso saber Eduardo. Y Otero echó un suspiro de cansancio antes de responderle.
     —Primero, revisaremos las cámaras. No hay ninguna que capte su casa, ni su calle en sí, pero podemos buscar en las cámaras del pueblo para ver quién se encontraba rondando por aquellas horas. Es una tarea ardua, pero lo interesante será si vemos andar por allí a alguna de las personas mencionadas por ustedes. Aquel será el primer paso a seguir. Si encontramos a alguien de interés, entonces los llamaré y juntos decidiremos la forma a actuar a continuación. Les pido que estén atentos a cualquier cosa extraña que vean. Y, creo que es posible que puedan recibir algún otro mensaje. Si la intención es asustarlos, o realmente amenazarlos, no se detendrán con un solo mensaje, porque es posible que piensen que no se lo han tomado en serio, y quieran que se lo tomen en serio. Mientras más mensajes tengamos, será más fácil, porque no sólo podremos examinar los mensajes en sí, sino las cámaras. Es posible que alguien aparezca eventualmente, que se repita su rostro en las filmaciones. También es posible que ustedes alcancen a verlos, o que los contacten por algún otro medio más fácil de detectar, como un e-mail, o mensaje de texto, o llamada.
     —¿No es posible averiguar nada con el mensaje en sí? Es decir, sacar las huellas dactilares, o algo por el estilo —preguntó Eduardo. El chico negó con su cabeza, y se llevó el cabello que le sobresalía detrás de las orejas.
     —Me temo que no es tan fácil como en las películas, Eduardo. Es un equipo que tenemos que llamar para que vengan de la Capital, y dudo mucho que vengan a no ser que se trate de una investigación forense. Además, es posible que ya no quede mucha huella allí, ya que usted lo ha tocado, y yo lo he tocado, y probablemente Valentina también —la pareja asintió con su cabeza de forma pesarosa. Franco recordó con nostalgia que él también había creído que uno podía acudir a las huellas en cualquier momento, pero resultó ser que no era así. De todas formas, los Montenegro parecieron encontrarse bastante conformes con la idea de revisar las cámaras de la ciudad. Contaban con un horario de acción. Algunas cámaras en calles cercanas. Era muy posible que se llegase a captar a algún sospechoso. El joven ayudante volvió a repetirles que primero harían aquello, y luego, de acuerdo a los resultados conseguidos, decidirían cómo continuar. Lo que él realmente esperaba era que llegaran más mensajes. Aquello era lo mejor que se podía esperar, lo que le daría más recursos a la investigación. Pues en aquellos momentos sólo contaban con un horario de acción, y un mensaje escrito en computadora. Él realmente no tenía mucha fe de que pudieran dar con alguien teniendo sólo aquello. Sin embargo, sí tenía fe de que aquello continuaría, y de esta forma, llegarían a dar con quien había enviado el mensaje.
     Jamás se habría imaginado aquel muchacho, luego de haber sostenido aquel pedazo de papel en sus manos, a pesar de habérselo tomado en serio desde un principio, que, como había informado con su letra Times New Roman tamaño doce, terminaría habiendo un Montenegro menos en la familia antes de fin de año.

lunes, 11 de noviembre de 2019

Libros leídos en agosto, septiembre y octubre


¡Hola, gente! Vengo a traerles unas palabras sobre los libros que leí en los últimos meses.

—Larsson, Stieg — Millennium I: Los Hombres Que No Amaban A Las Mujeres


Se trata del primer volumen de una trilogía negra, y me atrapó desde el primer momento. Nos vamos a encontrar con dos personajes principales, un periodista que trabaja en la revista Millennium, y que luego de ser acusado de publicar acusaciones hacia un sujeto sin tener pruebas, necesita devolver a la revista su buena reputación; y una joven con gran talento para la investigación, aunque no tanto talento para la vida social. Ambos se encuentran y comienzan a trabajar en un trabajo que les encargan, intentando ayudar a un anciano millonario a descubrir información sobre la desaparición de su nieta, muchísimos años atrás. Investigando a los miembros de la misteriosa familia, se verán involucrados de forma tal que sus vidas correrán peligro. Totalmente atrapante y llena de suspenso.

- Scott Fitzgerald - El Gran Gatsby


Hacía tiempo quería leer este clásico, y finalmente lo conseguí, aunque debo reconocer que no me atrapó tanto como creía que me iba a atrapar. El narrador comenta aquellos días en los que se hace conocido de Gatsby, y frecuenta sus fiestas, así como también conoce del amor que este le tiene a Daisy, un amor que transitó tiempo y distancia, incluso el hecho de que ella está ya casada. Desesperados por un poco de diversión, terminan cometiendo un crimen, del que Daisy no se hace cargo, casi como si no le importase en absoluto. La obra destaca justamente aquello, la frialdad de ciertas personas, junto al amor desmesurado de otras.

-  Anne Rice - Entrevista Con El Vampiro


No he visto la película, así que no tenía una idea de antemano de la trama de la historia. Como el título lo dice, el libro se trata del vampiro relatando su vida, desde antes de convertirse en uno. Relata cómo se aleja de su familia, cómo ama-detesta al vampiro que lo convirtió, cómo debe matar casi todos los días para saciar su sed, cómo comienza la búsqueda de otros vampiros para luego, una vez de haberlos encontrado, arrepentirse. Lo más notorio es que convierten en vampiro a una niña de 5 años, que es condenada a mantenerse en aquel cuerpo por toda la eternidad, siendo esta niña-mujer su única compañía durante muchísimo tiempo. Creo que aquello es lo que más sentimientos provoca a la hora de leer: el horror de que pasen los años, ir creciendo y madurando, pero tu cuerpo se quede para siempre en el cuerpo de un niño, de forma tal que nadie pueda verte cómo realmente sos.
Más que la novela me atrapó la historia de la escritora, ya que en un momento de su vida, de repente, se hace profundamente cristiana. Tanto que hasta llega a despreciar sus propias obras. Y luego de muchos años de cristiana, deja de serlo nuevamente.

- Stephen King - La Larga Marcha


Cien jóvenes deben someterse a una caminata hasta que el último quede en pie. Esto es, nada de dormir, ni de parar para ir al baño, ni nada. Todo debe hacerse en movimiento. Como siempre, King tiene un gran talento para armar una historia que puede resumirse en una oración, y hacerla gigante. Más que nada, por la capacidad que tiene de crear personajes reales y atrapantes, que hacen toda la historia.

- Herbert G Wells - La Máquina Del Tiempo


Un hombre asegura haber viajado en el tiempo, e invita a un grupo de caballeros para relatarles sus aventuras, cientos y cientos de miles de años en el futuro. La Tierra está formada por un grupo de pequeños y alegres seres que parecen vivir en armonía, pero cuando anochece, otros seres acechan debajo de la tierra. El narrador se trata de uno de los invitados a presenciar las aventuras del viajero, aventuras que nadie parece creer. Sin embargo, al final, este regresa para hablar con él para encontrarse con que ni la máquina ni el viajero están allí.

- Oscar Wilde - El Retrato De Dorian Gray


Otro de los clásicos que me faltaba leer. Debo admitir que me gustó mucho. Una crítica a la sociedad inglesa de siglo XIX, y la frivolidad de las relaciones y de la vida misma. Dorian se trata de un joven excepcionalmente bello (para aquellos que lo observan), y un pintor lo encuentra como su musa, retratándolo en una pintura que parece ser el mejor trabajo de su vida. Dorian desea que la pintura envejezca, y él no, y su deseo se convierte en realidad. Pero no sólo el retrato absorbe la edad de Dorian, sino también sus acciones, a las que considera él mismo completamente aborrecibles. De esta forma, él se mantiene joven, mientras su retrato absorbe todo lo que hace por él. Sin embargo, a pesar de su apariencia, no puede quitarse de encima todo lo que ha hecho.
Debo decir que nunca en mi vida leí a un personaje tan insoportable como Lord Henry. Alguien que cada vez que habla dan ganas de gritarle al libro CÁLLESE HOMBRE HORRIBLE.

Actualmente estoy leyendo La Isla del Tesoro, de Stevenson, y me está gustando mucho. Ojalá pueda leer varios libros más antes de que termine el año.

¡Saludos!


miércoles, 9 de octubre de 2019

Cuento: El Último Campamento


 ¡Hola, gente! Hace bastante que no subía nada, así que vengo a dejarles un cuento que escribí hace un rato. 
¡Saludos!


     Cuando arribé al círculo de reunión, reposé mi valija —tan innecesariamente pesada— en el suelo. Eché un rápido vistazo al paisaje alrededor; nada que pareciera alejarse al espectáculo que podría otorgar una isla cerca de sus costas: agua azul hasta más allá del horizonte; arena gris, insípida y aburrida; y algo de vegetación y árboles gigantes a lo lejos. Luego decidí chequear los rostros de aquellos desconocidos a los que pronto conocería, al menos, de forma superficial. Nada de otro mundo. Algunos rostros convencionales. Otras personas cuya personalidad parecía destacar. Pero mi experiencia me había enseñado a no juzgar de antemano. Aquellos a los que no solía hacerles caso en un principio por lo general terminaban siendo los más interesantes. Al menos, para mí. Saboreé la leve brisa, el sol que estaba a punto de despedirse hasta el día siguiente, y por un instante, me sentí en paz; alegre de estar con vida, como quien dice.
     Y entonces el coordinador —otro sujeto extrovertido por demás, como siempre lo eran— comenzó a dar su charla de orientación. Y no pude pensar en otra cosa. «Otro estúpido campamento más.»
     El entusiasta que nos recibió nos instó a presentarnos, el mismo rito inicial de siempre. Nunca fui buena para recordar nombres, algunas veces el campamento ya había terminado y todavía no me había aprendido sus nombres. Y todos los años me decía a mí misma que ese sería la excepción; que aquel año los recordaría a todos. Pero nunca ocurría. Éramos unos treinta chicos, más los tres adultos que nos iban a supervisar. Así que un total de treinta y tres personas en aquella pequeña isla en la que nadie más vivía. Al parecer, lo único rentable, lo único que se podía llegar a establecer allí había sido aquel estúpido campamento. ¿Había alguien cuidando el sitio el resto del año? Aquello era algo que realmente no me interesaba saber.
     Sólo algunos rostros quedaron en mi mente en aquella primera presentación. Un chico rubio y atlético que nunca dejaba de sonreír ni de intentar llamar la atención; una chica menuda y de cabello colorado que parecía estar más interesada en mirar el suelo que a los demás, probablemente más por timidez que por tener un verdadero interés en las ciencias geológicas; una muchacha delgada de grandes anteojos y una camiseta de un personaje animé que yo reconocía; un chico moreno, de cabello largo y una remera de Iron Maiden que parecía estarse llevando el aburrimiento del año; un muchacho bajito, de cabello corto y una camisa celeste que vestía dentro de un pantalón marrón; una chica morena que parecía una modelo; una muchacha de cabello largo y enrulado y ropas al estilo hippie de los setenta; un chico de cabello rapado, aros en las orejas y tatuajes en los brazos; y un chico con un rostro completamente ordinario, con ropas sencillas, con todo aquello que yo solía olvidar, pero en aquel entonces, sin embargo, no me pasó desapercibido; pues había algo en él que me hacía sentir incómoda. No sé si era la pulcritud de sus ropas. O aquellos ojos tan abiertos todo el tiempo. O aquella sonrisa inmutable. Había algo sobre aquella persona que me hacía incapaz de sostenerle la mirada.
    No habíamos arribado al sitio todos al mismo tiempo. La isla era tan pequeña y remota que la única manera de llegar hasta allí era en un pequeño bote que no podía exceder el peso de seis pasajeros. Por lo que tenía entendido, el hombre que remaba aquella embarcación había estado yendo y viniendo todo el maldito día, y a mí me había tocado compartir el viaje con la chica de la remera de animé, que se llamaba Rita, y con el chico lleno de tatuajes, que después de decirnos que respondía al apodo de Laucha, se sumió en un silencio sepulcral y nos llevó al resto consigo. El remero no nos saludó, ni nos despidió, ni nos dirigió una sola palabra en todo el recorrido. Y por alguna razón, a ninguno de los que llevó en aquel bote nos pareció extraño aquello. Para el momento que arribé a la isla, muchos ya se encontraban allí, y continuaron llegando por el resto del día. Entonces esperamos hasta que llegara el último de la lista, y se dio por comenzada la reunión.
    Después de la cordial bienvenida, Luciano —el coordinador—, le pidió a aquel muchacho que tan mala espina me había dado que se acercase, y yo alcancé a oír su conversación.
     —Disculpá, Matías… Pero tu nombre no figura en la lista —le espetó, con una mirada de preocupación despreocupada; una mirada que parecía decirle que seguramente todo se había tratado de un error absurdo, que tendría rápida solución.
     —Qué extraño —respondió el muchacho, frunciendo el entrecejo, pero sin dejar de sonreír—. Creí que mi madre me había anotado hacía meses. ¿Es posible que se haya olvidado, o que haya habido un error en el sistema?
     —Aquello es muy posible, Matías. Nunca me había pasado antes, pero no te preocupes. Ya te he agregado al grupo. No hay ningún problema. Nada impedirá que tengas un excelente verano —finalizó el adulto, radiante como si estuviera en medio de su propia fiesta de cumpleaños, y el joven sonrió con alegría. Luego nuestras miradas se cruzaron, y este dirigió su sonrisa hacia mí. Yo le devolví el gesto, pero por mero reflejo. Nunca antes había oído de los sistemas de inscripciones de los campamentos fallar, ni tampoco de una madre olvidándose de anotar a su hijo.
     Pero bueno. A pesar de tener experiencia en campamentos, siempre eran en sitios diferentes, y con gente diferente. Y cosas diferentes podían ocurrir, ¿verdad?
     Algunos estaban allí por deseos propios. Porque no tenían nada mejor que hacer en todo el verano; porque necesitaban estar lo más lejos posible de sus hogares; porque querían aprender sobre supervivencia, música, o lo que fuera de lo que aquel campamento se tratase. Otros, sin embargo, eran enviados allí por sus padres, quienes veían a aquellos sitios como la cárcel ideal a la que arrojar a sus hijos, ya sea porque no podían lidiar con ellos y querían castigarlos, o simplemente no tenían deseos de verlos todos los días. Uno podía notar a cuál de los dos grupos pertenecía el recién llegado sólo con una breve mirada. Yo creo que me trataba un poco de los dos. Había intentado quedarme un verano en mi casa, pero las peleas con mi madre habían arribado sólo dos días después, y se habían ido tornando cada vez más y más intensas. Y no había sitio allí al cual escapar. Desde aquel entonces, había escapado adonde me fuera posible, aunque debo reconocer que nunca fui muy fanática de los campamentos. No obstante, supongo que cualquier sitio lleno de desconocidos fue siempre preferible a mi fría y por demás dramática casa.
     Entonces nos acomodamos en las cabañas. Yo compartí una con otras tres chicas. Rita, con quien me llevé bien de inmediato; Mónica, la que parecía recién salida de un desfile de Victoria’s Secret; y Sila, la tímida muchacha de cabellos colorados que esperó a que todas eligiéramos nuestros catres para quedarse con el que quedara.
     Mientras dejábamos nuestras cosas y algunas nos cambiábamos de ropa para acudir a la fogata de bienvenida, compartimos las típicas conversaciones de nuevos conocidos. De dónde veníamos. Si habíamos acudido antes a otros campamentos. Si estábamos de novias —Mónica nos realizó aquella pregunta, y ella resultó ser la única que tenía un amor—. Y alguna que otra frivolidad. Rita no parecía tratarse de una persona chismosa, pero de todos modos comenzó a realizar comentarios sobre el resto de la gente allí, más por una necesidad de entablar conversación que otra cosa. Mónica no opinó sobre quién le parecía más atractivo, pero parecía inclinarse por el chico rubio atleta. Rita y yo estábamos entre el chico de tatuajes y el de la remera de Iron Maiden —banda que yo oía también—.
     —¿Y vos qué opinás, Sila? —quiso saber Mónica, penetrando a la muchacha con la mirada, tanto que el rostro de esta se tornó rojo como un tomate. Luego de unos segundos de silencio, se colocó el cabello detrás de las orejas, levantó la mirada y se encogió de hombros.
     —No lo sé —respondió, frunciendo luego sus labios—. Supongo que… Matías.
     —¿Matías? ¿Quién es ese? —quiso saber Mónica.
     —El chico que no estaba en la lista —informé yo.
     —Eso se me hizo extraño —acotó Rita, y yo coincidí con ella.
     —No estaría en la lista, pero debe haber sido el primero en llegar —comentó la supermodelo, y yo le pedí que elaborara aquello. Me miró con una mirada divertida, y continuó—. Sí, mi madre no veía el momento de dejarme aquí para tomar su vuelo a Barcelona con su nuevo novio, así que me dejó lo más temprano que pudo. No había nadie esperando para tomar el bote, hasta que llegaron Martina y Gito (dos chicos a los que yo no había prestado atención en la presentación), y entonces el viejo decidió llevarnos. Cuando arribamos a la isla, estaban los coordinadores y ese tal Matías. No le presté ni la más mínima atención hasta ahora.
     —Se ve que tenía ganas de venir, como para llegar tan temprano —opinó Rita.
     —O su madre también quería deshacerse de él cuanto antes —retrucó Mónica. Y dimos por finalizada la conversación.
     Ya en la fogata, el coordinador comenzó a molestarnos con aquellos juegos que siempre solían hacer para que nos conociéramos un poco más. Debo reconocer que había unos cuantos chicos y chicas enojados allí, que no disimularon su enojo a la hora de responder aquellas preguntas, y aquello hizo la velada un poco más divertida. Y a pesar de que había gente allí que me interesaba conocer, gente con la que creía compartir intereses, como el chico de la remera de Maiden, como Rita y varias personas más, fue Matías quien captó toda mi atención aquella noche. Se encontraba idéntico a como había estado horas atrás. Su ropa, igual de impecable. Su cabello, imposible de despeinar. Su mirada y su sonrisa, inmutables. Se encontraba sentado sobre un tronco tan derecho que parecía estar atado, y observaba todo el panorama con notoria atención, casi como si no pestañeara. Cada vez que cruzaba su mirada con la mía, me veía obligada a mirar para otro lado, porque sentía escalofríos, como si estuviera viendo un fantasma.
     Cuando una de las coordinadoras —Amelia— comentó que tenía frío y que se proponía buscar un abrigo, Matías se ofreció como voluntario para alcanzárselo, y la mujer aceptó su ofrecimiento con alegría. Entonces Mónica, que había estado sentada cerca del atleta —ahora ya sabía que se llamaba Marcos—, se me acercó, y se sentó en el suelo, con su espalda apoyándose en mis piernas —yo estaba sentada en uno de los troncos—. Se dio vuelta apenas como para dar a entender que quería hablarme, y yo acerqué mi cabeza a la suya.
     —Me acabo de acordar de algo —susurró, y tanto Rita como Sila se acercaron para oír también—. Cuando viajamos en el bote, yo venía pensando todo el tiempo en que el viejo que remaba era hosco y silencioso. Y entonces cuando llegamos a la isla, miró a Matías, y fueron las únicas palabras que dijo en todo el camino. Dijo “Cómo habrá llegado ese”.
     —¿Cómo habrá llegado? —inquirí yo, con intriga—. ¿Eso quiere decir que él no lo trajo a la isla?
     —¿Entonces cómo arribó? Si es la única forma de llegar —quiso saber Rita. Mónica se encogió de hombros.
     —No lo sé. ¿Habrá llegado con los coordinadores?
     —¿No llegaron ellos también en el bote? —dije yo. Pero todas me respondieron con una cara de duda. Entonces Matías regresó, le entregó el abrigo a una agradecida Amelia, y volvió a colocarse en el sitio en donde estaba. Nos miró a las cuatro, y nos sonrió.
     Casi no pude dormir aquella noche.
     Cuando llegó el día, me pareció que había llegado demasiado pronto. Que era imposible que ya hubiera pasado toda la noche. Aquel día teníamos como actividad principal una caminata para recorrer la isla, y ya todos estábamos preparados con nuestra ropa de trecking. Aunque las de Mónica parecían más adecuadas para una pasarela.
     —Necesito que alguien distraiga a Matías —le mencioné a las chicas, unas horas después de encontrarnos en movimiento. Todas me miraron con el ceño fruncido—. Quiero preguntarles a los coordinadores en qué llegaron, para ver si llegó con ellos, pero él no se aleja de ellos en ningún momento —aclaré.
     —¿A qué viene tanta curiosidad por este chico? —dijo Mónica, con una sonrisa divertida.
     —No lo sé. Me… me da mala espina.
     —¿Creés que sea un asesino serial disfrazado de adolescente? —bromeó Rita, pero a mí no me causó ni un poco de gracia.
     —Sólo quiero saber si vino con los coordinadores. Nada más —mentí.
     —Bueno, yo lo distraigo —se ofreció Mónica, y yo le agradecí. Luego llamó al muchacho, y le pidió ayuda no alcancé a oír con qué. Este se dirigió a ella con su habitual alegría.
     Y yo me acerqué de a poco a los coordinadores.
     Una vez que me encontré con ellos, miré hacia atrás, asegurándome de que Matías continuaba distraído. Y entonces —luego de esquivar algunas preguntas que me hicieron—, fui directo al grano.
     —¿Ustedes llegaron a la isla en bote como nosotros?
     —Sí. Llegamos unas horas antes de ustedes, para asegurarnos que todo se encontrase en orden —me informó Amelia.
     —¿Y vinieron los tres juntos?
     —Así es.
     —¿Y Matías también vino con ustedes? —inquirí, todavía mirando hacia atrás, casi con miedo de ser descubierta haciendo preguntas sobre él.
     —¿Matías? —indagó Luciano, con el ceño fruncido, como si estuviera intentando recordar de quién se trataba. Al parecer, alguien era peor con los nombres que yo—. ¡Ah, el chico que no estaba en la lista! No. Él no vino con nosotros. Él ya estaba acá cuando llegamos.
     —¿Qué? —pregunté yo, boquiabierta.
     —Sí. Cuando arribamos a la isla, él ya estaba aquí. Parece que tenía muchas ganas de venir —opinó Amelia, y yo comencé a alejarme de ellos, lentamente, sin darme vuelta todavía.
     Cuando las chicas me alcanzaron, Matías ya había regresado a su posición, a la cabeza del grupo. Entonces me preguntaron qué había averiguado. Y yo les conté mis descubrimientos.
     Mónica realizó la pregunta que no podía quitarme de la cabeza.
     —Sí ya estaba aquí antes que los coordinadores y no vino en el bote, ¿cómo llegó?
     «¿Y por qué no estaba su nombre en la puta lista?», le agregué a eso.
     —Quizás alguien lo trajo hasta aquí, en otro bote, o algo por el estilo —aventuró Sila, una vez que nos encontramos en nuestra cabaña, cada una en su propia cama, intentando dormirnos.
     —No había siquiera un puerto. Estaba sólo ese viejo con ese bote para traernos hasta acá. ¿No les parece raro que alguien lo haya traído? —expresé, acostada boca arriba, con los brazos cruzados detrás de mi cabeza. Tenía el catre de arriba, y Rita dormía en el de abajo. Desde allí me respondió.
     —Es cierto que no parecía haber otra forma de llegar a la isla, y dudo mucho que alguien haya venido hasta aquí en barco o lancha o bote para dejar a Matías y luego seguir camino. Pero de todas formas, si tanto te interesa, deberías preguntarle.
     —¿Preguntarle cómo llegó a la isla? —inquirí yo.
     —Claro. Yo tampoco entiendo por qué te interesa tanto. Pero creo que es lo más sencillo. Él te va a dar una respuesta y entonces ya vas a saber.
     La idea de Rita parecía bastante buena. Acertada. Racional. Sin embargo no había nada que deseara menos que tener que hablar a solas con ese chico.
     El tercer día de campamento, las actividades se realizaron en una de las playas. Javier —el tercer coordinador— dijo que hacía un día espléndido, así que realizamos allí un picnic, y luego nos quedaríamos allí toda la tarde y haríamos una fogata a la noche. Yo nunca fui una gran fanática de las playas, así que me quedé en la orilla, leyendo un libro, mientras la gran mayoría se metía al agua o realizaba algún deporte. Matías, sin embargo, se quedó sentado sobre un tronco, igual de pulcro que siempre, simplemente observando a los chicos juguetear en el agua, sin realizar movimiento alguno. Yo me debatía entre si debía acercármele y preguntarle cómo demonios había arribado al sitio, o simplemente dejarlo ir, cuando me vi distraída por la presencia de Sebas —el chico de la remera de Iron Maiden—. Aquel día se me acercó, y se sentó a mí lado, y debo reconocer que tuvimos una conversación más que agradable. Aquellas cosas solían ocurrir en los campamentos, es decir, algún romance que florecía, algún amor de verano. Sin embargo, no era algo que yo soliera hacer. Por lo general, evitaba aquel tipo de relaciones y me limitaba a establecer amistades.
     Sebas me interesó más de lo que solía interesarme cualquier muchacho, debo reconocer. Y quizás aquel campamento sería la excepción. Quizás sería el sitio donde yo sería parte de aquellos famosos romances de verano. Puede que hasta lo disfrutara.
     Mientras hablábamos, recordé que había visto a Matías y a él salir juntos de la misma cabaña, lo que significaba que dormían juntos. Así que no pude contenerme.
     —¿Qué pensás sobre Matías? —inquirí, y él me miró con los ojos abiertos, con las cejas levantadas, como si aquella pregunta le extrañara—. Tengo una amiga a la que le gusta —expliqué, y Sebas me sonrió mientras asentía con su cabeza.
     —Bueno, Matías es… especial —opinó, mirando hacia el horizonte—. No habla a no ser que alguien le haga una pregunta. Y no se mueve a no ser que tengamos que hacer algo. Es… Bueno, es bastante extraño, a decir verdad.
     «Lo sabía», pensé. Tenía actitudes extrañas. Sí. Pero actitudes extrañas podía tenerlas cualquier persona. Lo que a mí me intrigaba era que parecía haber estado todo aquel tiempo en aquella isla, como si estuviera esperándonos, quién sabe para qué. Era sólo un sentimiento sin fundamentos. No obstante, estaba allí, y no podía evitarlo por más que lo deseara.
     —¿Sabías que él llegó antes que los coordinadores? —le dije a Sebas, y este me miró, sin realizar gesto alguno. Quizás pensaba que yo me trataba de una chismosa cuya única misión era saberlo todo sobre los demás.
     —¿Ah, sí?
     —Sí. Y parece ser que no llegó en el bote, como nosotros. No puedo dejar de preguntarme en qué llegó —le reconocí, esperanzada con que él se ofreciera a hablar con él.
     —Bueno, si te intriga tanto, yo podría preguntarle —dijo, y yo celebré en silencio.
     —Gracias. Pero que sea una conversación normal. Es decir, que no sea evidente que… Que alguien quiere saber eso.
     —Es como si estuvieras en medio de una investigación policial —bromeó Sebas, y yo sonreí, aunque no me causó nada de gracia.
     En la fogata, horas más tarde, se sentó a mi lado, dispuesto a darme las respuestas. Pues al parecer, ya había hablado con Matías.
     —Vino en bote —me susurró en el oído, provocando que se me erizara la piel ante el contacto de su boca con mi piel—. Dijo que cómo más iba a llegar a la isla, como si le estuviera haciendo una pregunta completamente absurda.
     Yo me quedé en silencio, analizando aquella respuesta. ¿Acaso habría oído mal Mónica al viejo del bote? ¿Acaso me habría mentido, para gastarme alguna especie de broma o algo así?
     Bueno. Para aquel punto sabía que sólo había una sola cosa que podía hacer, en vez de quedarme a hacer suposiciones sin fundamento: hablar con el viejo remero.
     Aquello me asustaba mucho menos que hablar con Matías.
     —¿Por qué querés llamarlo? ¿Te querés ir del campamento? —me dijo Amelia, cuando le comenté que deseaba llamar al sujeto en cuestión. Yo negué con mi cabeza.
     —No, no. Sólo quería hacerle una pregunta.
     —No podemos molestarlo sólo porque sí. Sólo podemos llamarlo si se trata de una emergencia, o si alguien desea marcharse —sentenció la muchacha, y yo supe que no habría forma de convencerla de llamarlo, porque si en todo caso lograba convencerla, ella me acompañaría a ver al hombre, y yo deseaba hablar con él a solas. Así que me dediqué a esbozar todo un plan elaborado que llevé a cabo en el cuarto día del campamento, durante la tarde.
     Aquel día, parecía que lo íbamos a dedicar a realizar obras de arte, murales, esculturas, y todo lo que nos permitiese hacer nuestra creatividad. Algunos estaban ocupados pintando una pared, otros se dedicaban a componer canciones o realizar manualidades, porque el fin era presentar aquellas cosas en el final del campamento. Quién sabe por qué lo hacíamos con tanta anticipación. Probablemente, porque el día estaba bastante frío y aquello había arruinado el plan de visitar la otra playa a la que íbamos a ir. Así que me encargué de que Sebas distrajera a Matías —aunque no le dije para qué—, y que las chicas distrajeran a los coordinadores, y me colé en su oficina, buscando la forma de ponerme en contacto con el viejo del bote, cuyo nombre nadie me había dicho todavía. Revolví entre los cajones, pero no encontré nada. Sí conseguí dar con la caja donde guardaban nuestros celulares —sólo teníamos permitidos usarlos una hora por día, y si queríamos sacar fotos, los coordinadores se encargaban de sacarlas ellos con una cámara Nikon—. Por un segundo contemplé la idea de encender el mío y llamar a mi madre, pero no podía dejar de sentirme estúpida con tan sólo pensarlo. ¿Qué le iba a decir? «Hola, mamá. Sí. Hay un chico que me da mala espina. ¿me podés venir a buscar?» Le parecería que estaba perdiendo la cabeza. Si acaso no era cierto que ya la había perdido.
     Finalmente, di con una especie de radio o walkie talkie, no lo sé, era un elemento más antiguo que yo, y nunca había utilizado nada similar. Se me hizo por demás extraño, porque no lo había visto antes. Sabía que los coordinadores no lo utilizaban entre ellos. Entonces supuse que parecía una buena opción que aquel se tratara del medio de comunicación con el viejo del bote, pues, ¿quién más podría encontrarse tan cerca? ¿Qué tan lejos podía llegar aquel aparato? No creí que lo utilizaran para hablar con sus familias.
     Sólo por intentarlo lo encendí, y comencé a utilizarlo como había visto que lo utilizaban en las viejas películas. Pero no obtuve respuesta. Al menos, durante unos minutos.
     Me pegué un buen susto cuando una voz me respondió del otro lado.
     —¿Qué pasa? ¿Algún crío se quiere ir? —espetó la voz de un hombre, y yo tuve ganas de gritar, pues estaba segurísima de que se trataba del sujeto que nos había llevado hasta allí.
     —Disculpe, señor. ¿Se trata usted del hombre que se encarga de traer y llevar a los chicos al campamento de la isla? —inquirí yo.
     —¿Quién habla? ¿Qué querés, nena? —me dijo, de mala gana.
     —Soy una de las chicas del campamento, y sólo quería hacerle una pregunta.
     —Rápido que tengo cosas que hacer —me apuró, y yo me encontré tan ansiosa como nerviosa.
     —Es sobre sus viajes. ¿Las primeras personas que trajo al campamento este año fueron los coordinadores, o trajo a alguien antes que a ellos?
     Del otro lado, me respondió el silencio mismo, mientras yo rogaba al aire que nadie me descubriera con aquel aparato en la oreja.
     Después de lo que me pareció una eternidad, el viejo me respondió.
     —Sí. Como todos los años, siempre llevo primero a los coordinadores. Ningún chico llega nunca antes que ellos. Fue el primer viaje que hice, como todos los años —declaró el hombre.
     —¿Está seguro? —inquirí.
     —Por supuesto que estoy seguro, ¿qué tan viejo te pensás que soy, nena? —me respondió, y aunque aquello no se trataba de un teléfono, pude comprender que la conversación se había terminado.
     También comprendí que Matías había mentido. No sólo no había arribado en el bote, sino que había mentido al respecto.
     Y la pregunta era “¿Por qué?”.
     Aquella noche apenas pude conciliar el sueño, también.
     El quinto día del campamento amaneció lluvioso, lo que significaba que nos dirigiríamos a la cabaña principal, donde solíamos comer, y realizaríamos actividades allí, al menos, aquello nos habían dicho al arribar al campamento.  Aquel sería el plan a seguir en caso de lluvia. Yo me encontré un poco aliviada, porque no tenía deseos de andar recorriendo por allí, al contrario, sólo quería quedarme recostada en la cama. Me quedé pensando durante largo rato en la idea de decir que me dolía la cabeza y que deseaba quedarme allí. Pero pronto me vi despierta por completo, pues al echar un vistazo a la cama que se encontraba debajo de la mía, no encontré a nadie allí. No sólo Rita no estaba, sino que parecía ser que nunca hubiera estado. Su valija ya no estaba. La ropa que había dejado por allí, tampoco. Y la cama estaba hecha, como si nadie la utilizara. Cuando hacía sólo unas horas atrás, ella había estado durmiendo allí, plácidamente.
     ¿En qué momento se había marchado?
     —Psst, Mónica —llamé, al catre de en frente. La muchacha dormitaba también en el de arriba, y realizó unos movimientos que denotaban que no tenía deseos de despertarse, y que deseaba que la dejaran en paz. No obstante, yo continué llamándola hasta que no pudo evitarme.
     —¿Qué pasa? —me dijo, todavía con los ojos cerrados.
     —¿Adónde fue Rita? —quise saber, y la chica tardó cerca de un minuto en reaccionar.
     —¿Qué Rita? —expresó, frunciendo el ceño.
     —¿Cómo que qué Rita? ¡Rita, que dormía acá abajo mío! —grité, incapaz de saber si Mónica estaba dormida o si me estaba tomando el pelo.
     —Pero qué decís, si nadie duerme ahí —me aseguró, negando con su cabeza—. Ninguna Rita, ni nadie. Somos nosotras tres. Ahora dejame dormir —me ordenó, y me dio la espalda mientras desaparecía debajo de sus sábanas.
     Yo me quedé incapaz de moverme por un buen rato. Hasta que me decidí a despertar a Sila, sólo que esta vez bajé de mi cama y me acerqué a ella. La desperté al tocarle el hombro.
     —¿Qué pasa? —inquirió la muchacha, de mucho mejor humor que la que dormía en el catre de arriba.
     —¿Sabés qué le pasó a Rita? No está en su cama —expresé. Y la noté darme una mirada extraña, arrugando su frente.
     —¿Qué Rita? —quiso saber, y a mí me pareció una broma demasiado elaborada para ser real. Le repetí lo que le había dicho a Mónica unos instantes atrás—. Siempre fuimos nosotras tres nomás. Nadie duerme ahí abajo —coincidió en su respuesta con la otra chica.
     No puedo decir que entré en pánico, pero sí puedo decir que comencé a transitar las primeras fases de él. Primero pensé que no podía ser posible, que me estarían engañando, a pesar de que Sila no parecía tratarse de una de aquellas personas que realizaran bromas semejantes. No obstante, lo creí posible. Creí posible que aquellas chicas me vieran como la muchacha obsesionada con aquel chico, y hubieran decidido gastarme aquella broma para que me diera cuenta de que estaba perdiendo la cabeza. No obstante, el corazón me latía con fuerzas, y no pude esperar más. Salí al exterior, y dejé que el agua empapara mi cuerpo, sin importarme si me enfermaba. Llegué hasta la cabaña de los coordinadores, y golpeé la puerta. Me atendió Luciano.
     —¿Qué pasa? —quiso saber. Y yo le comuniqué que Rita no estaba. Que había desaparecido. Le pregunté si acaso se había marchado. Porque a mí no me había dicho nada. Y realizó el mismo gesto que las chicas de mi cabaña habían realizado. Arrugó la frente. Esperó unos instantes. Y me soltó la misma respuesta—. ¿Qué Rita? En tu cabaña sólo hay dos chicas más además de vos. Y nadie se fue del campamento en ningún momento.
     Regresé a mi cabaña caminando lentamente, pensando que quizás realmente había perdido la cabeza. Aunque no me parecía. No me parecía en absoluto.
     Aunque supongo que ningún loco piensa que ha perdido la cabeza.
     No me acerqué a la cabaña principal hasta la hora del almuerzo, y allí todos estaban tranquilos, como si nada hubiera ocurrido. Como si Rita en verdad no hubiera jamás existido. Busqué todo rastro posible de ella, pero no encontré nada en mi cabaña. Entonces le pedí prestada la cámara a Amelia, y ella me la entregó. Busqué y busqué en todas las fotos que habíamos sacado en aquellos días, y en ninguna aparecía Rita. Recuerdo bien que nos habíamos sacado varias fotos juntas. Pero ninguna estaba allí. Todo había desaparecido. Rita no existía más. Ni físicamente, ni en la memoria de nadie.
     ¿Cómo podía ser aquello posible?
     Sebas se me acercó, y se percató de que me encontraba extraña, por lo tanto, me dejó en paz, aunque se mantuvo a mi lado. Todos jugaban juegos de mesa, excepto yo, que estaba sentada allí, sin realizar movimiento alguno. Nadie me hacía el menor de los casos. Excepto Matías. Matías me miraba fijamente, y me sonreía, desde otra mesa. Y yo lo odiaba, no sé por qué, pero lo odiaba.
     Al día siguiente, el cielo estaba despejado, y los coordinadores estaban listos para guiarnos hacia el bosque, a realizar tareas de supervivencia, cosa que yo detestaba. No había pegado un ojo en toda la noche, sin dejar de pensar en Rita. Y no sabía qué hacer al respecto, si seguir indagando, o reconocer que algo estaba mal conmigo. Luciano y Amelia conversaban entre ellos, entre sonrisas, pero Javier no se encontraba por ningún lado. Me pregunté si se encontraría enfermo, porque ya habían dado la orden de comenzar a marchar hacia el bosque, y él no daba señales de vida.
     —¿Qué le pasó a Javier? ¿Dónde está? —le pregunté a Amelia, quien me sonrió de forma extraña.
     —¿Qué Javier? —espetó, enseñándome sus dientes. «Oh no, no, por favor, no», pensé, sintiendo que me recorría un hilo de transpiración fría por la espalda.
      —El otro coordinador… —susurré yo, mirando hacia el suelo, pues ya me esperaba su respuesta.
     —¿El otro coordinador? Pero si somos sólo Luciano y yo. ¿Qué otro coordinador? ¿Te sentís bien? —me preguntó al fin, pues supongo que habría visto mi rostro pálido y quizás podía también percatarse de las náuseas que sentía en aquel momento.
     —No me siento bien —reconocí—. Creo… creo que debería quedarme en la cama.
     —Ay, sería una pena que te perdieras la excursión. Y yo no te puedo dejar sola… —comentó la coordinadora, que evidentemente ansiaba ir al bosque, quién sabe por qué.
     —No te preocupes, no necesito que te quedes conmigo. Me voy a quedar acostada nomás —intenté convencerla. Al parecer, la mujer se estaba debatiendo en los pocos deseos que tenía de quedarse allí conmigo toda la tarde y los pocos deseos que tenía que algo le ocurriera a una muchacha por haberla dejado sola.
     —Ahora que lo decís, quizás habría sido una buena idea tener a un tercer coordinador. Pues dos somos pocos para tantos chicos —comentó, y luego decidió que me dejaría quedarme allí, cuando la convencí de que gozaba de un excelente estado de salud y que solamente tenía un mísero dolor de cabeza.
     Cuando todos desaparecieron de mi vista, no me dirigí hacia mi cabaña, sino a la cabaña principal. Ya no me importaba que me descubrieran, así que forcé la entrada, rompiendo la puerta, y me dirigí directamente hacia donde había dado con el walkie talkie anteriormente, dispuesta a decirle al viejo del bote que viniera cuanto antes y me sacara de aquella asquerosa isla que hacía desaparecer personas, tragándoselas hasta de los recuerdos de los demás.
     No conseguí dar con el aparato por ningún lado. Hasta que decidí buscar en la basura. Allí estaba, sólo que ya no se parecía a un walkie talkie. Había sido salvajemente destruido. Ya no servía ni para hablar con el viejo, ni para ninguna otra cosa más.
     ¿Por qué lo habían destruido? ¿Por qué habían destruido nuestra vía de comunicación con el hombre cuya función era traernos y sacarnos de allí?
     Comencé a sentir que mi respiración se agitaba, a tal punto que no estaba segura de estar respirando, y mi corazón latía tan fuerte que parecía que se me fuera a salir, y mi cuerpo temblaba de tal forma que me parecía imposible realizar cualquier tipo de acción. Sin embargo, obligué mi cuerpo a resistir un poco más, y le ordené que buscase más. Revolví papeles. Ni Javier ni Rita se encontraban allí, en los expedientes, en los cuadernos de actividades, en las listas, en ningún lado.  Como si nunca hubieran existido. Y cuando me decidí a ir por los celulares… La caja que los contenía ya no estaba allí. Ningún rastro de ellos por ningún lado.
     Allí fue cuando comencé a sentirme atrapada. Atrapada y sola en una isla de la cual no tenía forma de salir, y nadie allí afuera a quien poder acudir por ayuda.
     Noté pasos a las afueras de la oficina, y pronto alguien irrumpió en la entrada. Giré mi cuerpo para ver de quién se trataba.
     —¿Buscabas esto? —me dijo Matías, con una gran sonrisa, mientras sostenía mi celular en su mano.
     No alcancé a responderle, todavía paralizada por la sorpresa, cuando ya estaba arrojando mi teléfono al suelo, y aplastándolo con su pie, hasta que se convirtió en un pedazo de chatarra inservible.
     Luego volvió a mirarme, sin dejar de sonreír.
     «No más campamentos», pensé.