viernes, 28 de junio de 2019

Cuento: La Selección


¡Hola, gente! Vengo a dejarles algo que soñé el otro día, que lo terminé haciendo cuento, como la mayoría de las veces. No, no es de la selección de fútbol jaja.
Pasamos los 300 seguidores, ¡muchas gracias! :)
¡Saludos!


La selección


     No recuerdo exactamente el momento en el que me enteré de los resultados de la selección. No porque el suceso fuera poco importante, ni mucho menos. De hecho, era uno de los eventos más importantes —si no el más— de nuestras vidas. Y con nuestras me refiero a todos los jóvenes del planeta Tierra, si es que no había en algún otro mundo allí fuera otro proceso de selección similar.
     No lo recuerdo con claridad porque había intentado todo lo posible para obligarme a mí misma a no pensar demasiado en eso. Al menos, a no pensar de forma casi obsesiva-compulsiva en eso. Por supuesto, había estado ansiosa durante meses cuando me habían comunicado que me había llegado la hora de inscribirme. Había imaginado un centenar de situaciones con personas desconocidas a quienes nunca había visto. Peleas, conversaciones, drama, entrevistas personales. Cualquier cosa que se me pudiera haber llegado a ocurrir. No me había ido a dormir una sola noche sin pensar en cosas similares. Mientras caminaba por la calle, y veía a alguna persona de mi edad o un poco más joven o un poco más vieja, me preguntaba si sería mi futuro compañero o futura compañera en el proceso. ¿Viviría con él o ella? ¿Competiría con él o ella? Era puro nerviosismo, pero del bueno, ese que te hace sonreír en vez de desesperar.
     Lo que había hecho había sido obligarme a mí misma a no pensar demasiado en los resultados, más que nada. Es decir, prepararme para aceptar cualquier reto que me colocaran delante. Estaba lista para demostrar mi valía, lista para demostrar quién era y qué podía hacer, y mis compañeros elegidos al azar —bueno, eso es lo que creíamos— no iban a detenerme, ni tampoco retrasarme. Iba a tratar con ellos, y utilizarlos para mi beneficio, y si llegaba a confiar en alguno, quizás trabaría alguna amistad de frágil consistencia, pero siempre me mantendría alerta, pues sabía que allí todos estarían interesados únicamente en sus propios caminos, en sus futuros y sus vidas, y por ende, no se podía realmente confiar en nadie. Había oído decenas de historias en las que los seleccionados habían fallado justamente por esperar demasiado de los demás. Yo no iba a cometer ese mismo error. No esperaría nada de nadie más que de mí misma. Por lo tanto, aunque fantaseaba con el grupo que me tocaría y los momentos que viviría, intentaba no quemarme la cabeza demasiado, pues estaba determinada a aceptar lo que fuera que me tocase y aprender a lidiar con ello.
     Por eso no recuerdo demasiado el momento en el que vi los nombres en la lista. Había acudido al sitio donde la publicaban por mi cuenta, pues no quería que ningún conocido viera mi expresión de desencanto o alegría. Creía que aquello era algo que tenía que hacer sola. Ver mi nombre en aquel listado para ver el día que tenía que empacar mis cosas, aquello que creyera más necesario, y me mudase a aquella misteriosa locación donde nos colocarían con aquel desconocido grupo de personas.
     Lo que sí recuerdo es que lo que sentí al leer los nombres que acompañaban al mío fue sorpresa. Pues reconocía a dos personas allí, además de mí. Uno se trataba de un antiguo compañero de colegio con el que había tenido una excelente relación en su momento, y únicamente nos habíamos separado por cuestiones de la vida. Así que me alegré de saber que podría contar con él, no solo para momentos necesarios, sino también para divertirme, pues siempre habíamos tenido un sentido del humor similar y nos habíamos entendido a la perfección al intercambiar bromas. El segundo nombre correspondía a mi mejor amiga de ese entonces, así que casi estallo de la emoción, pues aquello significaba que tendría allí otro aliado con el que compartía gustos musicales y muchas otras cosas más; alguien que me conocía y a quien yo conocía antes de la selección. Dos conocidos a los que apreciaba y en los que confiaba ya era mucho más de lo que había esperado. Por lo tanto mi estrategia de no crearme expectativas para después no desilusionarme había funcionado. Ciertamente lo había logrado, pues estaba feliz. No podía esperar para verlos. Seríamos compañeros de vida por el siguiente año.
     Eso es todo lo que puedo recordar de aquel día. No recuerdo cómo llegué hasta el lugar donde estaba publicada la lista, sólo sé que había llegado hasta allí caminando. No recuerdo si hablé antes con mis padres, o con alguien en el camino, y si fue así, no recuerdo qué les dije o qué me dijeron. No recuerdo haber reconocido ningún rostro, nadie que se me viniera a la mente después, aunque sé que había gente, muchos como yo que esperaban leer sus nombres. Sólo recuerdo que leí el mío y los otros dos a los que conocía y luego decidí quedarme por allí, vagando por la plaza, en completa soledad, sin ser capaz de pensar en nada, sólo sonreír al aire mismo.
     Me puse en contacto con ellos en los siguientes días. Bueno, a decir verdad, ellos se pusieron en contacto conmigo. Mi amiga aquel mismo día, en el instante posterior a haber leído mi nombre junto al suyo, unas cuantas horas luego de que yo lo había hecho. Creo que a diferencia de mí, ella no tenía aquella sensación de estar viviendo en una especie de sueño irreal, por lo tanto fue capaz de reaccionar luego de haberse enterado de los resultados de la selección, mientras yo me limitaba a andar por allí, como fuera de mí misma, como un fantasma. Nos escribimos por nuestros teléfonos y fantaseamos juntas muchas situaciones que tampoco puedo recordar.
     Mi viejo compañero de secundaria se puso en contacto conmigo dos días después. Me escribió por medio de las redes sociales, pues nos seguíamos allí, pero no teníamos nuestros respectivos números telefónicos. Me preguntó si había leído la lista —como si alguien no la hubiera leído todavía—, y le respondí de forma afirmativa. Luego me confesó que se sentía bastante aliviado de que estuviéramos juntos, pues sabía que no nos íbamos a aburrir. Ya sabía aquello yo también. Así que decidimos reunirnos en los días siguientes, los tres, para conversar un poco al respecto.
     Fuimos a la casa de mi amiga, y tomamos té y comimos galletitas que ella misma había preparado, y continuamos soñando despiertos con lo que haríamos la semana siguiente, cuando estuviéramos ingresando adonde fuera que fuéramos a vivir. Nos preguntamos si conocíamos a alguien más de nuestro grupo, pero todos respondimos de forma negativa, aunque mi viejo compañero de colegio creía que uno de los nombres le resultaba familiar, sin estar seguro de ello. Mi amiga dijo que sólo me conocía a mí, pues no había conocido anteriormente a aquel muchacho que en ese momento se encontraba degustando de sus galletitas. Se conocieron allí, por medio de mí, y creo que se cayeron bien, aunque no soy capaz de afirmar si tenían potencial de amistad o si sólo serían conocidos. Ambos eran personas extrovertidas y agradables al tratar, por lo que era fácil lidiar con ellos. Y supongo que también era fácil tratar conmigo. Así que no tenía miedo de no encajar con el grupo, o de estar sola. Sabía estar sola tanto como sabía estar con gente. Así que sería lo que tuviera que ser.
     Recuerdo que hicimos una especie de promesa, de ayudarnos mutuamente allí dentro, de permanecer unidos, de aprovechar aquella ventaja que teníamos de conocernos con anterioridad, y no separarnos ni ir el uno contra el otro. La unión hace a la fuerza, ¿verdad? Así que nos prometimos ser fuertes. Sellamos la promesa con un abrazo triple que me hizo caer en la realidad de lo que estaba ocurriendo. Creo que hasta ese momento no había podido hacerlo. Realmente estaba ocurriendo. Había llegado el momento. Iba a dejar mi hogar, mi familia, mi vida, e iba a poner a prueba todo lo que era y todo lo que quería llegar a ser. Aquel era el momento definitivo. Allí se definiría mi futuro. No podía echarlo a perder. Simplemente no podía.

     Cuando llegó el momento de conocer a nuestro grupo, recuerdo haber marchado completamente emocionada con mi mochila cargada de objetos que creía indispensables para mi supervivencia —claro que no me refiero a verdaderos elementos para sobrevivir en un entorno salvaje, o algo por el estilo, pues estaba segura de que tendríamos techo y comida; sólo me refiero a elementos que necesitaba personalmente, como cuadernos y lapiceras y mi música preferida—, y con mi valija con toda aquella ropa que más me gustaba. También allí nos darían ropa, pero yo deseaba llevar algo mío por si acaso. No recuerdo qué me dijo mi familia, ni qué me dijeron mis otros amigos. Muchos de ellos también habían sido seleccionados para formar parte de otros grupos, así que aquel día estaban esperando como yo, con otras personas con las que convivirían, allí o en otro sitio. Creo que todos habíamos estado tan ocupados y ansiosos que no habíamos podido pensar ni hablar de otra cosa los días anteriores. Por eso siento que fue todo como un sueño, como una especie de trance. Como si no hubiera ocurrido realmente, más que en mi imaginación. Sólo sé que compartimos abrazos y sonrisas y mis padres me desearon suerte. Ahora hasta sus rostros se me tornan borrosos. Sus voces se me hacen lejanas. Su existencia se me hace casi irreal. Algunas veces sospecho que estaba drogada o algo por el estilo, pues no es posible que recuerde tan poco de aquel tiempo. Así es cómo funciona mi mente, supongo. Mis recuerdos son extraños, vagos, y lo que más recuerdo proviene de fotos o videos, aunque debo reconocer que tengo una excelente memoria para las letras de canciones. Probablemente mi cerebro esté ocupado por ellas en su totalidad y por eso no puedo recordar nada más. Ya no hay lugar para que entre otra cosa allí.
     Desearía poder recordar cada palabra que me dijeron. Cada gesto que realizaron. Así entonces las cosas no habrían resultado tan difíciles después. Pues al menos habría tenido algo a lo que aferrarme. Supongo que podía decir que todavía tenía a personas a las que aferrarme, aquellas que me habían despedido, aunque yo no lo recordase. Pero, ¿quién podía asegurarme que seguían allí? ¿Cómo podía yo saber si estaban todavía con vida? ¿Cómo podía saber lo que estaba ocurriendo allí fuera?
     Sólo podía saber lo que vivía con mi grupo. Y decir que sabía es demasiado generoso. Pues la mayor parte del tiempo nos la pasábamos intentando adivinar qué se esperaba de nosotros. Si aquello que estaba ocurriendo era una prueba. De qué manera sería mejor actuar. Era una tensión constante, pues sentíamos que estábamos siendo observados todo el tiempo y cualquier pequeño error nos costaría por el resto de nuestras vidas.
     Recuerdo que algunos imploraban a cámaras que creían ver —pero no había nada allí— que nos dijeran algo sobre el mundo exterior, lo que sea, la información más nimia, pero nadie nunca respondía a sus plegarias.
     Había un muchacho que solía comentar que estábamos solos allí. Que no había nadie mirándonos, ya no. Que algo había ocurrido, algo terrible, y ahora estábamos allí por nuestra cuenta, y nadie iba a venir a rescatarnos. Recuerdo que todo el mundo lo creía un lunático, y se alejaban cuando lo veían llegar. Si realmente estábamos solos, ¿cómo nos llegaba la comida diaria y las actividades a realizar? Le habían preguntado algunas veces. Y él había respondido que vivíamos en una especie de fábrica en la que todo era manejado por computadoras. Yo lo oía para no parecer demasiado ruda, y no lo creía realmente un lunático, a pesar de que no compartía sus teorías conspirativas. Yo creía en el proceso, y creía que los que pudieran probar sus talentos tendrían un gran futuro, así que procuraba actuar como si me estuvieran observando todo el tiempo, sin importar si realmente era así o no.
     Ahora me pregunto si el lunático no habría tenido razón.

     El día que no recuerdo haberme despedido de mis padres, sí recuerdo haberme reunido con mis dos nuevos compañeros de selección, aquellos a los que conocía, para acudir juntos al sitio donde nos habían citado. Era allí mismo, en nuestra ciudad, aunque no todas las personas elegidas pertenecían a una ciudad, y algunos de mis amigos habían tenido que viajar a otras locaciones. Sabíamos que nos dividían por provincias, al menos, a los de nuestro país. No sabía cómo se dividían los otros países. Así que todos los que se encontraban allí habían estado viviendo en Buenos Aires en el momento de la selección. De allí a que nos tocara algún conocido era pura casualidad, si no suerte. Aunque supongo que te toque con un ex o una ex puede que no sea tanta suerte. El grupo elegido contaba con doscientas personas. Algo bastante chico para tratarse de aquellos los únicos rostros que veríamos en el trascurso de un año entero, pero un grupo bastante grande si te pones a pensar bien. Uno no llegaría a conocer ni a tratar bien a todos. Se formarían subgrupos, y cada uno pasaría el rato con el suyo, y el resto quizás llegaría a ser ignorado. No obstante, estábamos todos allí, y no dejábamos de mirarnos con ansiedad, pues uno jamás podría llegar a saber si aquel al que estabas mirando sería tu futuro amigo. O tu enemigo mortal.
     Mi amiga ya había visto al menos a cuatro chicos y alguna que otra chica que le habían parecido atractivos. Yo no puedo decir que estuviera haciendo caso a eso, de hecho, no presté atención en absoluto a quienes estaban allí, pues como antes de la selección, no quería hacerme ideas o expectativas. Y lo cierto es que no tenía ningún interés en formar parte de una historia romántica en aquel sitio. No esperaba encontrar al amor, ni una aventura, ni nada que se le asemejase. Puedo decir que ya había encontrado aquello muchos años atrás, y todavía estaba intentando recuperarme de todo lo que había ocurrido, no obstante lo cierto es que estaba demasiado concentrada en mi futuro como para desviarme de él, y eso pesaba más que mis heridas. Sólo quería demostrar quién era, hacer todo lo que había nacido para hacer, ser quien era, de una buena vez por todas. Y dar todo de mí. No tenía ningún tipo de interés en entablar una relación con alguien que fuera de algo más que amistad. De hecho, tampoco estaba segura de querer ser amiga de alguien, por todo esto de que aquello podía terminar perjudicándolo a uno, pues nadie realmente puede decir que conoce a nadie, mucho menos en el transcurso de un año, y nadie está seguro de hasta dónde puede llegar el otro para satisfacer sus propios deseos en el proceso. Supongo que en la vida diaria también, pero en el proceso todavía más.
     Yo no estaba segura de poder llegar a cometer algún tipo de acción poco honrosa, o cruel, sólo para salir victoriosa. Nunca me había tratado de aquel tipo de persona. Siempre había intentado ser amable con los demás. Por lo tanto, me sentía extraña de sólo pensar que alguien podría llegar a ser cruel conmigo aunque yo no le hubiera hecho nada. No obstante, quería estar preparada por si llegaba a ocurrir. No tenía expectativas sobre los demás. Nadie podría lastimarme, sólo mis viejos conocidos. Pues no podía afirmar que no confiara o no esperara nada de ellos. Aquel era un barco que ya había zarpado. Así que ya corría riesgo a salir lastimada. No iba a sumar más nombres a esa lista de quiénes me podrían llegar a lastimar.
     Lo que sí me resultaba de interés en aquel momento antes de ser conducidos al sitio donde viviríamos era con quién compartiría habitación. Sabía que unas seis chicas dormiríamos juntas, y deberíamos acordar horarios para bañarnos, y estudiar, y trabajar, y todo lo que tuviera que ver con la convivencia. Aquel sería nuestro espacio, y deberíamos compartirlo y no molestar a las demás. Por lo tanto me intrigaba saber con quién me tocaría compartir dicho espacio, y esperaba que no se me hiciera demasiado insoportable. Creo que lo que más esperaba era estar libre de drama, libre de conflictos absurdos que podían ser totalmente evitados. No quería que alguna tonta disputa me distrajera de lo que había venido a hacer.
     Ojalá se tratase de una grata experiencia, pensaba. Ojalá todo resultase como en mis sueños. Lamentablemente, no podía afirmar que había tenido éxito en no crearme expectativas al respecto. Pues estaba completamente ilusionada con mi actuación en el proceso. No sabía si podría resistir un resultado negativo. Realmente no lo sabía. Y esperaba no tener que averiguarlo.

     Estábamos allí, de pie, en línea, un grupo de unas veinte personas. No sé para qué nos llamaban de a veinte, supongo que para alguna especie de inspección que, por supuesto, sería demasiado conflictiva al estar todo el grupo presente. Así que allí estábamos, unas veinte personas, entre ellas, mis dos amigos y yo, y éramos el primer subgrupo del grupo seleccionado Número 32. Detrás de aquella puerta gigante de metal se encontraba el último subgrupo del grupo Número 31. Y yo tamborileaba mis pies contra el suelo, demasiado ansiosa para poder quedarme quieta, y mi amigo realizaba bromas nerviosas mientras mi amiga reía de forma también nerviosa. Éramos el trío de los Nervios.
     Y finalmente la puerta se abrió. Estábamos a un paso de ser conducidos a nuestro destino. Sólo quedaba la inspección y luego subir al transporte que nos llevaría a nuestro nuevo hogar. Y recuerdo que todo ocurrió como en cámara lenta, como si el tiempo hubiera de repente comenzado a correr mucho más lento, como si de alguna forma lo hubiera anticipado, o si hubiera sabido con anterioridad lo que iba a ocurrir. Vi salir a un grupo de jóvenes, y caminaban despacio y de forma cansina, como si cargaran con algún peso invisible en los hombros. Todos me miraron. Uno por uno. Sus rostros estaban serios, idos, como quien ya se ha marchado de su cuerpo, como quien ya no está allí. No sé por qué sus miradas me conmovieron tanto. No sé si se trataba de que todos portaban aquella expresión extraña de pesadumbre sobre algo que yo desconocía. O si anticipaba en sus rostros alguna especie de advertencia, algo que sabían que era peligroso, y no podían hablar al respecto. No lo sé. Estaban lejos de estar emocionados como todos los demás lo estábamos. Y yo no podía entender por qué. Yo, que no había prestado siquiera atención a aquellas personas con las que viviría un año entero, no podía dejar de mirar a aquellas personas que salían de aquella habitación. Eran como un ejército, un pequeño ejército de veinte personas, caminando al mismo ritmo, con los mismos rostros pesarosos de quien espera lo peor, o quien ya ha sido derrotado.
     Era como si hubiera sabido en aquel momento que algo iba a ocurrirles. Como si alguna especie de divinidad invisible me estuviera señalando con el dedo aquello a lo que tenía que hacer caso. Como si llevasen un cartel escrito en su pecho, con letras gigantes y brillantes, anunciándole al todo el mundo que nadie jamás volvería a verlos.

     Me pregunto si volverá alguien a vernos a nosotros alguna vez.

lunes, 20 de mayo de 2019

Final de Game Of Thrones



Todo tiene un final, todo termina, y en este caso, es mi serie favorita de todos los tiempos. ¿Puedo ir en contra de tantos críticos y decir que me gustó el final? ¿Puedo decir también que estoy agradecida por tantos años de fantasía? Fue esta serie la que me inspiró a comenzar a escribir novelas, así que tengo mucho que agradecerle.
Pero primero, lo primero. Hablar sobre el tan ansiado final.

jueves, 9 de mayo de 2019

No Conozcas a tus Ídolos: Cuento


   ¡Hola, gente! Vengo a dejarles un cuento que escribí hace un rato. ¡Que anden bien! :)


     —¡Buenas noches, noctámbulos! —saludó ella, con aquella voz que bien podría reconocer hasta en mis sueños—. Es martes y son las dos de la madrugada. Es una noche lluviosa, ideal para dormir, a decir verdad. El colectivo no es nada tonto y se encuentra durmiendo en estos instantes, así que si están por ahí, escuchando, ¿qué están haciendo? ¿Están viajando? ¿Tienen insomnio? ¿Terminaron de ver el final de aquella serie y ahora no pueden dormir? Cuéntennos, amigos, que estamos para hacerles compañía. Como siempre, la mejor música, sólo para ustedes…
     —Estoy viajando —respondí, como si ella me pudiera escuchar, como siempre lo hacía—. Otra vez viajando, ¡y no se ve nada! —bramé, y agudicé la vista para ver si aquellas luces de en frente pertenecían a un auto o a un camión. Realmente llovía como los mil demonios, no una buena noche para manejar mi camión. Afortunadamente, no había demasiado tráfico, por lo cual mi travesía había sido bastante tranquila hasta ese entonces, hasta podría decirse que aburrida. Me había encontrado esperando con ansias que llegase la hora de oír su voz.
     —Pueden comunicarse con nosotros al número de siempre… —continuó informando su voz, pero yo ya sabía lo que seguía a continuación. Tenía el “número de siempre” agendado en mi teléfono, también la dirección del estudio y las redes sociales que utilizaban. Alguna que otra vez había enviado algún mensaje, pidiendo por alguna canción, o respondiendo al tema que se encontraban discutiendo aquel día. Debo reconocer que se me había erizado el vello de los brazos cuando había oído aquella voz pronunciar mi nombre. Todas las tres o cuatro veces que me animé a enviar un mensaje. Pero no aquella noche. Aquella noche no deseaba comunicarme con ella, ni con sus compañeros de la radio. Estaba tranquilo, disfrutando del sonido de su voz, y aquella música que ella elegía, y eso era suficiente.
     No había sido un gran conocedor de aquel estilo de música cuando recién había empezado a oírla. Había llegado a su dial por casualidad, y como no había encontrado nada más interesante, lo había dejado. Con el paso del tiempo se había vuelto costumbre, y se me hizo hábito escuchar aquella música, tanto que hasta me empezó a gustar, y comprendía su sentido del humor, y estaba de acuerdo con su forma de pensar, y todo lo que decía me parecía grandioso e interesante. Ella tenía aquel poder, algo que nunca me había ocurrido en mi vida. La oía con entusiasmo, le respondía al aire, como si fuéramos conocidos en medio de una conversación informal, y estaba seguro de que si nos conociéramos podríamos pasárnosla a lo grande.
     Pero yo estaba manejando mi camión, y ella estaba en aquella radio. ¿Cómo nos íbamos a conocer?
     Algunas veces no tenía ni idea de lo que estaba hablando, a decir verdad. Ella era tan culta, y yo tan inútil. Solía sentirme como un idiota una gran cantidad de veces. Ella podía hablar tanto del partido del domingo como de la situación económica del país, y yo deseaba entender lo que decía como nunca había deseado nada en mi vida. Deseaba poder responderle con algo inteligente, ser como ella, deslumbrarla con mis palabras así como ella me deslumbraba con las suyas; hacerla reír como ella me hacía reír en mis momentos de soledad. Hacerla feliz. Me moría por conocerla y hacerla feliz. Estaba seguro de que era capaz de hacerlo. Estaba seguro de que no había nadie mejor que yo para estar con ella.
     ¿Cómo llegar a ella? Lo había intentado algunas veces vía aquellos mensajes, pero ella sólo me había mencionado en el programa como mencionaba a cada persona que le escribía, y nada más. Había comenzado a seguirla en las redes sociales, pero sólo era uno más de los tantos que la seguían, y tampoco quería abrumarla con mis “Me Gusta”, o enviarle algún mensaje directo y que pensara que era un acosador o un lunático. Así que no lo había intentado más. ¿Acaso sabría que ahí afuera había alguien como yo, que la adoraba, dispuesto a darle todo? ¿Acaso estaría esperándome, así como yo esperaba que su programa comenzara todos los días a las dos de la madrugada?
     Bueno, ya saben lo que dicen. Soñar no cuesta nada.
     Tengo que reconocer que manejar durante largas horas en el medio de la noche no se trata de mi mayor pasión, no obstante encuentro en mis viajes una calma y tranquilidad que jamás pude encontrar en otro sitio. Solo, en mi cabina, con kilómetros y kilómetros por delante, tengo tiempo para pensar, para soñar despierto, para cantar y hablar conmigo mismo. Es solitario, ya lo sé. Quizás por eso Ana, con su estupendo gusto musical y sus chistes absurdos, me resulta de tanto consuelo. Porque quizás sin alguien que me hablara perdería la cordura al estar solo durante tanto tiempo. Sé que ella no puede oírme, ni responderme, por lo tanto no puedo decir que me encuentro realmente acompañado. Pero sin dudas está bastante cerca de sentirse así.
     Algunas veces me encuentro tan compenetrado con la conversación que oigo del otro lado que decido tomarme mi descanso un rato antes, porque manejar es peligroso cuando uno se encuentra distraído, lejos en otro sitio. Y es así como me suelo sentir: transportado, como si me encontrase en aquel estudio de radio, riéndome con ella, sentado a su lado. Así que freno mi camión, lo estaciono al costado de la ruta, y me dispongo a comer mi sánguche y beber mi té o café o lo que sea que se me haya antojado aquella noche. Y me quedo allí, engullendo mi comida mientras formo parte del tema de la jornada.
     Muchas veces me pierdo parte de la conversación porque tengo que lidiar con algún idiota en el medio del camino, o porque tengo que acudir al baño, o porque simplemente tengo que prestar más atención al camino que tengo por delante. Y cuando regreso a aquel mundo, me encuentro perdido, porque no alcancé a oír la discusión, o el chiste, y luego ya no entiendo nada y el malhumor se apodera de mí.
     «Cómo quisiera estar ahí», pienso, y de repente mi vida se siente mucho más vacía y solitaria.
     Y me pongo a pensar en el adolescente que fui. Aquel adolescente que soñaba con ser único e importante, y jugar al fútbol y ser famoso y recorrer el mundo. ¿Qué fue de ese chico que creía que todo sueño podía cumplirse? ¿En qué momento lo dejé ir, y lo cambié por este adulto rutinario que deja pasar el tiempo sin hacer absolutamente nada por sí mismo? Y entonces pienso que esto no puede ser. Esto no puede ser mi vida. No puedo ser el hombre que trabaja, y encuentra confort en personas que ni siquiera lo conocen y luego se va a dormir, sólo para despertarse al día siguiente y que todo sea lo mismo.
     La lluvia había aminorado, y ahora el camino podía verse con más claridad. Estaba cerca, muy cerca de aquel cruce decisivo. Si doblaba a la izquierda, iba directo hacia mi destino. Si doblaba a la derecha… Si doblaba a la derecha y seguía manejando, podía llegar al estudio de radio donde estaba ella. Y si me apresuraba, podía llegar antes de que el programa terminara. «Tengo que conocerla», pensé. «Tengo que intentarlo»
     Porque escuchar su voz en aquella cabina ya no era suficiente. Ya no. Tenía que conocerla.
     Así que puse en riesgo mi trabajo y doblé hacia la derecha. Sentí mi sangre correr caliente por mis venas, mientras se me aceleraba el ritmo de mi respiración. Me encontré golpeando el volante con entusiasmo siguiendo el ritmo de la canción que sonaba en ese momento, y pegué un grito que otro para dejar salir algo de aquella energía que se estaba acumulando dentro de mí. No recuerdo haber sentido algo así en los últimos años de mi vida. Estaba ansioso, y exaltado, como en un frenesí.
     ¿Qué pensaría de mi cuando me viera? ¿Encontraría aquel acto de fanatismo como una actitud tierna, o me vería como un acosador y me arrojaría gas en los ojos? ¿Me vería atractivo, interesante, y desearía conversar conmigo, o haría lo posible para alejarse lo antes posible de mí? Tenía que prepararme. Me miré al espejo y decidí que aquel día mi aspecto era bastante aceptable. Tenía algo de barba de unos días, y el cabello algo largo, pero no demasiado. Llevaba una camisa a cuadros roja y negra, y un jean desgastado. Después de haber visto muchas fotos de ella, estaba seguro de que mi forma de vestir le agradaría. Así que tenía que dejar de preocuparme por aquella parte, y pensar más en qué le diría y cómo le hablaría. No quería dejarme en ridículo. No quería que me tomase como un lunático. Quería estar calmado, y tranquilo, como si por casualidad hubiera pasado por las afueras del estudio y me la hubiera encontrado y la hubiera reconocido. Le diría que siempre oía su programa, y que escuchaba buena música. Y tenía que pensar en algo inteligente. Algo que la hiciera quedarse pensando en mí. Y entonces luego podría enviarle algún mensaje, esperando que me recordase. Y si no me respondía, volvería a cruzarla alguna otra noche. Sí. Aquello sonaba como un buen plan. Aunque todavía no podía pensar en nada que me hiciera parecer interesante.
     Aceleré mi marcha lo más que pude y controlé la hora con mi teléfono cada cinco minutos. Tenía que llegar a tiempo. Qué desilusión sería llegar tarde y encima perder mi trabajo. No, no podía darme el lujo de llegar tarde. Así que fui lo más rápido posible, y cuando llegué, todavía faltaban diez minutos para que el programa terminase, y ella continuaba hablando, así que todavía se encontraba allí adentro.
     Me miré en el espejo retrovisor y sonreí como un lunático. No podía creer que había llegado a tiempo, y que pronto todo iba a suceder. Ella iba a salir por la puerta trasera, y por allí pasaría yo, por casualidad. Pero, ¿y si había alguien más esperando? ¿Y si no era el único fanático enamorado de ella? De repente comencé a odiar a un sinfín de sujetos que ni conocía, y eché un último vistazo a mi aspecto en el espejo y salí del camión, echo una fiera, imaginando a una docena de tipos ahí afuera esperando cruzársela como yo.
     Pero no había nadie. Ya no llovía, y la noche estaba tranquila y silenciosa, tanto que parecía mentira. Ahora me extrañaba ser el único que estaba allí. «¿Acaso nadie más aprecia la genialidad de esta muchacha?», pensé. Porque no podía ser el único. Ella era demasiado buena para ser yo el único. Claro que podía ser que algún otro hubiera estado allí en otro momento. O quizás tenían seguridad… Dios mío, ¿tendrían seguridad? Me escondí detrás de un árbol y miré en todas direcciones, pero no había nada. Unos autos aparcados en el estacionamiento, y ninguna persona rondando por allí afuera. Alguno de esos autos quizás sería el suyo, aunque ahora que lo pensaba no sabía si ella manejaba, o tenía auto, o tomaba el colectivo.
     Me distraje al caer en la cuenta de que no había forma de realmente transitar por allí de forma casual. Es decir, ¿qué iba a estar haciendo yo caminando casualmente en un estacionamiento? Sería evidente que me encontraba allí a propósito, y entonces sí parecería un acosador. «Mierda», pensé. Pero no tuve tiempo de planear absolutamente nada, pues vi que las luces comenzaban a apagarse, y comenzaba a salir gente por la puerta trasera.
     Me apresuré para llegar allí, y en el camino la vi. Primero salieron dos sujetos, uno de unos cuarenta años y otro más joven. Y luego salió ella, sonriendo, porque al parecer se encontraban dialogando sobre algo. Se quedaron afuera conversando durante unos instantes, hasta que una chica y otro chico salieron también del estudio, y entonces Ana se despidió de los sujetos con los que había estado hablando y estos se dirigieron a sus respectivos autos. Sólo quedaba un auto en el estacionamiento, y era evidente que ella iba a subirse a él con el chico y la chica que habían salido últimos del estudio.
     —¡Ana! —grité, cuando creí que no iba a alcanzarla. Ella se detuvo y miró hacia donde yo me encontraba. Sus ojos se cruzaron con los míos y casi tropiezo sobre el asfalto. Se quedó allí, esperándome, hasta que llegué hasta donde ella estaba con sus amigos.
     —¿Si? —me dijo, ladeando su cabeza hacia un costado y frunciendo su frente.
     —Ana… Yo… —balbuceé, sintiéndome como un idiota. Debería haberlo planeado con más detenimiento. Debería tener algo interesante para decir. No debería haber actuado de aquella forma tan impulsiva. Sentía que iba a caerme en cualquier momento de cómo me temblaban las piernas—. Mi nombre es Esteban Rodríguez. Siempre escucho tu programa y quería decirte… Quería decirte que me encanta el programa.
     —¡Muchas gracias! —respondió ella, con una sonrisa—. No es precisamente mi programa, pero me alegro que te guste.
     —¡De nada! —exclamé yo, con un grito nervioso que hizo sobresaltar al trío—. Suelo pasar muchas noches viajando así que tu programa… bueno, SU programa, me hace compañía.
     —Es bueno oír eso, pues es la idea principal de la radio: hacer compañía.
     —¡Sí! Bueno, lo están logrando muy bien, aunque a veces me entusiasmo mucho con el programa y los otros viajeros corren peligro, ¡ja-ja! —bromeé, y una gota de sudor me recorrió la frente. Ella sonrió, y compartió miradas con sus amigos.
     —Ana, nos tenemos que ir —interrumpió la otra chica, una chica menuda de cabello dorado.
     —Sí, perdón, no quería hacerles perder el tiempo, sólo quería decirte cuánto me gustaba el programa —manifesté yo, revolviéndome los cabellos con mi mano derecha, de forma nerviosa.
     —No pasa nada… Ehh…
     —Esteban —me adelanté yo, notando que no podía recordar mi nombre.
     —Esteban. Gracias por pasarte, pero nos tenemos que ir.
     —¡Un gusto conocerte! —dije yo.
     —Igualmente —dijo ella. Y comenzó a alejarse hacia el auto.
     —Ana, esperá —me apresuré para decir, en el momento que sentí que la perdía, y la tomé del brazo.
     —Hey, amigo, no la toques —me advirtió el chico, acercándose a mí para quitar mi mano del brazo de Ana. Era alto y delgado, y de cabello negro azabache. Llevaba encima una campera que le quedaba enorme y también grandes anteojos que le ocupaban la mayor parte del rostro. Yo levanté mis dos manos en señal de paz.
     —Lo siento, yo no quería… —comencé a decir, pero no conseguí terminar.
     —¿No sabés lo que son los límites? ¿Quién te creés que sos? Andá a tu casa y dejala en paz —me siguió diciendo, con la frente arrugada.
     —Está bien, Laucha, ya pasó —acotó Ana, y lo condujo hacia el interior del auto, sin siquiera mirarme.
     —Que no te vuelva a ver por acá, psicópata —me dijo él, antes de desaparecer bajo el techo del transporte, del lado del conductor. El lado del copiloto ya había sido ocupado por la chica rubia.
     —Lo siento mucho, Ana, yo… —intenté decirle.
     —Está bien, me tengo que ir —dijo ella, todavía sin mirarme, y abrió una de las puertas traseras del auto y desapareció detrás de ella.
     —¡No soy un psicópata! —le grité. Y luego me acerqué a la ventanilla, esperando que la volviera a abrir, para explicarle todo—. Ana, no soy un psicópata. Lo siento, sólo quería, sólo quería…
     Pero no vi más su rostro, pues los vidrios eran polarizados, y el transporte aceleró y luego se alejó de aquel estacionamiento, dejándome en completa soledad.
     «¿Qué acaba de ocurrir?», pensé, de repente sintiendo frío. Todo había acontecido tan rápido que había quedado allí completamente desconcertado, incapaz de realizar movimiento alguno. Aquello no podía ser todo. Todo había salido mal. Tenía que arreglarlo.
     Tomé mi teléfono y entré a su perfil de instagram y le envié un mensaje directo. Le puse que me trataba de Esteban, que sentía lo que había ocurrido, que sólo había deseado hablar con ella, y esperé a que lo leyera. Los minutos fueron pasando, y sentía que iba a esperar allí en aquel estacionamiento toda mi vida. Probablemente ni lo leyera, pero tenía que leerlo. Tenía que comprender que no me conocía, y que de darme una oportunidad podía demostrarle todo lo que podíamos llegar a tener juntos: una larga vida de risas y buenos momentos y mucho amor.
     Y entonces… lo leyó. Lo leyó, y esperé expectante a que me respondiera, pero… Pero nunca hubo respuesta. Su única acción luego de leer mi mensaje fue bloquearme. Así que no pude ver más lo que publicaba, ni mucho menos hablarle. Era como si ya no existiera.
     Bloqueado. Me había bloqueado para siempre. Sin conocerme. Sin darme siquiera una mísera oportunidad para explicarme. Sin saber lo que se estaba perdiendo.

     —¡Buenas noches, amigos noctámbulos! —expresó su voz, con la misma alegría de siempre—. Es miércoles y ya son las dos de la madrugada. Es una noche fría, ideal para dormir tapado hasta la cabeza, ¿no? Pero nosotros no estamos durmiendo, no señor. Estamos acá, firmes, para compartirles la mejor música, la de siempre. ¿Qué están haciendo? ¿Están viajando? Por favor, presten atención al camino que llevan por delante. No vaya a ser cosa que por cantar nuestras canciones choquen —bromeó, y luego colocó una canción.
     —Uff, cómo odio esta canción —pensé.
     Y cambié el dial.
   

lunes, 6 de mayo de 2019

Game Of Thrones: S8EP4

Se viene la última guerra en el siguiente episodio, y ahora tuvimos la antesala, la previa, la preparación para lo que se viene.

Desde ya…


lunes, 29 de abril de 2019

Game of Thrones: La Batalla de Winterfell




¡Hola, amigos seriéfilos! Finalmente llegó el momento que todos los fanáticos de Game Of Thrones estábamos esperando: la batalla de Winterfell, y no puedo dejar de comentar algo sobre mi serie preferida de todos los tiempos.
Desde ya está de más decir que si no vieron el capítulo, no sigan leyendo porque… ¡ALERTA SPOILER!



miércoles, 24 de abril de 2019

Cuento Criminal de Abril


    ¡Hola, gente! Sé que tengo el blog un poco abandonado, así que voy a tratar de publicar alguna que otra cosilla más seguido. No puedo poner todas mis novelas acá, así que voy a ir dejando algunos cuentos cortos, o reseñas, o cosas por el estilo.
     Ahora les dejo algo que escribí anoche. 
     ¡Saludos!


     La luna brillaba en lo alto del cielo, gigante y majestuosa, y en el suelo, las sombras de los árboles formaban tenebrosas figuras, y detrás de uno de ellos me encontraba yo, en silencio, con la respiración agitada y los ojos bien abiertos, intentando esconderme.
     ¿Realmente creía que iba a salvarme? ¿De verdad creía que iba a salir ilesa de aquella situación, después de que todos los demás habían muerto? Todos los demás, que habían sido mucho más fuertes, más inteligentes, más capaces y llenos de vida que yo.
     No recuerdo haberme encontrado en buen estado físico jamás en mi vida. Así que no podría continuar corriendo por mucho más. Tampoco era demasiado buena para guardar silencio o esconderme. Siempre solía sentir deseos de estornudar, o toser, o dejar caer algún objeto que ocasionaba un ruido estrepitoso al caer al suelo, o tropezarme con cualquier cosa que se encontrase allí abajo, todo en el momento más inoportuno. Estaba segura de que pronto descubriría mi ubicación. Y debo reconocer que tampoco me he tratado nunca de una persona de aquellas que transpiran motivación, de aquellas con mil motivos para vivir y fuerza extra para seguir adelante, así que no tenía aquel empuje de querer continuar, el empuje suficiente que me llenase de adrenalina y de fuerzas para evitar que aquel fuera mi final.
     No oía sus pasos, ni su respiración, ni tampoco sus gritos. Había estado gritándome como un loco hasta hacía unos minutos atrás, llamándome por mi nombre, como si estuviéramos jugando a las escondidas inocentemente. «Angie, ¿dónde estás?», «Angie, no te escondas», «Angie, voy a encontrarte» Y entonces se reía como un loco, como un desquiciado, como un psicópata, como si ya hubiera hecho aquello miles de veces y disfrutara de la cacería con todo su corazón.
     Probablemente yo me trataba sólo de una presa más. Probablemente esperaba volver a cazar todas las veces que le fuera posible.
     ¿A cuántos más les quitaría la vida? ¿A cuántos más engañaría como lo había hecho con nosotros, y destruiría lenta y dolorosamente? Y yo era la única allí capaz de detenerlo. La única que sabía toda la verdad. La única sobreviviente.
     Pero, ¿cómo detenerlo? No tenía arma, ni nada que se le asemejase. Incluso si consiguiera hacerme con una rama, ¿qué daño podría hacerle con ella? Él había sido más que astuto al conducirme hasta allí sin ningún objeto más que mis ropas, ni siquiera mi teléfono. Estaba sola, completamente sola, asustada y desamparada, y sabía que toda acción que realizase de allí en adelante era de vida o muerte. Cualquier ruido, cualquier movimiento, cualquier duda, todo podía tratarse de lo último que hiciera en mi vida.
     Realmente esperaba no sufrir. Esperaba que no me torturase, que me diera una muerte rápida, y que mis padres encontraran mi cuerpo pronto; que no me dieran por desaparecida y me buscaran durante demasiado tiempo, con esperanzas de encontrarme. Que me encontraran pronto, y quizás comenzaran a investigar todo el asunto, y dieran con él.
     Ah, seguro él se encontraría demasiado lejos para ese entonces. En otro país, en otro continente, planeando su próximo ataque.
     Y no tendríamos justicia. Ni mis amigos muertos, ni yo, ni aquellos a los que había matado con anterioridad. Lo de Luciano sería un suicidio. Lo de Javier sería una sobredosis. Lo de Alejo sería una desaparición, pues hacía tiempo deseaba largarse de este aburrido pueblo. Y lo mío sería un femicidio. Ninguna muerte estaría conectada. Nadie podría jamás relacionarlo con nosotros. ¿Cómo lo harían? Lo habíamos conocido por las redes sociales, lo habíamos invitado a conocernos y probar si se trataba del indicado para unirse a nuestro grupo, aquel talento que estábamos buscando; y nunca nadie más que nosotros lo había visto, ni conocían su nombre, su edad, ni su aspecto físico. Para nuestros padres y amigos era sólo un nombre, una persona que solía reunirse con nosotros. Pero no conocían nada más. Nunca habían estado allí.
     Incluso si a alguien le empezaba a parecer todo sospechoso, no podrían dar jamás con aquel fantasma que solía reunirse con nosotros. En lo que a ellos respecta, él también podría haber sufrido una muerte similar. O quizás era que estábamos malditos. Todos nosotros, desde que habíamos comenzado a juntarnos. Habíamos caído uno por uno de desgracia en desgracia. Y todos nos compadecían, pero no pensaban que había un sociópata detrás de todo aquello. Nadie pensaba que Luciano hubiera sido asesinado, en vez de haberse quitado la vida; no después de aquella depresión que siempre lo había aquejado. Nadie pensaba que Javier había sido drogado, en vez de consumido las drogas él solo, pues bien era sabido que las consumía por cuenta propia. Y nadie dudaba de que Alejo se había marchado, pues siempre había sido bien claro en cuanto a que ni bien tuviera los medios, los utilizaría para marcharse de aquí y no volver jamás.
     Y en cuanto a mí, cuando muere una mujer en el país cada treinta horas por un femicidio, ¿quién iba a sospechar que mi muerte se encontraba relacionada con la de mis amigos? Si uno se había suicidado, otro se había pasado de drogas, otro se había marchado y a mí me habían matado. En lo que a ellos atañe, sólo yo había sido asesinada. Y podría haber sido cualquiera. Cualquier desquiciado que nada tuviera que ver conmigo, o mis amigos.
     Había estado intentando encontrar el cuerpo de Alejo durante semanas. Todos habían creído lógico que se hubiera marchado sin dar ninguna explicación, después de la muerte de Luciano, que había sido su amigo desde la infancia, y Javier, que se trataba de su primo. «Después de todas esas desgracias tiene sentido que se fuera, más cuando ya quería irse desde antes», solían decir, y creo que hasta yo lo creí durante unos momentos. Si me hubiera dado cuenta antes, quizás no me encontraría ahora aquí, escondida, esperando por mi turno para morir. Pero no lo noté. Él había sido muy inteligente. Lo había planeado todo, hasta cada mínimo detalle, de modo tal que había asesinado a tres personas y nadie creía siquiera que se tratasen de asesinatos. Ahora iba a por mí, y yo sería un número más en la lista de femicidios, otra chica asesinada cada treinta horas en esta triste realidad.
     Por eso yo sabía que tenía que encontrar el cuerpo de Alejo. Encontrar su cuerpo significaba dar con el crimen. Ya no sería un suicidio o una sobredosis. Sería un asesinato. Y aquello podía llevar a sospechar de las muertes anteriores y dar comienzo a una investigación. Aunque no estoy segura de si habrían llegado a algo de haber sido así, a decir verdad.
     No había dado con el cuerpo de Alejo, aunque sí había dado con lo que necesitaba para percatarme de lo ocurrido. No había sido suficiente para llevar a la policía, ni a mis padres, ni a nadie. Era sólo algo que había oído, y algo que había sentido. Un presentimiento de que mis amigos no podían estar desapareciendo así como así. Porque yo los conocía. Porque yo sabía que Luciano no se hubiera quitado la vida. Porque yo sabía que Javier nunca consumía demasiado. Porque yo sabía que Alejo jamás se habría marchado sin decir adiós. Yo conocía a mis amigos, y nadie me podía decir lo contrario. Yo sabía que algo andaba mal, y por eso no me quedé allí, en el molde, y comencé mi propia investigación.
     No me había llevado demasiado lejos como para tener pruebas. Y, además, me habían descubierto. Ahhh, siempre mi intuición había tenido razón. Nunca supe cómo llamarlo, ni tampoco darle explicación. Algunas cosas simplemente las sabía con ver una palabra, un “me gusta”, un gesto. Lo sentía en el alma, y terminaba siendo cierto. Aquello había sido así. Mis amigos no habrían hecho nunca por ellos mismos lo que habían hecho, así que tenía que haber otra persona involucrada. ¿Cuáles pruebas tenía de que había sido él? Ninguna. Pero lo sentía en el alma.
     Lástima que lo sentí demasiado tarde.
     Me pregunté qué habrían pensado mis amigos momentos antes de morir. Luciano seguramente había sido ahorcado, para luego poder simular su suicidio al colgarlo del techo con aquella soga. Había sido el primero en morir, así que probablemente lo único que sintió fue sorpresa, todo esto suponiendo que había visto quién era su atacante. Probablemente intentó defenderse durante unos minutos hasta que el aire se le acabó. Probablemente murió pensando en cuán injusto era todo aquello que le estaba ocurriendo.
     Javier probablemente no lo notó. Habría comenzado a sentirse mal, demasiado mal. Se habría dormido, para luego terminar ahogándose en su propio vómito. No creo que él haya pensado en nada. Supongo que todo ocurrió demasiado rápido como para eso. O quizás el psicópata quiso mostrarse ante él, para que antes de morir conociera el rostro de su asesino. Y entonces quizás se habría percatado de que algo estaba mal, de que algo estaba muy mal, pero no había tenido fuerzas para moverse o defenderse. Se había dormido para jamás despertarse.
     ¿Y Alejo? Eso sí que era imposible de saber. Podría haber un millón de formas de habérselo cargado. Si tan sólo hubiera podido dar con su ubicación la noche que desapareció. Si hubiera tenido la mente de aquellos detectives de películas que siempre descubren todo con una pista que les parece inútil a todos los demás. Entonces habría encontrado su cuerpo, y todos habrían dejado de verme como a una loca cuando decía que mis amigos habían sido asesinados, y todo hubiera sido diferente.
     Si tan sólo hubiera sospechado de él un poco antes… Entonces podría haber tomado todas las precauciones necesarias para defenderme. Habría conseguido un arma. Me habría asegurado de siempre andar con alguien, y nunca sola. Qué se yo. Habría hecho miles de cosas diferentes.
     Pero supongo que hasta yo creí que estaba un poco loca al sospechar, y sobre todo, al sospechar de él. Y tantos me habían convencido de que mi intuición estaba equivocada, que no me lo había tomado tan en serio como debía habérmelo tomado. Como yo sabía que era. Como mi intuición bien sabía.
     ¿Y si lograba salir de allí con vida? ¿Y si llegaba a mi casa corriendo, empapada en sudor, con los ojos desorbitados, gritando a los cuatro vientos que había sido perseguida por el asesino que había ya acabado con todos mis amigos?
     «¿Y dónde están las pruebas?», me preguntarían. «¿Y dónde está él?»
     Porque nadie lo conocía. Nadie lo había visto jamás. Y para ese entonces, ya no existiría ni en las redes sociales, ni en ningún lado. O si existiría, sería la palabra de él contra la mía. Él tendría sus coartadas, y yo sería la loca que había perdido la cabeza porque todos mis amigos habían muerto de aquellas formas espantosas.
     ¿Y acaso no era cierto? ¿Acaso no había perdido ya la cabeza?
     «¡Angie!», oí una voz a la distancia. Una voz grave y rasposa que bien conocía. «Angie, querida, ¿dónde estás?»
     Hacía frío, demasiado frío. No podía sentir los dedos de mis manos ni tampoco los de mis pies. Salía humo blanco de mi boca cada vez que respiraba. Y comencé a reírme. Comencé a reírme a carcajadas, como una lunática.

martes, 19 de marzo de 2019

Saga Futurista: VOL I. Primera Parte: Cap I


¡Hola, gente! Para marzo vengo a dejarles el primer capítulo de otra de mis novelas. Se trata de una saga (todavía no sé cuántos volúmenes va a tener) de ciencia ficción, que ocurre en otro planeta recientemente colonizado por nosotros.
En la primera parte se conocen algunos personajes y cómo estos son reclutados para ser colonos en el nuevo planeta y cómo se preparan para ir. En la segunda parte ya se trata el viaje hacia el nuevo destino.

Que anden bien, ¡saludos!



ISLANDIA

I

     —¿Viaje de negocios o turista? —quiso saber la mesera, con un manejo del idioma inglés más que aceptable, mientras le añadía algo de café a su taza, que ya se encontraba casi vacía. Immanuel pensó que sería una de las pocas personas en aquel pueblito helado e inhóspito que hablaba su idioma, además de la mujer que le había atendido en el sitio donde se hospedaba y algún que otro dueño de los escasos negocios que existían allí. Según tenía entendido, no era un sitio al cual acudieran ni muchos turistas ni muchos hombres de negocios, pero comprendió que su rostro era nuevo en aquel territorio donde todos se conocían entre todos, y por ende, era imposible que no resultase intrigante.
    Le sonrió con simpatía a la bonita muchacha de tez bronceada y ojos verdes que le sirvió la bebida, y notó que esta se ruborizaba. A pesar de sus treinta y un años de edad, todavía no conseguía acostumbrarse a aquella reacción ante la mera presencia de un simple mortal como él. Nunca se había considerado a sí mismo un muchacho atractivo. Era más bien de aquellos que preferían encerrarse en sus hogares a jugar videojuegos antes que acudir a una fiesta, y siempre había sido tímido a la hora de acercarse a las mujeres, porque siempre estaba seguro de que las aburriría con sus temas de conversación. De todas formas, no se trataba de un hombre completamente introvertido, y si se ponía a hacer memoria, nunca había tenido problemas a la hora de atraer a las chicas que le habían gustado, incluso aunque les hablase de libros, de historia, y otros temas que podrían llegar a dormir a más de uno. Uno de sus mejores amigos, en aquellos viejos tiempos en los que el grupo se reunía con más frecuencia, siempre le había dicho que odiaba salir con él porque las mujeres nunca lo miraban cuando él se encontraba a su lado. Aquello significaba que a pesar de sus inseguridades en cuanto a su personalidad, su aspecto físico conseguía llamar la atención. Aunque no entendía qué podía tener de especial su exterior, pues era más bien delgado, de tez bastante blanca, cabello castaño oscuro más corto que largo y su rostro no tenía nada de interesante. A veces hablaba demasiado y muy rápido y terminaba o bien trabándose y pronunciando cualquier cosa o bien enredándose entre sus propias palabras. Nada que lo acercase siquiera un poco a parecerse a un seductor.
     —Viaje de negocios —respondió, pensando que a pesar de no ser del todo cierto, era mucho más acertado que decir que se trataba de un turista. Bebió un sorbo de café y en aquel momento sintió que estaba bebiendo una especie de elixir que le otorgaba vitalidad cada vez que lo bebía, así como si se tratase de una poción de salud en algún videojuego, y le contentó notar que la muchacha de los ojos verdes como los suyos (aunque los de ella eran más grandes) se distraía atendiendo las necesidades de una pareja cuarentona que se encontraba cenando en una mesa bastante alejada a él como para permitirle el momento de paz que tanto necesitaba para poner en orden sus pensamientos.
     En el antro sólo se encontraban él, la mesera, la pareja cuarentona y un dúo de vejetes que todavía llevaban el equipo de pesca encima. En la media hora que se había encontrado sentado allí, sólo habían arribado otro vejete cuya única intención parecía haber sido saludar a los pescadores y seguir camino, y un sujeto de edad cercana a la suya que parecía llevar algunos suplementos que aquel antro necesitaba. Este no se había detenido a saludar en el momento que había ingresado, sino que había continuado caminando hasta llegar a una puerta, luego había desaparecido detrás de ella y finalmente, transcurridos unos minutos, había regresado con las manos vacías y había despedido a la mesera con un breve saludo con la mano, todavía sin dejar de caminar.
     Hacía apenas unas pocas horas que había arribado a aquel pueblo y ya no podía soportar el frío que sentía todo, absolutamente todo el tiempo. Allí adentro pasaba un poco más desapercibido, pero caminar por las calles era una tortura constante, como si lo estuvieran golpeando todo el tiempo en todas las partes del cuerpo. «¿Acaso no había un lugar más frío para elegir?», pensó, maldiciendo por lo bajo a la persona que lo había hecho tener que dirigirse hasta allí, en vez de a cualquier otro sitio más cálido o con más edificios o vida pública activa.
     La mesera regresó y le preguntó cuándo había llegado y cuánto tiempo pensaba quedarse allí. De encontrarse en otro sitio, Immanuel habría pensado que aquello no le concernía y probablemente se habría sentido atraído a decirle —de la forma más simpática posibleque se metiera en sus propios asuntos, pero podía ver el aburrimiento de la muchacha detrás de aquellos ojos pícaros, y se percató de que esta no tenía intención alguna de inmiscuirse en su vida, es más, probablemente no le interesaba en absoluto, sino que solamente deseaba tener algo para hacer, o algún tema para hablar, cualquier cosa que le hiciera posible no caer dormida en su trabajo.
      Immanuel no había visto a ninguna otra persona de la edad de la chica —calculaba que unos veinticinco años— en todo el tiempo que se había encontrado en el pueblo. Sólo algunos niños inquietos jugando en la nieve y después todas personas mayores de cuarenta, sacando el muchacho que había llevado provisiones un rato atrás. Estaba seguro de que la juventud se encontraría estudiando en las universidades de las grandes ciudades, o trabajando en alguna de las grandes ciudades, o de vacaciones en alguna de las grandes ciudades. Siempre disfrutaba imaginar cómo habrían sido las vidas de las personas que apenas conocía en sus años de infancia o adolescencia, y ya había imaginado que aquella muchacha había sido uno de aquellos chicos que habían ido a la universidad, pero luego habían terminado por aburrirse al no encontrarle el sentido. Había regresado a su casa y un padre enojado y desilusionado la había enviado a trabajar. Ella lo había aceptado de buena gana, y aunque algunas noches se aburría como los mil demonios en aquel sitio y se replanteaba las decisiones que había tomado, disfrutaba de estar haciendo aquello. Disfrutaba de ser independiente y no seguir en la universidad, llevando adelante una vida que no le era suya. Luego había pensado que quizás había quedado embarazada en sus años de adolescencia y ahora trabajaba allí para mantener a su niño, que le esperaba con ansias a que regresara del antro. No podía decidirse entre una u otra historia porque ambas le gustaban por igual.
     —Llegué hace unas horas, y espero marcharme en los próximos días, cuando termine mis… negocios.
     La chica asintió con su cabeza de forma pesarosa, como perdiendo el interés por su historia, o perdiendo el interés al hablar con alguien que claramente no tenía intenciones de llevar adelante una conversación. Se paseó por las mesas de los vejetes pescadores y la pareja pero parecía ser que ninguno necesitaba nada, así que regresó a su lugar detrás de la barra y comenzó a limpiar algunas jarras de cerveza con un trapo. Immanuel pensó que aquello era justamente lo que uno veía que los meseros hacían en las películas de antaño y sonrió consigo mismo al imaginarse en medio de un tiroteo en un salón del Viejo Oeste, donde el mesero —porque en aquel entonces eran siempre hombres— se encontraba impasible limpiando sus vasos como si nada en medio de la balacera.
     —¿Siempre hace tanto frío? —indagó, sintiéndose complacido consigo mismo por haberse rendido ante la conversación. La chica se acercó con una sonrisa burlona.
     —Después de unas tres o cuatro hipotermias ya no se nota tanto —manifestó, encogiéndose de hombros. Immanuel sonrió. Siempre le resultaban agradables las personas con sentido del humor fácil. Con aquellas podía entenderse un poco más.
     —¿Cabe alguna posibilidad de que un forastero pueda elegir algo de música? —aventuró, esperando que la música que sonaba en aquel momento no fuera elección de aquella muchacha y se hubiera sentido ofendida por su insinuación de que no deseaba oírla. Pero ella le sonrió y le asintió con su cabeza.
     —¿Qué deseas oír? —quiso saber, mirándolo a los ojos con toda la paciencia del mundo. Immanuel reflexionó por unos instantes.
     —Mmm… Creo que estoy de humor para algo de Grunge. Algo de Pearl Jam, o tal vez Nirvana, ¿puede ser?
     —A la orden —aseguró, y luego se dirigió hacia la pantalla con la que parecía comandar la música y comenzó a sonar el tema más conocido de Nirvana. No era exactamente lo que deseaba oír, pero él no había sido demasiado específico al respecto, así que estaba bien.
     Uno de los vejetes canturreó la melodía de la canción con entusiasmo y exclamó algunas palabras en islandés que la mesera recibió con simpatía, y se vio tentado de preguntarle qué le había dicho, pero ella se le acercó con intenciones de hacerle alguna pregunta a él.
     —No pareces un hombre de negocios. ¿Me vas a decir qué te trae en verdad aquí?
     Immanuel suspiró y desvió su mirada hacia el suelo, con una sonrisa. ¿Tan evidente era que no se trataba de un ejecutivo? Se había esforzado durante varios años para dar una imagen que se asemejara a la del ingeniero que era, pero parecía ser que todavía no lo había logrado. ¿O acaso aquella chica pensaría que el asunto que lo traía allí se trataba de alguna cuestión ilegal? Aquello sería divertido de aparentar, pero no tenía ánimos para representar un personaje inventado aquella noche, acción que solía disfrutar de realizar en lugares donde nadie lo conocía. Quizás en otro momento.
     —Soy ingeniero, a decir verdad —informó, obteniendo un leve asentimiento de cabeza de la muchacha—. Estoy buscando a una persona.
     La música había sonado demasiado fuerte cuando había expresado la última parte, así que la chica no había alcanzado a oírlo. Cuando le realizó señas para que le volviera a repetir lo que había dicho, alguien ingresó al antro, y pareció que todo el calor del salón había salido disparado a la calle a la velocidad de un corredor olímpico.
     Una chica ingresó al sitio. Se encontraba vestida como todos se vestían allí, con ropas gigantes y abrigadas, pero pudo verle el rostro a pesar del gorro colorado que le cubría la cabeza. La chica de cabello gris —claramente debido a la tintura, y no a la edad— llevaba una mochila de color negro a sus espaldas, y unos libros entre sus manos, manos que se encontraban cubiertas por unos guantes que no combinaban con nada de lo que llevaba puesto. La mesera sonrió con entusiasmo al verla llegar, y luego los vejetes pescadores echaron dos gritos de jolgorio.
     —¡Effy! —gritaron, además de otras palabras en islandés (y no estaba seguro de que aquella no se tratara de otra palabra en islandés), y la chica se acercó a la mesa para saludarlos como si se tratara del tercer pescador al que habían estado esperando todo aquel tiempo. Luego se acercó hasta la barra y dejó sus libros sobre ella, y finalmente se dispuso a darle un abrazo a la mesera. Immanuel reflexionó sobre el detalle de llevar los libros en sus manos en vez de dentro de la mochila, pero no le fue difícil darse cuenta de que aquello se debía a que llevaba la mochila demasiado llena como para serle posible ubicar unos libros más en el interior. «¿Libros en un bar? Y yo que pensaba que era el más nerd del antro», pensó, recordando aquellos años en los que sus amigos le insistían que saliera en vez de quedarse estudiando. Aunque aquellos probablemente no eran libros de estudio, sino más bien de ficción.
      Una vez que las mujeres terminaron con su demostración de amistad, la recién llegada lo miró y frunció el ceño, como si se tratara de otro habitante de aquel pueblo y se percatara en un segundo de que se trataba de un forastero.
     —Y ya la encontré —murmuró Immanuel para sí, y bebió otro sorbo de café, esperando que el elixir de vitalidad le devolviera el calor al cuerpo.

martes, 26 de febrero de 2019

Saga Histórica Argentina - Primer Volumen: Prólogo


¡Hola gente! Algunos de ustedes quizás ya sepan que hace un tiempo estoy intentando publicar una de mis obras, el primer volumen de una saga histórica-juvenil basada en Argentina en siglo XIX, con una gran variedad de personajes y situaciones.
Las cosas se han ido complicando, y todavía no he conseguido publicarla. Sigo buscando una editorial, aunque estoy ahorrando para la posibilidad de una publicación independiente.
Me gustaría compartir hoy con ustedes el prólogo, y cualquier comentario y ayuda que me puedan dar me serviría muchísimo :)
Un beso grande!


PRÓLOGO

     «Mierda.», pensó Pepe. «Mierda, mierda, mierda.»
     No podía ver desde qué dirección les estaban disparando, pero parecía que hubiera hombres atacándolos desde cien lugares diferentes. ¿Cómo podían disparar tan rápido y por qué no podían hallar la ubicación de los disparadores? Sintió escalofríos por todo el cuerpo. Habían pasado muchos años ya desde aquella noche que se había alejado furtivamente de la tan aclamada “civilización”, y por ende desconocía los nuevos elementos que los soldados pudieran llegar a tener. Habían llegado rumores a sus oídos, pero no había querido creerlos. Algunos creían que se trataba de una mentira para asustarlos, para evitar que se enfrentasen a ellos y se quedaran lejos de la frontera. Pero no era mentira. Lo había comprobado con sus propios ojos. Los cristianos tenían una nueva arma, de aquello no cabía duda alguna. La pregunta que no podía contestarse —y no estaba seguro de querer contestar— era si tenían alguna chance contra ella.
     No habían planeado el ataque con demasiado lujo de detalles, ni tampoco habían avisado a cacique alguno. Apenas se habían limitado a reunir voluntarios y marchar hacia el destino en cuestión, ignorando cualquier tratado, ignorando cualquier consecuencia que pudiera traer su desobediencia. Y luego sólo se habían lanzado ante el enemigo gritando con furia. Y ahora, mientras se escondía en aquel pozo precario y esperaba que Dios oyera sus plegarias, no podía dejar de pensar en lo idiotas que habían sido, tanto él como sus compañeros de “armas”. Tenían consigo únicamente unas lanzas maltrechas y poco eficaces tanto como para atacar como para defenderse. Tampoco tenían nada que los protegiese de los disparos. A los indios no parecía preocuparles ni las heridas ni la misma muerte. Corrían con una lanza en la mano a tal velocidad que a veces los soldados asustados erraban sus disparos y no daban con el tiempo que necesitaban para recargar el arma. Cuando querían acordar, tenían una lanza clavada en el estómago y sus entrañas adornaban la tierra como víboras rojas y viscosas. Y los que cabalgaban… Ver aquella escena era como oír una canción proveniente de la dulce voz de una muchacha. Se movían con tal destreza sobre los caballos que parecían ser uno sólo. El enemigo no tenía chances de salir victorioso cuando el indio se unía a un caballo, lo había visto varias veces, algunas incluso cuando él mismo se había tratado de su enemigo. Pero ahora… ¿Con qué mierda les estaban disparando? Todo era diferente a cuando él se había tratado de un soldado peleando por el otro lado de la frontera. Aquel nuevo instrumento no se parecía en nada a lo que conocía. Ya no veía aquella molesta nube de humo —que ahora sería una gran bendición— que dejaban las armas al ser disparadas, y por lo tanto no podían descubrir la ubicación de los disparadores. Los tiros eran rápidos y repetidos, como si no necesitasen esperar tanto tiempo para recargar. Tenían algo nuevo. Habían descubierto algo nuevo, y ellos lo desconocían. Se habían lanzado al ataque ante un viejo enemigo que se encontraba ahora armado con nuevos elementos.
     Y estaban perdiendo. Estaban perdiendo por mucho. Allí tendido en aquel pozo, cansado, sucio, con la cabeza aturdida debido al sonido de los disparos incesantes, lo único que podía divisar eran los cuerpos sin vida de aquellos que lo habían acompañado a la batalla. ¿O acaso era él quien los había acompañado? Era imposible de decir. Hubo un tiempo en que él mismo les había disparado, con aquellas viejas armas conocidas, cuando era tan sólo un niño confundido, con hambre y sin familia. Le había costado tiempo encontrar su lugar, pero lo había encontrado una vez que había logrado distinguir quién se había tratado siempre del verdadero enemigo.
     ¿Qué estaría haciendo Barba en aquellos momentos, mientras él aguardaba por la muerte? Aún no se había recuperado de la herida que había sufrido al haber deseado domar a aquel caballo salvaje y lo habían obligado a quedarse en la última aldea, por más que pataleara. «Vos no te vas a ningún lado», le había dicho la vieja Malén, y no había nadie que no le hiciera caso a Malén cuando fruncía el ceño y los miraba con aquellos ojos fríos y profundos. La primera vez que la había visto se habían encontrado huyendo de los soldados. Pasaron un tiempo con ella en su aldea hasta que decidieron que querían conocer las montañas. Pero los años no parecían haberla cambiado en nada, si se le quitaba el hecho de que ahora ya casi no tenía dientes. Aquella era la primera batalla a la que iba sin la compañía de su mejor amigo, y estaban perdiendo. Pero por alguna razón sentía a la muerte tan lejana como a su antigua vida trabajando para De La Rosa, antes de que lo llamasen para pelear. Todavía no se podía poner de acuerdo entre qué le había disgustado más: si haber tenido que oír la voz molesta y ver el rostro desagradable de De La Rosa a diario o si encontrarse a punto de morir en batalla. Aunque decir que no le gustaba pelear sería mentirse a sí mismo. Le gustaba pelear. Le gustaba matar. Le gustaba matar tanto como le gustaba comer. Y a veces aquello le aterraba.
     —¡Pepe! —escuchó una voz que lo llamaba entre medio de todos aquellos disparos. Durante unos instantes intentó reconocer a quién le pertenecía dicha voz, pero parecía ser que aquella parte de su mente encargada de recordar o reconocer cosas se había roto. Estaba asustado. Estaba demasiado asustado como para moverse un sólo centímetro. «Cagado hasta las patas.» Cualquier mínimo movimiento podría terminar con su vida, y no iba a morirse antes que Barba. Ya le había jugado una apuesta al respecto, y no estaba dispuesto a perderla. No podía morir ni aquel día ni en aquel lugar. La apuesta era una total burrada, por supuesto. Si apostaban por quién moría primero, ¿quién le iba a pagar a Barba cuando ganase la apuesta si él ya había muerto? Era absurdo, y por eso resultaba divertido.
     —¡Acá, Pepe! —volvió a rugir la misma voz, y se atrevió a abrir los ojos por completo y a levantar un poco la cabeza. El pozo en el que se encontraba era más largo de lo que recordaba, y el rostro de un muchacho (que ya no parecía tan muchacho) lo observaba con los ojos abiertos como dos platos y la cara pálida de espanto. Estaba tirado boca abajo dentro del pozo, cubierto de tierra, a unos cuantos metros de donde él se encontraba. Se encontraban separados por algunos cuerpos ya sin vida además de metros, y había sangre por donde se mirase. Sangre que se mezclaba con la tierra, formando tenebrosas figuras como si se tratase de una extraña pintura. El atardecer estaba llegando y el cielo estaba pasando de un color naranja a un extraño rojo, y casi parecía también que había sangre allí arriba. El chico le hizo señas con una mano para que se dirigiese hacia donde él se encontraba, y Pepe decidió que era el mejor momento para convertirse en una serpiente y reptar hasta donde estaba el chico.
     Se continuaban oyendo disparos así también como gritos, y Pepe notó que algunas sombras veloces pasaban por encima de él. Se atrevió a mirar durante unos segundos y advirtió que se trataban de lanzas, lo que quería decir que todavía se encontraban peleando. Aquello era bueno. Todavía había algo de esperanza. No de ganar, por supuesto, pero sí de salir de allí con vida. Yaco, el muchacho que lo había llamado, había girado y se encontraba arrastrándose delante de él, mientras él le seguía el paso. Luego de unos instantes —bien podría haberse tratado de unos segundos como unas horas— llegaron hacia el final del pozo. Pepe levantó la vista y vio que Yaco se levantaba y corría a toda velocidad. Notó que tenía el rostro cubierto de sudor y que la tierra se le pegaba y no se encontró seguro de qué tan rápido podría llegar a correr en la condición en la que se encontraba. Se había lastimado la pierna, aunque no sabía qué tan lastimada estaba. En el campo de batalla uno nunca podía estar seguro de nada. A veces incluso uno no sabía siquiera a quién estaba atacando. En su primer enfrentamiento, cuando aún se encontraba del lado contrario a los indios, le había asestado un golpe a Barba en la quijada y lo había desestabilizado.
     —¿Qué hacés, zoquete? —le había dicho su amigo, tirado en el suelo. Pero no fue hasta que todo terminó que pudieron dialogar al respecto, y Barba no perdía ocasión de contar aquella anécdota mientras se reía a carcajadas y él no podía evitar la risa también. Aquello era pelear. Todo pasaba tan rápido que uno ni siquiera sabía a quién le pegaba. Y uno no tenía forma de saber qué tan herido se encontraba, porque había algo adentro que lo impulsaba a seguir moviéndose de todas formas, a seguir viviendo. Una vez se había encontrado cerca de Yamai, uno de sus colegas indios, y había visto cómo este se arrastraba por el suelo buscando manotear una lanza cuando ya no le había quedado mano para blandirla. Quizás él había perdido la pierna y no podría correr hacia donde Yaco le indicaba. O quizás se daría cuenta demasiado tarde de que no se encontraba en condiciones para realizar la carrera con éxito y quedaría inmóvil al alcance de cualquier disparo. Vio la mano del muchacho haciéndole señas (estaba seguro de que se trataba de su mano) y comprendió que se encontraba más cerca de lo que había creído. Veía las hojas verdes de los árboles adornando el cielo, y tuvo la sensación de que estas no se encontraban al tanto de que allí se encontraba ocurriendo una terrible batalla, que se trataba de otro día tranquilo y hermoso para ellas, otro día lleno de aire fresco, otro día que terminaba para darle lugar a la noche, y otro día repleto de vida, mucha vida. Luego pensó que estaba perdiendo la cabeza al estar pensando en cosas como aquellas en la situación en la que se encontraba, así que decidió dejar de pensar y salvar la poca cordura que le quedaba y se puso de pie y corrió. No supo cómo, pero corrió. Y llegó hasta donde Yaco se ocultaba.
     Había muchos de ellos. Reconoció muchos rostros y compartió sonrisas con algunos, aquellas sonrisas cómplices que suelen compartir los sobrevivientes de la batalla. Esas sonrisas fugaces y lastimeras. Algunos estaban heridos, otros simplemente asustados. Y también notó que faltaban otros rostros, rostros con los que había convivido, y otros que apenas había conocido los días o semanas anteriores, cuando se habían reunido con algunas otras tribus antes de atacar. Y luego se detuvo para observar a Yaco, el muchacho que ya se había convertido en todo un hombre, el que lo había convencido a él y a otros muchos de partir hacia la batalla para apoyar a las demás aldeas que se encontraban a punto de ser alcanzadas por los blancos sin esperar a lo que decidieran los caciques, y notó que estaba herido en el hombro. Tenía cortes en el resto de su cuerpo, pero no parecían tan graves. Sin embargo, aquella herida… Pepe nunca había sabido nada de enfermedades, ni de heridas ni de soluciones, no como Barba, pero podía notar de todas formas que aquella se veía mal. Se tomó un segundo y se inspeccionó a sí mismo. Tenía la ropa marrón y roja. Pero no tenía ninguna herida de gravedad. Sólo aquel corte en la pierna, que ni siquiera sangraba. Nada de la sangre que lo cubría era suya. Aunque aquella era una extraña forma de verlo. ¿No era igualmente suya la sangre de sus hermanos?
     No hizo falta que se pronunciase palabra alguna. Habían perdido, nadie podía negarlo. No tenían posibilidades de ganar aquella batalla. No ante aquellas nuevas armas que desconocían. Quizás el viejo Nahuel había tenido razón y deberían de haber esperado la decisión de los caciques. Quizás deberían de haberse tomado más tiempo en planificar el ataque en vez de apresurarse. Pero lo hecho, hecho estaba. Se continuaban oyendo disparos, y aquello lo hizo temblar como había temblado la primera vez que se había acostado con una muchacha. No tenían forma de saber hasta dónde podía llegar el poder de aquellos nuevos elementos misteriosos. Si se quedaban demasiado tiempo allí, quizás lo averiguarían, pero no vivirían para contarlo. No tenían otra opción que retirarse. Habían perdido.
     Corrieron como pudieron hasta que llegaron al sitio donde habían dejado descansar a aquellos caballos que no habían acudido a la pelea. Todos pudieron montar uno, aunque algunos debieron subir de a dos. Se ocuparon de colocar a los más heridos con los menos heridos y notaron que ninguno de los líderes se encontraba allí. Ningún lonko o pariente de alguno. Yaco se puso a la cabeza de inmediato e intentó ordenar la retirada. Nadie emitió queja alguna. No era como si hubiera demasiadas opciones entre las cuales elegir, de todas formas. Tenían que largarse de allí cuanto antes. Tenían que acudir a la aldea más cercana, donde la vieja Malén los había acogido a él y a su amigo desertor muchos años atrás, y quitar de allí a todos sus habitantes. Quizás también tendrían que hacer lo mismo con la siguiente aldea, y quizás también con la otra. Y deberían intentar reunir a los caciques para convencerlos de que ningún tratado los salvaría. De que era cuestión de tiempo para que los cristianos avanzaran contra ellos. Habían perdido. Habían perdido y pronto los soldados se encontrarían sobre aquellas tierras, destruirían los hogares de los indios y les entregarían sus tierras a los señores para que se las repartieran entre ellos. Como si sus tierras se tratasen de comida y los señores se encontrasen en la mesa repartiéndose las diferentes partes para disfrutar del manjar. Ellos eran el plato principal, y los señores…
     «Los señores siempre tienen hambre.»